La relación médico-paciente en homeopatía. ¿Se puede confiar en la homeopatía?

Hace poco, un conocido, queriendo justificar ante mí los ataques contra la homeopatía me dijo:

-Hay que tener en cuenta lo carísima que resulta a la larga la homeopatía porque una prima mía fue a un homeópata y este le dijo que tenía que acudir a la consulta cada mes durante un año.

Me quedé perplejo por dos razones: en primer lugar, porque no puedo entender algo así y en segundo lugar porque me consta que la mayoría de los homeópatas no actúa de ese modo. He estado reflexionando sobre el asunto y me ha parecido que estaría bien escribir un post sobre la manera de trabajar de un homeópata, su relación con el paciente, los tiempos que pautan el trabajo médico, etc. Todo esto desde mi punto de vista, como es natural y teniendo presente la vieja sentencia de que cada maestrillo tiene su librillo.

La primera consulta. – El paciente acude a un homeópata generalmente por consejo de un familiar o amigo que fue tratado previamente con homeopatía y al que le fue bien. Salvo que haya sido bien informado de la mecánica de una consulta homeopática, suele sorprenderse con la experiencia. Acostumbrado a la importancia capital que el médico ordinario otorga a las pruebas complementarias, tales como análisis, radiografías, resonancias, biopsias, antibiogramas, colonoscopias, cistoscopias y un largo etcétera, observa cómo el homeópata, sin desdeñar tales pruebas aportadas por el paciente y escuchar el relato de la patología por la que el paciente acude, parece no darse por satisfecho y comienza a hacer preguntas que no tienen o no parecen tener nada que ver con la enfermedad: le pregunta por su apetito, por cuales son los alimentos que más le gustan o los que rechaza, o los que le sientan mal, sobre el horario en el que está mejor o peor de alguna dolencia particular o de modo general, sobre las cosas que lo enfadan, sobre las que le dan miedo o le producen llanto, preguntas que el paciente recibe con estupor y que muy a menudo encuentra muy difícil contestar, no tanto porque sean difíciles cuanto porque nunca ha pensado en ellas como materia de una consulta médica. A menudo, en esta primera fase oímos preguntas como esta:

– ¿Entonces a mí me duele la espalda porque no me gusta el vinagre?, o ¿me resfrío tanto porque tengo pesadillas o porque me gustan las cosas con mucha sal?

Preguntas de esta índole hacen necesaria una explicación, la cual no siempre es suficiente, de tal manera que, tiempo después, con ocasión de la segunda o la tercera consulta, el paciente nos dice:

– ¿Se acuerda que me preguntó qué me enfadaba? Ahora ya lo sé. Y ahí nos lo cuenta.

Pero volvamos a la primera consulta: estas preguntas que hace el médico homeópata tienen por objeto conocer la idiosincrasia del paciente como tal paciente, aquello que lo caracteriza como un sujeto particular desde el punto de vista médico. Son síntomas y como tales deben ser considerados, pero síntomas que, como decía Hahnemann, llevan tanto tiempo con el paciente que han terminado por ser considerados como particularidades de su naturaleza.

Pronto el paciente se acostumbrará a este tipo de preguntas, aprenderá a valorarlas y se esforzará por contestarlas adecuadamente.

-Doctor, tengo un dolor aquí, en el lado derecho.

-¿Cómo es el dolor?

-¿Qué cómo es el dolor? -el paciente nos mira perplejo-, pues un dolor, que me duele.

-Ya, pero sería muy útil saber si el dolor se parece a algo que haya experimentado.

El médico evita mencionar alguna respuesta a la que el paciente responda sí o no, porque eso restaría valor al síntoma.

-Pues un dolor, ya le digo, que me duele. Cuando duele, duele.

-Lo entiendo, insistimos, pero ¿es como si le quemaran, como si le pincharan…? Cedemos un poco indicando alguna modalidad de dolor, porque de lo contrario no hay manera.

-No, no es como si me quemaran ni como si me pincharan.

-He mencionado esas dos posibilidades sólo como ejemplo, para darle una pista, pero puede ser cualquier otra sensación.

-Pues ya le digo, que me duele.

En ocasiones, resulta imposible, pero no es raro que algunos días después recibamos una llamada telefónica y el paciente nos informe de que se trata de un dolor presivo o desgarrante y que se mejora o se agrava con el reposo o con el movimiento o en días lluviosos, etc.

Además de informar al médico, la primera consulta homeopática tiene la virtud de hacer que el paciente mire hacia su interior con una mirada objetiva (no morbosa) tal vez por primera vez en vida, lo que no es poco.

El homeópata con experiencia tiene recursos que habitualmente le permiten soslayar estos inconvenientes que se presentan en la anamnesis y logra terminar la consulta y prescribir un medicamento. El los casos crónicos (la mayoría de los casos que recibimos en consulta), se programa una segunda cita para un mes o mes y medio más tarde. Durante ese tiempo entre consultas, el médico tiene línea abierta con el paciente a través del teléfono para cualquier duda que pueda surgir durante el tratamiento.

Llegado el momento de la segunda consulta, se valoran los resultados obtenidos. Si se estima que el remedio fue bien elegido, se hace una segunda prescripción del mismo medicamento, en la misma o diferente potencia, y se programa cita para tres meses.

Si a la tercera cita todo va bien y se trata de un adulto, se insiste en el tratamiento adecuado y esta vez la cita será a los seis meses o bien cuando el paciente lo necesite. A partir de este momento, si el remedio es el adecuado y todo va bien, es posible que no nos vuelva a necesitar en meses o años. Para los niños se suele reclamar más atención. Así pues, si se trata de un niño, es conveniente, una vez remitidos los síntomas, revisarlo cada seis meses o cada año por precaución, lo que no siempre ocurre porque los pacientes que están bien no suelen ir al médico, como es natural.

Más o menos ese es el esquema general. Si la primera prescripción no consigue el resultado apetecido, habrá que comenzar de nuevo y tendremos una consulta más en el corto plazo, pero a medio y a largo, el paciente sólo consultará cuando lo necesite. No se presiona al paciente para que acuda, no se le “fideliza”, no se le asusta ni se le amenaza.

Hace ya muchos años, con motivo de un congreso de Filosofía y Medicina presenté un trabajo donde relaciono la salud con la libertad (como contraria a la dependencia del médico). Se puede consultar en el siguiente enlace https://www.homeopatia-on-line.com/la-salud-y-la-libertad-una-referencia-a-hahnemann/

La salud, como la enfermedad, no es un estado inalterable: es un proceso con sus altibajos y los homeópatas ayudamos al paciente a administrar con más eficacia las situaciones de malestar que no constituyen enfermedades propiamente dichas. El paciente aprende a identificarlas, a sobrellevarlas e incluso a tratarlas con remedios caseros o con remedios homeopáticos que él, a lo largo del tiempo, ya ha identificado como útiles para diversas situaciones. Pero si cree que necesita al médico, recurrirá y será atendido.

Poco a poco, el paciente se vuelve más libre, consulta menos veces y no son pocos los casos en que atendemos a un familiar o amigo de un paciente al que tratamos hace cinco o diez o quince años y no ha vuelto porque sigue bien.

Es cierto que hay casos que no van bien o al menos no todo lo bien que nos gustaría. El paciente acude a la consulta una y otra vez. Unas veces mejora y otras no, pero el caso no evoluciona correctamente. ¿Cuál es la causa? Personalmente creo que en esos casos no logramos encontrar el remedio adecuado. Tal vez nunca se experimentó. Tal vez es un pequeño remedio de la materia médica de esos a los que nadie presta atención. O tal vez el médico lo tiene delante y no lo ve. En estos casos recomiendo cambiar de homeópata. Hay que darle una oportunidad al método. Si un paciente acude al internista porque le duele el estómago y no obtiene resultados a pesar del importante tratamiento que recibe, no piensa inmediatamente que la medicina no funciona. Si con el doctor Fulánez no dio resultado, acude a la consulta del doctor Mengánez. Pero si va un homeópata por el mismo problema y no lo cura, concluye que la homeopatía no funciona y abandona. Más aún, se cuentan tantas cosas sobre la eficacia y rapidez de la homeopatía (algunas de ellas ciertas) que el nuevo paciente espera una curación inmediata, en cuestión de horas o días, lo que es motivo de no pocas desilusiones.

Hay que pensar el la homeopatía como un método muy útil de tratamiento, no como en una panacea, porque no lo es. Y todo análisis que hagamos del método y de sus resultados tiene que estar fundamentados en el sentido común. Por eso, el relato propagandístico de un fracaso, en el caso de que sea cierto, no es prueba suficiente para considerar la homeopatía como algo inútil o incluso dañina. Todo método y todo médico puede fracasar porque no somos infalibles. Para atacar a la homeopatía se han mostrado casos que ni siquiera habían sido tratados por un homeópata. Desmontar tales historias cuando tantos medios con tanta audiencia las publican es poco menos que imposible: los homeópatas no tenemos acceso a esos medios. Pero si alguien que está en la duda lee esto, le invito a que se haga las siguientes reflexiones.

1-Si la homeopatía fuese tan inútil como dicen, ¿por qué habrían de gastar nuestros detractores tanto dinero y esfuerzo como han invertido en los últimos veinte años?

2-Si fuese tan inútil, ¿por qué se ha extendido como la pólvora sin ninguna publicidad y sólo por el testimonio de aquellos que han experimentado sus efectos?

3-¿Por qué, desde hace más de dos siglos, lo médicos que la conocen recurren habitualmente a ella y nunca o casi nunca se ha dado el caso de que un médico bien formado en homeopatía la abandone?

4-¿Es que cientos de miles de médicos y millones de pacientes, a lo largo de dos siglos son todos tontos o mentirosos?

5-Cuando nuestros detractores no pueden negar las curaciones, las atribuyen al efecto placebo y olvidan que el efecto placebo es transversal. Dicho de otro modo, no depende del método empleado sino del hecho de que se produzca un acto medico. Siendo así, ¿por qué la homeopatía cura enfermedades que la alopatía sólo puede paliar? ¿Es acaso que el efecto placebo en homeopatía es curativo y en alopatía sólo paliativo?

Podríamos seguir haciéndonos preguntas, pero con lo que va es más que suficiente.

Más de cuarenta años de experiencia como médico homeópata, me dan cierta perspectiva para recomendar que se confíe en la homeopatía. Sin duda habrá ocasiones en que será necesaria la cirugía o un tratamiento paliativo, pero esas ocasiones serán muchas menos si la homeopatía es vuestra medicina habitual.

Doctor Emilio Morales

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FELIZ AÑO

Ya media diciembre y hay quien me apremia para que escriba un mensaje de felicitación a los amigos. Es fácil preguntarse si tenemos algo que celebrar. En seguida se nos viene a la cabeza el contexto, la coyuntura y ahí no parece haber nada por lo que alegrarse salvo, tal vez, el consuelo del tonto: que otros están peor; o el del optimista: que podría ser peor.

Pero dejando a un lado las circunstancias que nos rodean, aún quedamos todos y cada uno de nosotros, lo que es lo mismo que decir: quedamos yo. Ese yo que cada uno de nosotros viene a ser, más o menos maduro, más o menos narcisista, más o menos feliz, más o menos rico o importante o bueno, pero, en cualquier caso, vivo. Y, por vivo, objeto del infinito amor del Universo, reflejo existente del Ser que, en palabras de Hahnemann “adoran los habitantes de todos los sistemas solares”. No siempre podemos ver esa inmensa realidad que nos acompaña y de cuya naturaleza participamos, pero basta con pararse a pensar que somos un vórtice de luz plasmada en conciencia, un vórtice de cuyo interior no paran de surgir pensamientos, sentimientos, vida. Felicitémonos por ello.

Es cierto que tenemos la mala costumbre de estropearlo todo. No indaguemos hoy las causas de tales tendencias. Pero si sólo una vez, una vez en toda la vida, has sentido un segundo de felicidad, de paz, de alegría inexplicables, un estado que parecía no depender de nada, es un hecho definitivo. Ese instante ha quedado grabado en tu esencia para siempre y, llegada la ocasión, saltará y se expandirá y teñirá tu mundo de un hermoso color que jamás has visto porque aún no existe: ese color lo crearás tú. Felicitémonos también por eso.

Felicitémonos, asimismo, porque tú(yo) y tú(yo) y tú(yo) y también yo podríamos, si quisiéramos, hacer que este mundo, ese contexto al que antes me refería con tanto pesimismo, fuese un poquito mejor. ¿Queremos? Si la respuesta es la que imagino, felicítate. Y acepta que yo te felicite porque eres un ser humano de buena voluntad. ¡Lo mejor de lo mejor!

Doctor Emilio Morales

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Nuevas precisiones homeopáticas

En esta guerra contra la homeopatía que estamos sufriendo en los últimos años y que tantos estragos ha causado ya, nos enfrentamos a dos peligros: uno, el más evidente, es la desaparición de la homeopatía y otro, no tan evidente, su tergiversación. Hoy no quiero referirme a nuestros detractores ni a sus intereses ni a su flagrante ignorancia del asunto ni a su mala fe ni a ningún tema relacionado con los tales. En realidad, no me interesa. No puedo hacer nada al respecto. Aclarar la tergiversación de la homeopatía me interesa más porque tal vez pueda poner sobre aviso a algún homeópata despistado. Desde su mismo inicio la homeopatía fue víctima de tergiversación. Hahnemann y otros homeópatas advirtieron contra ella. Podría tenerse la sensación de que se trata de una cuestión psicológica: el médico está tan identificado con los viejos principios que es incapaz de entender el sentido de la homeopatía y, en su interior, lo redirige hacia la enantiopatía[1]. Inconscientemente, desde luego. Así, el homeópata corre el peligro de convertirse en un enantiópata con gránulos.

En un artículo anterior he comentado cómo la única forma posible de curación es la autocuración. Esto puede entenderse con facilidad considerando cuántos y cuán complejos son los factores que intervienen en la vida y por ello en la salud y en la enfermedad. Y, por supuesto, en la curación. Nadie los conoce en su totalidad y nadie puede gestionarlos adecuadamente si no es el propio organismo. Y para que esa curación tenga lugar, la dificultad que parece existir (muy especialmente en las enfermedades crónicas) para que los mecanismos adecuados se pongan en marcha tiene que desaparecer. En eso consiste el trabajo terapéutico. Ya vimos que esto puede ocurrir de manera espontánea y de otras, entre las cuales encontramos la homeopatía que es el modo científico de inducir al organismo a la autocuración. Es el efecto dinámico, hoy creemos que electromagnético, de un medicamento el encargado de la tarea. La hipótesis del propio Hahnemannm es que ese efecto actúa como una señal (una especie de enfermedad artificial) reconocible por el organismo, que la identifica como un peligro (como si fuese una enfermedad natural) y la “ataca” en la forma que esa señal requiere. Como hemos elegido (atendiendo a los síntomas) el medicamento cuyo efecto dinámico es similar a la enfermedad, el organismo ataca realmente a la enfermedad a la que antes parecía ignorar o combatir inadecuadamente. El medicamento homeopático actúa, podríamos decir, como un señuelo: estimula un contraataque que la enfermedad no estimuló, tal vez porque en su comienzo fue enormemente sutil o por otras razones que desconocemos.

Y aquí aparece una dificultad no menor: ¿qué síntomas elegiremos para hacer la prescripción de nuestro medicamento homeopático?, ¿los síntomas de la enfermedad? De acuerdo.

Ahora bien, la enfermedad tiene dos aspectos diferentes e incluso opuestos:  por un lado, está la noxa, cuya interacción con el sujeto produce el pathos, el sufrimiento, es decir, lo que pretendemos curar. Esta situación se manifiesta por los síntomas primarios. Por otro lado, está la reacción a esa noxa que suele ser inadecuada, pero que, en general, es más llamativa y aparente. Estos síntomas, inflamación, vasodilatación, supuración, hipertermia, etc., representan el intento del organismo por llevar a cabo la curación. A veces (en muchas enfermedades agudas) lo consiguen y a veces no. Pero no dejan de ser un esfuerzo del organismo por curarse. Por eso precisamente estos síntomas pueden aumentar después de la administración del remedio, lo que conocemos como “agravamiento homeopático”. Son los síntomas secundarios o reactivos.

Y aquí es donde nos encontramos lo que a algunos parece costarles entender: si elijo el medicamento según los síntomas del sufrimiento, determinaré en el organismo un ataque a la enfermedad propiamente dicha y la curación podrá llevarse a cabo, pero si lo elijo según los síntomas reactivos, el organismo irá en contra de su propia reacción. Es similar a lo que conseguimos cuando administramos un antiinflamatorio o un antitérmico. A eso, en homeopatía, lo llamamos supresión. También paliación. Con la supresión no arreglamos absolutamente nada: la salud se deteriora y los síntomas suprimidos volverán antes o después. O no volverán y a eso lo llamamos repercusión porque nos encontraremos con otros síntomas más graves. En todos los casos habrá síntomas que desaparezcan y es fácil que creamos estar actuando bien. La observación del paciente a medio y largo plazo podrá sacarnos de nuestro error.

Se puede objetar que, siendo los síntomas reactivos la consecuencia necesaria de los primarios, si prescribimos por los reactivos también cubriremos los otros. Esto es cierto sólo en casos de pacientes que no hayan estado expuestos a la acción de remedios supresivos, contaminación química o electromagnética, etc. Mientras más exposición a esos agentes, conocidos como disruptores, más se deformará la reacción natural y menos van a coincidir el patrón de los síntomas primarios y los reactivos. Bajo el efecto de tales sustancias, además, la energía del organismo se agota y las posibilidades de encaminar una respuesta adecuada a través del remedio semejante disminuye. Incluso prescribiendo correctamente. Esto explicaría tal vez que los niños sanen más fácilmente que los adultos o que hace treinta o cuarenta años la gente en general sanase con más facilidad que en el presente. La sobremedicación, los contaminantes ambientales, alimenticios, etc., constituyen una fuente de problemas para la salud que en ocasiones es imposible superar únicamente con un tratamiento. Y se han incrementado exponencialmente en los últimos años.

Tal vez me he extendido en exceso para explicar esta norma esencial de la homeopatía: prescribir por los síntomas primarios.

Hay otra norma esencial: prescribir un solo remedio cada vez.

¿Cuál es la razón para prescribir un solo remedio cada vez? Tan sencillo como esto: sabemos cuáles son los síntomas de un remedio, pero no sabemos cuáles son los síntomas de dos o tres o cuatro remedios a la vez, puesto que nunca fueron experimentados juntos. Dicho de otro modo: dados nuestros conocimientos, no es posible hacer una prescripción homeopática con varios medicamentos. Si lo hacemos, será otra cosa. Tal vez muy buena. Tal vez mejor que la homeopatía. Pero no será homeopatía. Podría ocurrir, no obstante, que administrásemos varios remedios, algunos no semejantes (que no tendrían efecto alguno) y uno semejante que tendría un efecto terapéutico. En tal caso sí sería homeopatía, claro. ¿Es esto lo que ocurre a menudo? ¿Es esto lo que algunos pretenden al administrar varios remedios a la vez? Es posible, pero en una situación tal nunca sabríamos cual es el medicamento que ha curado a nuestro paciente. Otro inconveniente añadido es que, si se administran juntos dos remedios con síntomas semejantes entre sí y a su vez semejantes a los que pretendemos combatir, tales remedios podrían anularse mutuamente. Cualquiera de ellos, por separado, podría haber sido beneficioso. Juntos, se antidotan y quedan sin efecto.

Si en un caso encontramos varios remedios semejantes: prescribid el más semejante y anotad los demás en vuestra historia.

A lo largo de toda su vida, Hahnemann hizo hincapié en que los síntomas que se deben elegir para establecer la prescripción son los síntomas primarios, a saber, aquellos síntomas en los que el paciente actúa como sujeto pasivo, los síntomas que “padece” que “sufre” y no aquellos que expresan la reacción de su organismo contra los primeros, por más llamativos que estos últimos sean. La ignorancia de esta recomendación es clamorosa. Cuando ignoramos esto e ignoramos administrar un remedio cada vez, la homeopatía está tergiversada. Contra eso quería advertir hoy.



[[1]La enantiopatía tiene, tanto en médicos como en pacientes, más tirón psicológico e ideológico que la alopatía. Pido disculpas por volver a cosas tan elementales, pero no todos recuerdan que los términos homeopatía, enantiopatía, alopatía e isopatía los acuñó Hahnemann. Alopatía es un método que, en lo que a la dinámica de la enfermedad se refiere, no responde a ningún principio, por así decir es un método sin método: los medicamentos se administran por razones que nada tienen que ver (alós, diferentes) con la dinámica de la enfermedad. La enantiopatía responde a un método que consiste en administrar remedios que producen (presuntamente) efectos contrarios a los síntomas de la enfermedad. Son los famosos “anti”: antieméticos, antipiréticos, antiinflamatorios, etc. Ir en contra de los síntomas de la enfermedad es fácil de confundir con “ir en contra de la enfermedad” y esa es una invocación a la que es difícil sustraerse.

Doctor Emilio Morales

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CARTA ABIERTA A UN COLEGIADO DE A PIE

Querido compañero, me cuesta trabajo creer que seas enemigo de la homeopatía. Ignoro si la consideras, como yo lo hago, un excelente método terapéutico o si, no habiéndola practicado, admites, como verdadero escéptico, los hechos propios de la misma a la espera de su más evidente confirmación o de la definitiva demostración de todo lo contrario. En cualquiera de los dos casos, me inclino a considerar que estás de mi parte: yo también soy un escéptico. Considérame a mí de la tuya, ya que, al igual que tú, soy médico y no inquisidor.

En la confianza de lo anterior, me permito dirigirme a ti para encarecer los vínculos que deben unir a los médicos, al menos como yo los he entendido siempre desde mi experiencia como médico, hijo y hermano de médicos, padre de médicos, primo y sobrino de médicos, por no mencionar vínculos familiares de tercer grado. En mi familia, en tres generaciones, siempre ha habido al menos ocho o diez médicos en activo.

Así que, aunque mi experiencia como médico es más reciente, la que poseo en el mundo de la medicina es tan larga como mi edad. Desde que nací quedé constituido, por así decir, en un “observatorio” de la praxis médica. Y lo que pude observar es que la praxis de un médico y su vida constituyen realidades casi indiscernibles. En esta línea pude observar cómo se trataban los médicos entre ellos, la fraternidad que se profesaban. ¿Y qué decir de la atención médica que se prestaban unos médicos a otros? Se trataban exactamente como hermanos, con un cuidado y una prudencia irreprochables. Y es que el médico, ante la enfermedad, es más vulnerable que el resto de los mortales porque sabe, más que el resto, lo que se juega y puede ponerse en lo peor: por eso necesita contar con el apoyo incondicional de sus compañeros. Y así era entonces. No quiero que me interpretes mal: no estoy idealizando aquellos tiempos bajo el tul de la nostalgia, no. Ya desde mi infancia supe que había médicos antipáticos e insolidarios, médicos corruptos y egoístas. Los ha habido siempre, como en todas las profesiones, y mi padre nunca me ocultó esa realidad. Pero había mucho médicos honestos, sabios y cariñosos que se trataban entre sí como hermanos y a los pacientes con verdadero afecto y dedicación. Tanto en lo cotidiano como en lo profesional, los médicos se cuidaban unos a otros. Era para sentirse orgulloso. Así fueron las cosas durante mucho tiempo.

En algún momento, todo aquello cambió: de pronto, en lugar de la antigua deferencia, si un médico llega a un hospital como enfermo o como acompañante es un número más; no recibe, en general, ningún signo de aprecio y, en ocasiones, es mirado con recelo precisamente por ser médico. Podría ser únicamente una sensación mía si no fuese porque la he contrastado con otros compañeros. Sin duda, entre los médicos actuales los hay honestos y sabios, pero cariñosos, muy pocos.

¿Y los colegios profesionales? Siempre consideré que eran algo parecido al hogar de los médicos. A menudo iba con mi padre al de Huelva cuando tenía que resolver algún problema y lo veía desenvolverse allí con confianza, ser atendido en sus problemas y necesidades, encontrarse con colegas que lo saludaban amablemente. Por cierto, esto seguía siendo así cuando yo me colegié y pensé, ingenuamente, que sería siempre de la misma manera: el colegio protegía al médico, lo ayudaba en su praxis, resolvía problemas administrativos relacionados con la profesión y, sobre todo, era la casa común. Daba igual si estábamos o no de acuerdo en las terapias a utilizar: el colegio era de todos, lo pagábamos entre todos y todos teníamos exactamente los mismos derechos.

Pero de pronto se desencadenó la caza de brujas contra la práctica médica “no convencional”, caza que obedece a fines a todas luces distintos a la medicina. Y los colegios de médicos han cedido a la presión de estos pseudoescépticos que se hacen llamar científicos (aunque les cuadra mejor el apelativo de cientifistas) y que en su mayoría tampoco son médicos. Los colegios, es decir, las directivas de los colegios, han arrinconado a los médicos no convencionales, en particular a los homeópatas. La primera vez que me lo dijeron, no lo creí: sencillamente es increíble. Pero era cierto.

Tengo mis dudas sobre la legalidad de las decisiones discriminatorias que se están adoptando con a los homeópatas, así como de la legitimidad del famoso observatorio contra las pseudociencias, etc., en el que no figuran expertos en ninguna de las disciplinas terapéuticas no convencionales. Da la impresión de que, de antemano, todo lo relacionado con las mismas será considerado mala praxis. así pues, ¿para qué se necesitan expertos? Compañero, ¿esto te parece justo?

Si, como médico convencional, quieres saber algo sobre la homeopatía puedes preguntarle a los que saben de homeopatía: los médicos homeópatas. Entonces podremos hablarte de las evidencias clínicas, sopesar el significado de “evidencia científica” y su pretendido valor como prueba absoluta, tratar de vislumbrar la relación entre la llamada evidencia científica y la ciencia, así como entre la ciencia y la realidad en su conjunto, conceptos básicos, coloquiales, nada complicados, que cualquiera puede entender. Si quieres, claro. Y si has llegado leyendo hasta aquí, imagino que quieres; si has llegado hasta aquí, admitiendo el tuteo y la confianza, seguramente no eres uno de esos médicos que declaran, con ostensible estiramiento de fibras emocionales, que ellos no son de ninguna manera “compañeros” de un homeópata. Si es como imagino y tienes curiosidad por saber algo de homeopatía, pregúntanos a los médicos homeópatas, tus colegas, y no a los tuiteros. Pregunta a los prácticos. No todos somos tontos. Ni mentirosos. Eso sería imposible. Y estaremos encantados de contestar a tus preguntas.

Pero, mientras preguntas, te pido que seas consciente de que los colegios están dando la espalda a un grupo de compañeros, de colegas, de médicos que pagan sus cuotas colegiales lo mismo que todos los demás y que las vienen pagando desde hace décadas. El Colegio, que debe proteger a los médicos en su vertiente profesional, nos ha vendido a los pseudoescépticos: unos ignorantes que se adornan con la pátina de la ciencia sin saber siquiera lo que significa esa palabra. Los colegios nos han dado la espalda en lugar de cumplir con su deber y apoyarnos. ¿Mala praxis? Hablad con los pacientes. ¿Pseudociencia? ¿Qué viene a ser eso?

Compañero, la demolición de la homeopatía sólo beneficiará a las multinacionales farmacéuticas (alós u hómeos) que harán con los restos del método el negocio del siglo, vendiendo remedios para todo uso en mercadillos y supermercados. Pretenden aprovechar el pábulo que la buena praxis homeopática de los últimos cuarenta años ha dejado. España es el comienzo, tal vez la presa que han considerado más fácil: seguirán otros países. Los colegios de médicos no deberían secundarlos.

Hay numerosos ejemplos de cómo la decisión de un solo hombre cambió el curso de la historia. Por eso, te pido que nos ayudes. Te pido que nos devuelvas el sitio que nos corresponde en los colegios. Te pido que nos defiendas, porque al defendernos defiendes también la dignidad de la profesión en su conjunto. No dejo de preguntarme la razón de que algunos médicos con cargos de responsabilidad en la O.M.C. se vuelvan contra la nosotros. Son médicos que no conocen la homeopatía por lo que difícilmente pueden tener una opinión autorizada sobre la misma. Ignoran con olímpico desprecio la creciente cantidad de evidencias científicas que se acumulan a nuestro favor. También ignoran, pero esto es ya clásico, la apabullante evidencia clínica acumulada a lo largo de más de dos siglos por decenas o centenares de miles de médicos y millones de pacientes. Para ellos todo es mentira o ingenuidad porque han decidido que “es imposible” que la homeopatía funcione. ¿Y las curaciones? Esas se deben al efecto placebo, dicen, y olvidan explicar por qué los casos que se curan con homeopatía no obtienen el mismo resultado con el tratamiento convencional: ¿no es acaso el efecto placebo un efecto transversal? Decía que no entiendo las razones de que estos colegas se vuelvan contra nosotros, pero en realidad debí decir que no hay razones para que lo hagan, al menos razones lógicas.

Cuando, hace unos años, los twiteros pseudoescépticos se dieron cuenta de que atacándonos a los homeópatas no iban a conseguir gran cosa, añadieron a su estrategia el acoso a las instituciones. Su primer acto en este sentido fue escribir a las universidades para exigir que se nos excluyera de las mismas. Apabullaban y amenazaban a las autoridades académicas. Y las autoridades universitarias, al verse así expuestas, probablemente se asustaron. Y muchas fueron cediendo. Después les llegó el turno a los colegios profesionales. ¿También se asustaron los médicos? En cualquier caso, abrieron la puerta a los twiteros de la “pseudociencia” y nos dejaron a los pies de los caballos. Y ahí seguimos.

Hace poco recibí en mi consulta a un paciente.

“He estado dudando algún tiempo sobre si acudir a la homeopatía o no. ¿Sabe lo que me ha decidido a venir?”

Le dije que no, naturalmente.

“Pues lo que me ha decidido es la campaña contra la homeopatía. No se esforzarían tanto ni gastarían tanto dinero si la homeopatía no sirviese de nada.”

Me agradó la perspicacia de aquel hombre. Pero me llama mucho más la atención la falta de perspicacia de ciertos médicos que asumen sin hacerse preguntas el eslogan comercial de los twiteros, a saber, “no existe evidencia científica”. Lo cierto es que sí existe, pero eso da igual. Y en todo caso, no se paran a pensar que lo que ellos llaman “evidencia científica” se circunscribe al resultado de los ensayos clínicos fase III, controlados en general por los laboratorios farmacéuticos y sobre los que tanto habría que hablar. Sin ir más lejos, esa prueba fue superada por todos aquellos medicamentos que, en Estados Unidos, constituyen la tercera causa directa de muerte. No es para tomarlo a broma. Últimamente se tiende a decir que no son los medicamentos sino el mal uso que se hace de los mismos. El dedo acusador apunta ahora a los médicos. ¿Quién maneja esa información? En todo caso, la ciencia no termina en los ensayos clínicos a doble ciego: hay más ciencia. Y la realidad no termina en la ciencia: hay más realidad.

En esta situación no hay honor ni dignidad para nadie dentro de la profesión médica. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué puedes hacer tú, estimado compañero médico de a pie, es decir, médico, para contribuir a que nuestra profesión no pase por la vergüenza de contemplar cómo las instituciones colegiales, atendiendo a intereses que nada tienen que ver con el cuidado de los enfermos (nuestra única razón de ser) excluyen injustamente y traicionan a un grupo de compañeros con tanto que ofrecer a médicos y a pacientes?

Doctor Emilio Morales

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Más sobre simillimum: un cambio de opinión

En la entrada anterior pretendí mostrar el significado que para Hahnemann tenía el término “simillimum” antes de que fuera adoptado para adulterar la fórmula del principio de similitud y limitar su alcance operativo. Una referencia que utilicé fue la nota al pie del parágrafo 56 de la 5ª edición del Órganon. Ya adelanté que la misma nota en la sexta edición contiene importantes modificaciones con respecto a la quinta, modificaciones que no afectan al significado del término, sino más bien al uso que de estos remedios (simillimum-nododes) puede hacerse.

En efecto, en la 5ª edición podemos leer: “Aún podría admitirse un cuarto modo de emplear los medicamentos contra las enfermedades, a saber, el método isopático, que consiste en tratar una enfermedad por el mismo miasma que la ha producido. Pero, aún suponiendo que esto fuera posible, descubrimiento que, a la verdad, sería muy precioso, como no se administraría el miasma a los enfermos sino hasta después de haberlo cambiado hasta cierto punto por las modificaciones que se le hacen sufrir, la curación sólo se verificaría en este caso oponiendo simillimum a similimo”.

Frente a esta visión optimista (hechas las oportunas salvedades) de las posibilidades curativas de los nosodes para sus enfermedades correspondientes, encontramos en la siguiente edición un rechazo frontal de esta práctica. Aquí explica que pretender curar per ídem “contradice el sentido común y también toda experiencia”; advierte sobre la idea errónea de que la vacuna (contra la viruela) sea un tratamiento isopático, porque en realidad es homeopático, ya que vacuna y viruela son enfermedades similares pero diferentes, de manera que el éxito de la vacuna antivariólica no debe atribuirse al tratamiento per ídem sino al tratamiento por similares (homeopatía). Extendiendo este mismo argumento dice “algunas enfermedades propias de los animales nos proporcionarán con toda seguridad potencias morbosas curativas para enfermedades humanas muy similares, completando de esta manera nuestra reserva de remedios homeopáticos”. Pero a continuación advierte: “emplear una sustancia morbosa (por ejemplo, un psorinum tomados de la sarna humana) para curar la misma enfermedad humana (la sarna o el mal que esta genere) carece de sentido. Nada puede resultar de ello sino dolencias y agravación de la enfermedad”.

Ignoro si este importante cambio de Hahnemann fue el resultado de la experiencia o de la reflexión.  Tal vez sería interesante investigarlo.

Doctor Emilio Morales

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