LOS MICROBIOS: PENSAR POR UNO MISMO

La idea de que hay enfermedades que se contagian es muy antigua. Ya Fracastoro habla de la transmisión de enfermedades de diversas maneras y habla también de “semillas de enfermedad”, pero en determinado momento no puede establecer el mecanismo del contagio y llega a decir que las enfermedades “se transmiten por la mirada”. Posiblemente de ahí viene lo del mal de ojo. Estamos en el siglo XVI. Faltan tres para que Louis Pasteur establezca la teoría microbiana con la que pretende explicar la causa de las enfermedades. En ese tiempo, muchos médicos admiten que las enfermedades pueden transmitirse o contagiarse o adquirirse y hablan de miasmas. Pero los miasmas no tienen necesariamente que coincidir con la idea actual de microbio como agente causal exclusivo, sino que también pueden estar vinculados con lugares insanos, viviendas mal ventiladas, olores pestilentes, frío, humedad, miseria y cosas por el estilo. La idea antigua de miasma abarca, tanto a los posibles desconocidos microbios como al medio ambiente y su influencia sobre el organismo. Es un concepto abierto.

Pasteur le da al microbio la exclusiva como causa de las enfermedades llamadas infecciosas, pero en su misma época Antoine Béchamp emite la llamada teoría del terreno y propone considerar que la enfermedad se debe a ciertas alteraciones en el organismo de naturaleza traumática, tóxica, etc., que deterioran los tejidos. Los gérmenes acudirían en ayuda del organismo para eliminar esas zonas tóxicas. Serían más bien colaboradores en la curación que causantes de la misma.

Precisamente, a finales del siglo XIX la población occidental, que hasta entonces había vivido en condiciones de miseria y hacinamiento, empieza a adquirir hábitos más saludables y a vivir en mejores ambientes, y las enfermedades infecciosas mejoran de forma muy significativa. Muchos han pretendido atribuir a las vacunas (comenzando por la de la viruela) ese descenso en la morbilidad y mortalidad de ciertas enfermedades, pero abrumadoras evidencias están en contra de esa teoría[1].

Por otra parte, hay casos en que la eficacia de un tratamiento con antibióticos es extraordinaria y eso no se puede negar. Deberíamos evitar generalizar estas evidencias, porque es igual de cierto lo contrario, a saber,

A-Que hay enfermedades infecciosas que se resisten tenazmente a tratamiento con antibióticos y

B-Que hay enfermedades infecciosas producidas por gérmenes saprofitos, sobre todo en niños, que se activan por el frío, la lluvia, la inseguridad u otras circunstancias del ambiente, que pueden ser tratadas con eficacia con un antibiótico pero que, más pronto que tarde, al reproducirse las mismas circunstancias, rebrotan una y otra vez por muchos antibióticos que se administren. Este tipo de enfermedades son ejemplos que avalan la teoría del terreno. Todavía cabe preguntarse: ¿por qué los antibióticos curan, aunque sea de modo pasajero, esas infecciones? Si acaban con los gérmenes y estos intervienen en la fase reactiva de la enfermedad, al eliminarlos de la ecuación, el proceso reactivo se detiene y la enfermedad parece ceder. Pero vuelve de modo inmediato a los quince, treinta o sesenta días.

¿Consiste entonces la eficacia de los antibióticos en detener el proceso morboso en su fase reactiva? Si así fuere, aunque la curación se consolide, al organismo le quedaría pendiente la tarea de terminar ese proceso. ¿Sería esa tarea pendiente la causa (en todo o en parte) de los síntomas de retorno que los homeópatas vemos después de un tratamiento? Y no sólo los homeópatas, sino todos los que practican terapias curativas y no meramente paliativas. Esta cuestión nos propone otra duda: ¿Deberíamos administrar antibióticos? La respuesta, evidente, sería: sólo en aquellos casos en los que tengamos la duda de si el organismo de nuestro paciente puede llevar a buen fin el proceso reactivo de la enfermedad, que lo llevaría a una curación definitiva.

He comentado en diversas ocasiones que, en mi experiencia, la combinación entre homeopatía y antibioterapia produce unos resultados extraordinariamente rápidos. Pero no lo recomiendo como rutina de trabajo. Cuando tratamos una enfermedad equilibrando el sistema y dejando que él mismo sane, además de la curación, obtenemos un poso de salud. Cuando, para conseguir una curación forzamos el equilibrio del organismo, obtenemos un poso de enfermedad. Dicho de otro modo: si una persona se trata desde niño con un método que fomente su equilibrio, las sucesivas enfermedades que presente irán aumentando su salud y será un adulto sano. Y si en todo ese proceso nos encontramos que, en una o dos ocasiones, para salvar la vida, tenemos que recurrir a forzar al organismo porque se enfrenta a una situación muy grave (lo cual puede perfectamente no ocurrir jamás), esas ocasiones serán irrelevantes en el proceso general de salud.

Pero si recurrimos constantemente a la medicación supresiva (lo cual equivale a matar moscas a cañonazos), esa persona tendrá una infancia enfermiza, tal vez mejore pasajeramente en la adolescencia y, al llegar a la edad adulta, comenzará de nuevo con sus achaques, que serán otros, de manera que en su madurez y en su vejez dependerá de catorce pastillas al día para sobrevivir. ¿Verdad que no cuento nada nuevo, nada que no les suene?

Así pues, una cosa es matar microbios y otra muy diferente la salud. La salud depende del equilibrio interno del organismo, es decir, del terreno. Eso en cuanto a la salud. Si la enfermedad dependiese de alguna otra cosa, pongamos que del microbio, un organismo podría estar a la vez sano (equilibrio del terreno) y enfermo (contagiado por el microbio). Pero no ocurre así, sería absurdo. Una persona, si está en equilibrio no tiene infección y si tiene infección no está en equilibrio. Da la sensación de que infección y equilibrio se mueven a la vez y de forma complementaria. Deben depender la una del otro o viceversa.

Imaginemos un cuadro epidémico que afecta a dos personas determinadas. A una de ellas le produce una enfermedad leve y a la otra una enfermedad grave. Es el mismo microbio para los dos. Podemos decir que a una le afecta menos porque tiene una mejor constitución, porque es más joven, porque no tiene miedo etc., pero que en los dos casos el responsable de la enfermedad es el microbio porque si el microbio no hubiese venido, la enfermedad no se habría producido.

Pero ahora nos encontramos con una tercera persona que no tiene la enfermedad, que no adquiere la infección. ¿Por qué? Se supone que la génesis de la enfermedad depende exclusivamente del microbio. Se supone que es un patógeno y que está en su naturaleza (no sabemos muy bien por qué) afectar la salud de las personas. La explicación más sencilla suele ser la más certera: no lo afecta porque está sano. Es decir, que para que el microbio haga su aparición, el organismo no puede estar sano, tiene que estar enfermo. O lo que es lo mismo: la enfermedad es anterior al microbio. La enfermedad depende del terreno.

Con todo, sobre los microbios hay mucho que hablar. Porque, ciertamente, la impresión que se tiene es de que se transmiten de un individuo a otro y de que con ellos va la enfermedad. En contra de esta percepción tengo que decir que a lo mejor no es tan evidente por sí misma, sino que es lo que nos han enseñado desde niños y luego en las facultades de medicina. Es una imagen inculcada. Un ciudadano mucho más primitivo, en una tribu perdida o bien hace muchos siglos, no tenía esa percepción sino la de que la causa de una enfermedad era que los dioses se habían enfadado o que alguien en la tribu había comido carne y pescado en la misma comida o que alguno había ignorado la señal de alguna divinidad en forma de una brisa que soplaba en la pradera.

¿Que eran ignorantes? Nada de eso. Fueron ellos los que nos trajeron hasta el presente. Pudieron sobrevivir en una Naturaleza hostil porque la conocían y aprendieron a vivir en armonía con la misma. Nada de ignorantes. Cada uno de ellos era un sabio por lo que al equilibrio vital se refiere. Y culturalmente sólo la enumeración de lo que nos ha quedado de sus logros sería interminable ¿Podemos decir nosotros lo mismo?

Lo que pretendo expresar es que una cosa es la enfermedad y otra la explicación que le damos a la enfermedad. Desde Pasteur y su teoría microbiana hemos aceptado sin restricciones que la única causa de toda enfermedad infecciosa son los gérmenes; y desde Fleming, que la única solución para las enfermedades bacterianas son los antibióticos. Y ahí estamos.

Pero al mismo tiempo tenemos la evidencia de que muchas enfermedades bacterianas agudas recidivantes y crónicas no ceden a los antibióticos o ceden de manera incompleta y, sin embargo, ceden a terapias que cambian el terreno drenándolo de toxinas, aportando nutrientes que faltaban o promoviendo el equilibrio dinámico. Todo esto debería hacernos pensar. Si muchas infecciones ceden fácilmente a esas terapias que no actúan sobre el microbio sino sobre el terreno, ¿no deberíamos aceptar que el terreno tiene un importante papel en la génesis de la enfermedad?

Muchos de los microorganismos a los que culpamos de las enfermedades forman parte de nuestro microbioma y, en el estado de salud, cumplen allí importantes funciones: sin ellos no habría vida. ¿Por qué cambiarían su tendencia innata de cooperación biológica y, de repente, se volverían agresivos? La respuesta es que no cambian su tendencia, sino que la prolongan al estado de enfermedad. La enfermedad es previa a su presencia en la sangre y en los intersticios tisulares. Los encontramos allí, a veces de manera focalizada, a veces de manera diseminada, a veces en tejidos específicos, a veces en distintos tejidos, porque buscan selectivamente el daño, el desarreglo del terreno con el fin de repararlo. Si se tratase de un ataque indiscriminado contra el organismo, cabría esperar que estuviesen por todas partes. A muchos les resultará difícil aceptar algo así, pero, si no son la causa del daño (y hemos visto que no lo son o al menos tenemos una duda razonable al respecto), ¿qué hacen allí?

Si se ha cometido un asesinato y vemos gran cantidad de policías afanándose en el lugar del delito, ¿afirmaríamos que son esos policías los que han perpetrado el crimen? Evidentemente no. Pero culpamos a los microorganismos sencillamente por estar ahí. Si ahora, antes de que el caso de haya resuelto, los policías se ven obligados a retirarse del escenario, cualquiera que pase por allí no sospechará nada de lo que ha ocurrido. Sin embargo, el caso sigue sin resolver, el trabajo no se ha completado y queda pendiente.

Me consta que no es fácil cambiar el chip y contemplar todo esto desde una perspectiva más amplia. Hay hechos que parecen indicar que los microorganismos son los responsables de las enfermedades infecciosas y hay otros hechos (no menos o menos importantes porque se suelan ocultar) que parecen indicar lo contrario. Como ambas cosas son contradictorias, resulta evidente que se impone observar y pensar. Pensar por uno mismo.


[1] El tema de las vacunas se escapa de la intención y el alcance de esta entrada. Para saber más, recomiendo la lectura del libro Desvaneciendo ilusiones. Las enfermedades, las vacunas y la historia olvidada, de Suzanne Humphries y Roman Bystrianky.

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La confianza en el paciente.

Es muy habitual oír que el paciente, si quiere curarse, necesita tener confianza en su médico. La confianza en el médico es un valor que se está perdiendo y está siendo sustituido por la confianza en el equipo quirúrgico famoso, en el famoso centro hospitalario o en el medicamento novedoso y carísimo. Pero finalmente son formas de la confianza cuyo sujeto es, en todos los casos, el paciente. En el otro lado de la ecuación están los médicos y, en general, todo el estamento sanitario. Ellos, al igual que los pacientes, también confían en la tecnología médica diagnóstica y quirúrgica, en los potentes medicamentos de síntesis y, ¡cómo no!, en ellos mismos. En el paciente no confía nadie. A nadie parece importarle.

Pero es necesario confiar en el paciente. Hemos dicho más de una vez que no hay ninguna medicina que cure. Hay medicinas que permiten al organismo curarse, que facilitan ese proceso. También hay medicinas que parecen dificultar la curación, pero de esas hablaremos en otra entrada. En el mejor de los casos, como digo, las medicinas facilitarán la curación del organismo, pero es el organismo el único que puede curarse.

¿Y quién es el organismo? En efecto: el paciente en persona. Si esperamos que un paciente resuelva una situación patológica, en especial cuando es grave, y no confiamos en él, en su innata capacidad curativa; si entre la curación de un enfermo y el médico cuya obligación es ayudarle a curarse se interpone, por ejemplo, un pronóstico infausto en el cual el médico cree más de lo que cree en su enfermo, entonces, ¿quién estará de parte de ese paciente frente a la enfermedad?, ¿quién lo guiará? Ese enfermo está en una situación aún peor que la de aquél que no tiene médico: tiene un médico que lo ha condenado. ¿Quién podrá ayudarlo?

La confianza en el paciente se perdió con el advenimiento de la medicina de síntesis: el medicamento lo hace todo y el enfermo nada, ¿por qué habría que confiar en él?, ¿para qué, si ya el médico y la fábrica de medicamentos le van a dar el trabajo hecho? La relación perfecta entre médico, naturaleza y enfermo, desapareció. El paciente se ha vuelto irrelevante. Los remedios que la naturaleza ofrece para resonar con las necesidades del enfermo (en su propia naturaleza) y cuyo conocimiento el médico atesora, quebró definitivamente. Sin embargo, por alguna razón, los enfermos siguieron confiando en los médicos. La medicina se institucionalizó, aparecieron los protocolos diagnósticos y terapéuticos y el médico se convirtió en un intermediario entre la industria y los usuarios. Su virtualidad como médico desapareció casi por completo. Y los enfermos siguieron confiando en los médicos, pero cada vez menos.

Ahora, los mismos poderes que liquidaron la confianza en el paciente, necesitaban liquidar la confianza en el médico. Para ello, estimularon la enemistad entre pacientes y médicos creando alrededor de estos últimos un ambiente de culpabilidad centrado en la mala praxis. Resulta bastante curioso que, en un momento en que los médicos se ven constreñidos a hacer exactamente lo que se les manda, en el que la libertad terapéutica (principio volcado al bien de los enfermos y antaño sagrado) no pasa de ser una fórmula vacía, precisamente ahora que no pueden hacer nada por sí mismos, se les quiera responsabilizar social y judicialmente por los fracasos. Pero no hay que preocuparse: los que así actúan no tienen nada contra los médicos, hacen lo que hacen por el negocio. Ahora se trata de que la industria dictará, como lo ha hecho los últimos cien años, los protocolos clínicos. Pero más que nunca. Los médicos se limitarán a cumplirlos porque si no lo hacen incurrirán en mala praxis, pero si son obedientes y algo sale mal estarán protegidos por el sistema: han seguido los protocolos.

El médico y el enfermo han dejado de ser amigos. Peor aún: para mayor gloria de la industria, han dejado de reconocerse mutuamente como tales. No confían ya el uno en el otro. El médico se refugia en los protocolos y los equipos (medicina defensiva). El paciente se refugia en la desconfianza, las reclamaciones y las demandas. Curiosamente, los protocolos se mantienen al margen de toda duda. Y eso a pesar de que algunas encuestas nos dicen que, en los Estados Unidos, los medicamentos son la tercera causa de muerte.

Pero no todos los médicos han sucumbido ante el poder de la industria. Hubo muchos que mantuvieron criterios médicos independientes, incluso dentro del sistema. Lamentablemente, con el tiempo esos médicos han ido siendo cada vez menos y nombres como Marañón, Jiménez Díaz o Letamendi nos evocan algo así como la última frontera entre la medicina clínica y el caos. Sus discípulos ya no pudieron brillar con la misma intensidad que ellos.

Existió otra línea de médicos que, más humilde y escondidamente, siguieron la tradición de la vieja medicina: los médicos naturistas. Conocedores de la hidroterapia, de la fitoterapia y de la dietética, han prestado y prestan un impagable servicio a la sociedad ayudando a sanar a sus pacientes y estableciendo de nuevo los viejos vínculos de confianza mutua.

Y los homeópatas, que a lo largo de más de dos siglos han mantenido la tradición hahnemanniana gracias a la cual han ayudado en innumerables y sorprendentes curaciones, lo que finalmente ha provocado el feroz ataque de sus detractores, precisamente esos mismos cuya felicidad estriba en los protocolos farmacéuticos a los que aplican el interesante calificativo de científicos.

Como homeópata escribo estas líneas. Como homeópata, confío en mis pacientes porque tiene que ser así: ellos son los que curan. Muchos de ellos confían en mí, lo cual me enorgullece. Entre el médico homeópata y su paciente no sólo se establece esa confianza, sino aquella relación perfecta a la que antes me refería, basada en tres soportes: la naturaleza (de los remedios), la naturaleza (del paciente) y el médico. Así lo podemos ver en Hahnemann, que establece, ya desde el parágrafo 3 de su Órganon, los tres saberes del médico:

1-El conocimiento de lo que debe ser curado en la enfermedad individual (conocimiento del paciente).

2-El conocimiento de lo que hay de curativo en cada medicina en particular (conocimiento de las medicinas)

3-El conocimiento de cómo debe aplicarse lo uno a lo otro, de manera que se siga la curación (conocimiento de la ley curativa o ley de semejanza).

El médico que posee esos tres saberes y además sabe eliminar los obstáculos que se oponen a la curación (higiene), es, en opinión de Hahnemann, un verdadero médico. El médico que posee esos saberes, añado yo, se ve en la necesidad de confiar en su paciente porque en el enorme y misterioso escenario de la vida, la enfermedad y la salud, el médico es tan solo un mediador, un auxiliar, un espectador privilegiado que, sin el paciente, sin la energía del paciente, sin su determinación de vivir en armonía, jamás podría por sí mismo conseguir la más mínima de las curaciones.

Doctor Emilio Morales

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LA PRÁCTICA DE LA HOMEOPATÍA: CURAR O NO CURAR

“La primera, aún la única, misión del médico es devolver la salud a los pacientes. A esto se le llama curar”. Samuel Hahnemann, Órganon de la medicina, parágrafo 1.

La praxis médica se nutre de tres fuentes: la tradición, la experiencia y la ciencia. Las aportaciones de la ciencia han cobrado mucha relevancia en los últimos decenios y han dado lugar, sobre todo en medicina, al fenómeno conocido como cientifismo. ¿En qué consiste? Se trata ni más ni menos de una fe ciega en la ciencia y sus apéndices. El científico duda, el cientifista sabe; el científico busca, el cientifista afirma; la ciencia yerra, el cientifismo posee la absoluta verdad. Viene el cientifismo a ser una especie de misticismo sin Dios, saturado de certezas totémicas inapelables. Mientras que la ciencia busca la verdad, el cientifismo se ofusca en la verdad encontrada sin reparar en que esa verdad puede estar incompleta o ser superada por los descubrimientos del día siguiente. Incluso podría estar falseada en aquellos casos en que la ciencia viene contaminada por intereses económicos, políticos o de otra naturaleza. Entre la multiturba de estos fieles creyentes encontraréis gente de todo tipo, carácter y condición, pero jamás un científico.

La tradición, la más antigua de nuestras fuentes, también se equivoca. O pierde, con el tiempo, su marco de referencias. Lo que hace siglos fue cierto, ahora puede no serlo. Por eso, la tradición es puesta en duda permanentemente y purgada de aquellas cosas que no nos resultan útiles. Pero, en esencia, sigue siendo un firme puntal en el que apoyar la praxis.

¿Qué decir de la experiencia, el más íntimo, cercano y personal soporte de la práctica diaria? Pues que tampoco merece una fe ciega. El propio Hipócrates dejó constancia de ello: “La vida es breve; el arte, largo; la experiencia, engañosa; el juicio, difícil”. La experiencia es engañosa, sin duda. La vida es demasiado compleja y el origen y naturaleza de la enfermedad demasiado oscuros y escurridizos como para ser abarcados por la breve experiencia de un solo individuo. De ahí que la tradición y la ciencia vengan en ayuda del médico. La tradición guarda para nosotros la experiencia de los siglos pasados y la ciencia proyecta nuestra experiencia hacia el futuro. De estas tres fuentes, ninguna es infalible. ¡Ojalá alguna lo fuese!

Ahora, para introducir lo que sigue, me permitiré una pequeña digresión sobre un tema candente. A raíz de los debates sobre la fiabilidad o no de las pruebas PCR, se oye hablar mucho del “patrón oro” (en alusión metafórica al sistema monetario), es decir, de una referencia fiable con la que confrontar una técnica o método determinados con el fin de establecer su propia fiabilidad. Hay científicos que se quejan de que, en el caso de las pruebas PCR, no exista un patrón oro. Dicho de otro modo: ante la duda de que un positivo sea verdadero o falso, no tenemos ningún recurso para comprobarlo y nos quedaremos con la duda. Fin de la digresión.

En la praxis médica tenemos un patrón oro muy fiable: la curación. Sólo la curación puede otorgar marchamo de calidad a un método o procedimiento terapéutico. Se atribuye a Claude Bernard la autoría de la sentencia “Curar, a veces; aliviar, a menudo; consolar, siempre.” Sólo disiento en los porcentajes.

La medicina actual (me refiero a la medicina que trata enfermedades crónicas con medicamentos sintéticos), parece haber renunciado a curar y haber puesto su mayor énfasis en el alivio, es decir, la paliación. En diversos lugares de este blog me he ocupado de la paliación y sus inconvenientes. Tal vez más adelante le dedique una entrada en exclusiva. En cuanto al consuelo, salvando muy honrosas excepciones, ha sido relegado al olvido. Incluso el propio Bernard parece haberlo reservado para los casos desahuciados. Sin embargo, debería formar parte de cualquier acto médico: el consuelo del interés por el paciente, de la comprensión de su caso y de su persona.

Por su parte, la homeopatía pone su énfasis en la curación. Ese es nuestro irrenunciable patrón oro y sólo ese patrón da legitimidad a la praxis. Además, el consuelo es inherente al modo en que se produce la homeopatía, a lo que podríamos llamar el protocolo clínico del homeópata, es decir, un interés por todo lo que concierne al paciente. Este interés no es ficticio ni surge de la “humanidad” del médico como una afectación conmiserativa anexa a la práctica, no. Lo que ocurre es que el homeópata necesita saber infinidad de detalles de la vida del enfermo (detalles que, en general, no interesan a otros médicos) porque sin esos detalles aparentemente triviales no podrá encontrar el medicamento curativo. Se trata, pues, de un interés genuino. El paciente lo percibe y otorga al médico su confianza y su amistad. El paciente se siente comprendido y, más que el médico, es el método el que lo comprende, el método el que requiere de tal comprensión para ser eficaz. Esa amistad médico-paciente, que Laín Entralgo detalla tan acertadamente en su libro “El médico y el enfermo”, es la base del mayor consuelo y el mejor acompañamiento que un médico, en cuanto médico, puede brindar. Y es tan real que, en no pocas ocasiones, una vez recuperado el paciente, si se da la necesaria afinidad, esa amistad terapéutica se convierte en una amistad interpersonal. Algunos de los mejores amigos que he tenido en los últimos 43 años comenzaron siendo mis pacientes.

Así nació la homeopatía hace más de 200 años y así continúa existiendo: como una opción sanadora. No porque “venza” la enfermedad matando microbios o anulando reacciones curativas (fiebre, inflamación, etc.) Únicamente el organismo puede vencer la enfermedad encontrando su equilibrio interior. La homeopatía es tan solo uno de los métodos que puede ayudarlo en esa tarea. Y una vez recuperado el equilibrio, ya no hay reacciones que anular ni microbios que matar. Las reacciones están para cuando se las necesita y los microbios forman parte de nuestro organismo de tal forma que sin ellos no podríamos vivir. En la inmensa mayoría de los casos, su presencia no es la causa de las enfermedades, sino más bien consecuencia de las mismas. Pero de eso hablaremos otro día.

Doctor Emilio Morales

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SOBRE HOMEOPATÍA, VIRUS CHINO Y COSAS QUE CONVIENE SABER

SOBRE HOMEOPATÍA, VIRUS CHINO Y COSAS QUE CONVIENE SABER

Ahora, por razones de sobras conocidas, la homeopatía está en suspenso. Pero es necesario decir, una vez más, que por mucha propaganda negativa y por muchas mentiras que se digan contra nuestro método, es un método eficaz, sin efectos secundarios y con una incontestable base científica. En estos tiempos de zozobra sanitaria inducida y alentada por todos los medios de comunicación y todos los partidos políticos sin excepción, es necesario recordar que la homeopatía sigue existiendo y sigue siendo un medio eficaz para combatir y prevenir cualquier proceso patológico en la mayor parte de los pacientes. Un método cuya correcta aplicación permite al organismo enfermo desplegar su capacidad curativa para encontrar por sí mismo el equilibrio, única forma posible de curación. Debemos reconocer, no obstante, que la correcta aplicación de la homeopatía no es fácil, de manera que cualquier otra solución siempre será bienvenida.

Esta es la situación en la que me encontré con unos videos de Pamiés y de Andreas Kalcker en los que se hablaba del dióxido de cloro (MMS, CD, CDS), asegurando que es una sustancia capaz de prevenir y curar la enfermedad viral que nos preocupa ahora, amén de otras enfermedades. Pude entender que actúa aportando oxígeno a los tejidos (especialmente a las partes enfermas de los tejidos, que son más ácidas) y comprendí que se trata de un medicamento inespecífico, que ayuda al organismo de una forma general a través de la oxidación y posterior eliminación esos reductos ácidos. Esto me pareció sumamente interesante y quise documentarme más. No tuve que buscar mucho para toparme con un aluvión de artículos que decían precisamente lo contrario, a saber, que el dióxido de cloro es lejía, que su utilización es muy peligrosa para la salud y que puede dar lugar a todo tipo de cosas malas, desde corroerte los dientes a matarte sin más, pasando por un sinfín de molestias y enfermedades cuya simple enumeración me ocuparía más espacio del que puedo dedicarle.

¡Grave dilema! ¿Qué podía hacer yo, un simple médico práctico, ante la duda que me planteaban los defensores y los detractores del dióxido de cloro? ¿Cómo podía recomendarlo a algún paciente sin saber si el CD lo curaría o lo enfermaría más aún? Sólo conocía un método que ya he utilizado en diversas ocasiones anteriormente: probarlo.

Para informarme mejor, compré el libro de Andreas Kalcker, LA SALUD PROHIBIDA y me hice con un kit para preparar CD. Comencé muy poco a poco: una gota activada en un litro de agua y fui aumentando la dosis hasta tomar tres gotas activadas en un vaso de agua cuatro veces al día. El único efecto secundario fue una leve diarrea cuando lo intenté con cuatro gotas activadas cuatro veces al día, que despareció en cuanto volví a tres. Lo intenté de nuevo y ocurrió lo mismo. Así pues, en esto me remito a Kalcker, mi dosis ideal es de tres gotas activadas cuatro veces al día.

Llevo dos meses tomándolo y lo único que he notado ha sido una gran mejoría en mi estado general, mejor disposición para cualquier actividad, mejoría en el sueño (duermo de un tirón toda la noche) y la desaparición o mejoría de pequeñas molestias con las que uno se acostumbra a vivir, como cierta rigidez y dolor al despertar y cosas por el estilo.

Al verme, mi familia se animó y todos los que lo toman han experimentado mejoría, cada cual según sus molestias previas. Por lo demás, mi primera impresión es que se trata de un producto compatible con el tratamiento homeopático y que puede potenciar sus efectos. He tenido un caso que confirma tal intuición, pero aún no puedo afirmar que así sea: habrá que esperar y ver.

Después de tan positiva experiencia, me creí legitimado para recomendar este producto a los pacientes, pero he aquí que no va a ser posible: está prohibido. No, el CD o el CDS no están prohibidos, de hecho, se utilizan para infinidad de cosas (la más común, potabilizar el agua de uso humano) y está patentado para diversas aplicaciones en medicina. No está prohibido el producto, lo que está prohibido es que un médico lo recomiende. ¿Asombrados? Yo también.

En todo el mundo, médicos y pacientes están dando testimonio de las bondades de este viejo remedio y están solicitando de las autoridades que lo legalicen para usarlo terapéuticamente contra el virus chino. Todo en vano: las autoridades dicen que no se puede legalizar porque no está demostrada su eficacia e inocuidad. Algunos médicos han presentado dosieres con historias clínicas minuciosas que muestran la recuperación de pacientes, algunos muy graves. Esto lo demuestra, dicen esos médicos. Las autoridades sanitarias responden que no, que eso no demuestra nada porque hay que hacer un ensayo clínico a doble ciego. Estamos dispuestos, hagámoslo, reponen los médicos. Pero no hay manera. Tales ensayos clínicos supervisados por las autoridades sanitarias nunca se harán.

Si yo fuese mal pensado, creería que, puesto que el dióxido de cloro no puede patentarse, su uso terapéutico no les interesa a las farmacéuticas, ocupadas, como están ahora, en elaborar a toda prisa una vacuna que pretenden obligatoria. El dióxido de cloro les chafaría el negocio. Aunque tal vez no se necesite ser tan mal pensado para tan simples deducciones. Sobre todo, si se echan números.

Bien, a lo que importa: no puedo recomendarlo. Lo que sí puedo hacer es aportar mi testimonio de consumidor voluntario: me está sentando bien. Ninguna de aquellas terribles amenazas de los acérrimos detractores internáuticos se ha cumplido en mi persona. Creo que decir esto no es delito todavía.

Y, además de compartir mi experiencia, también puedo recomendaros, sin delinquir, la lectura del libro de Andreas Kalcker, LA SALUD PROHIBIDA, que ya he mencionado más arriba. Ahí os enteraréis de todo lo que hay que saber al respecto.

Por supuesto, hay que tener en cuenta que se deben respetar las proporciones y las dosis. Haciéndolo así, el margen de seguridad es muy alto. Y, sobre todo, no creáis a los que dicen que es lejía, porque podría ocurrir que alguien llegue a creerlo y le dé por beber lejía. No es lejía, es dióxido de cloro, una sustancia diferente.

Si queréis comprar el libro, aquí lo compré yo:

https://voedia.com/de/inicio/33-salud-prohibida.html

Hasta pronto.

Doctor Emilio Morales

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