LA HOMEOPATÍA A LA PALESTRA

En homeopatía, cada vez son más escasas las novedades editoriales. Sin embargo, hoy podemos felicitarnos por la aparición del libro de la doctora Segura Ayestarán, LA HOMEOPATÍA A LA PALESTRA. Este era un texto necesario en la literatura homeopática porque manifiesta el punto de vista de una persona dedicada a la investigación, una científica, que llegó a conocer la homeopatía, primero como paciente y más tarde como médico: la estudió, la practicó y comprobó su eficacia clínica.. Este punto de vista integrado confiere a su testimonio, a sus reflexiones, un valor poco común. A pesar de que pone el foco de atención en el análisis de la homeopatía desde el punto de vista de la ciencia, lo hace con vocación divulgativa, en un lenguaje muy asequible para todo aquél que esté interesado en el tema, sea o no médico. Pero, en mi opinión, es también un libro que los médicos deberían leer. Los alópatas, porque podría contribuir a acercarlos a un método útil e inocuo sobre el que algunos han tejido toda una red de mentiras que, en ciertos sectores ha incitado una auténtica homeopatofobia: este libro puede ayudarles a poner las cosas en perspectiva. Y, sobre todo, es un libro que conviene a los médicos homeópatas porque plantea una vez más la evidencia que a todos nos llevó en su día a convertirnos en homeópatas, argumentándola desde una posición nueva. Adjunto al final tres archivos de texto con el PRÓLOGO, la INTRODUCCIÓN y uno de los capítulos del libro, elegido por la autora, con el fin de que el futuro lector pueda hacerse una idea más ajustada de lo que esta breve reseña haría posible.

Los interesados en adquirir el libro, pueden contactar con la autora en su dirección de correo electrónico lolasegu@gmail.com.

PAGAR PARA QUE TE ELIMINEN

ACOSO AL EJERCICIO MÉDICO EN ESPAÑA

Marino Rodrigo, Médico

Marzo de 2021

Introducción

Durante el quinquenio 2016-2020, dirigentes de la colegiatura médica española, en bochornosa alianza con elementos hostiles extracorporativos, ejecutaron un ataque público e indiscriminado contra el ejercicio médico no convencional (EMNC).

   Todo recurso mediático imaginable amplificó su mensaje: cualquier praxis médica “no basada en la evidencia” es engaño, fraude, estafa. Médicos ejerciendo honradamente en ámbitos complementarios al convencional quedaron en el punto de mira. Atónitos, miles de colegiados españoles en una situación surrealista: su cuota colegial obligatoria financiando su eliminación profesional.

   Dos eventos extraordinarios han aminorado la desaforada acometida durante la segunda parte de 2020 y lo que llevamos de 2021: la pandemia COVID19 y las elecciones al consejo general colegial, en las que fueron relevados de sus cargos el presidente y el tesorero.

   Este documento es solo una muestra de la defensa por parte de profesionales y usuarios de valores amenazados: las libertades de prescripción, de expresión y de opinión del médico, y la autonomía de los usuarios de la sanidad. Empieza aludiendo a una reunión que tuvo lugar en un modesto colegio provincial, en los crudos tiempos “de plomo”. Sigue una recopilación de cartas publicadas. Y termina con una serie de preguntas, las mismas que podrían formularse a (y deberían ser respondidas por) todo aspirante a “azote” indiscriminado del EMNC antes de su oportunidad mediática.

   Un cúmulo de razones y justificaciones de tipo profesional y deontológico, de praxis médica tradicional y empírica, y de preferencias y valores de los pacientes siguen avalando hoy el ejercicio médico no convencional honesto con miras de perfeccionamiento, validación e integración. Frente a tal copioso argumentario, la jaculatoria de la sinrazón, con la machacona insistencia de la gota malaya: “no tiene evidencia”. Y si, como sucede a menudo, la tiene, no es suficiente. Y si es suficiente, no es válida. Y si es válida no es aceptable, porque ni es suficiente ni tiene evidencia.

   Cabe cuestionar, ciertamente, el decoro de airear públicamente asuntos que deberían quedar restringidos a ámbitos médico y deontológico. Desde el principio, altos dirigentes colegiales llevaron su ataque contra el EMNC a la arena pública, fuera del ámbito de debate en el que el propio Código de Deontología Médica recomienda dirimir ciertas discrepancias profesionales. El decoro adquirió así otra dimensión.

Enlace al documento:

LOS VIRUS

Aunque parezca mentira, hay un elevado número de personas que aún no se han enterado de que existe un gran debate en el que muchos médicos y científicos de prestigio en todos los países se encuentran en abierta oposición con las verdades oficiales sobre la crisis sanitaria en la que nos encontramos inmersos. Las personas que aún no se ha enterado son aquellas que se informan únicamente a través de los medios de comunicación de masas. Otro grupo ha oído hablar de esa oposición, pero piensa que es cosa de friquis, de negacionistas, de gente un poco loca, cuando no malvada, que no tienen nada mejor que hacer que andar fastidiando mientras que aquellos que nos gobiernan no escatiman esfuerzos para salvarnos la vida en medio de este peligro invisible, contagioso y mortal. Y finalmente, hay un grupo de personas conscientes de que existe un peligro mayor que el de una epidemia: el de ser aterrorizados, dominados, perder nuestros derechos ciudadanos y ser reducidos a una condición infrahumana con la excusa de una amenaza para nuestra salud que a lo mejor no es lo que parece.

El problema tiene muchos aspectos que no pueden ser abordados en una entrada, ni siquiera en un libro. En los últimos meses, lo que he aprendido sobre los virus ha cambiado por completo las ideas al respecto que me habían sido inculcadas durante mis estudios de medicina y que había mantenido, con algunas modificaciones, a lo largo de mis cuarenta y cinco años de ejercicio profesional. Las expondré brevemente: los virus eran microorganismos (!) patógenos que, si alcanzan a penetrar en nuestro organismo producen enfermedades desde leves a muy graves. Como homeópata era partidario de la teoría del terreno y por lo tanto consciente de que el estado del sistema inmune resultaba de la mayor importancia, pero, aún así, el virus era el patógeno, el elemento a combatir. Debía combatirlo el sistema inmune y, cuando esto era insuficiente, debía combatirlo el homeópata con sus remedios para obtener la curación. No sabía entonces, porque ha sido discretamente ocultado, que los virus son precisamente parte de nuestro sistema inmune, que son parte importante de nuestro organismo, que cumplen infinidad de funciones insustituibles, que no son el enemigo, sino todo lo contrario. En resumen, que sin los virus no habría existido ni se mantendría la vida.

He consultado centenares de artículos, vídeos y libros de diversos autores, algunos muy importantes, para hacerme una idea cabal de lo que hasta ahora había ignorado y darle una forma comprensible para transmitirla a los lectores del blog. Entre todo lo que he consultado hay una gran cantidad de exposiciones excelentes, aunque la mayoría muy técnicas o centradas, lo que es muy propio de los científicos, en un aspecto muy particular y restringido del tema. Pero hace un par de días me encontré por pura casualidad con el audio que hoy os invito a considerar. Se trata de una entrevista al biólogo Eduardo Benítez, en la plataforma LoveoTv, titulada “¿Qué es un virus? Nos engañan”. Después de escuchar a Benítez, me di cuenta de que no tenía que seguir afanándome en mi artículo divulgativo sobre virus, por la sencilla razón de que allí estaba todo lo que yo quería transmitir y mucho más. Siempre opiné que, si alguien puede explicar una cosa de forma sencilla, de manera que todo el mundo lo entienda, es que sabe de lo que habla; y viceversa. Naturalmente, esto no cuenta para los trabajos científicos, que van dirigidos a un público altamente especializado. Pero Benítez, que es un científico, sabe poner sus conocimientos en el lenguaje de la calle, comunica bien, posee una visión global de alto poder explicativo incluso en cuestiones arduas. La entrevista es larga y la vida que llevamos, ajetreada. Pero merece la pena. No os pido que creáis a Benítez, sólo que lo escuchéis atentamente. Y, por favor, no dejéis que otros piensen por vosotros.

PULSAR EN EL ENLACE DE ABAJO

https://loveotv.com/watch/biologo-eduardo-benitez-quot-no-hay-ning%C3%BAn-virus-en-el-aire-quot-nos-estan-mintiendo_oER7HpDwGPexhVS.html

FELICES FIESTAS PARA UN MAL AÑO Cuento de Navidad

Como cada año, me he puesto a escribir una felicitación para mis amigos y he aquí que mi otrora notable facilidad para juntar letras ha desaparecido. Diagnóstico: las musas me han abandonado. De libro. Las he buscado por toda la casa y después de un buen rato he logrado verlas, lo cual no resulta fácil porque son medio transparentes, en un rincón de mi estudio. Estaban amontonadas, apretadas unas contra otras. No he podido precisar exactamente cuántas eran, pero allí estaban, con ojos de espanto y mascarillas. Sus gestos me indicaban que no me acercase, así que me fui al otro extremo de la habitación. Estaban muy asustadas. Les expliqué que ellas, como espíritus numinosos que son, no pueden enfermar. Entonces me han hecho saber que en realidad temen contagiarme a mí. Al argumentar yo que no pueden contagiarme porque están sanas, me han dicho que si no me he enterado de que los sanos también contagian. ¡Lo que nos faltaba! Ahora hasta las musas ven la tele.

Un poco desanimado, fui a la cocina y le di un buen trago a mi preparación de dióxido de cloro. Volví al estudio con la botella y les ofrecí el remedio a las musas. “No, gracias, me dijeron, todo lo que bebemos se cae al suelo”. “Vale, respondí, pero al menos podríais recomendárselo a las personas, porque este preparado es útil contra un montón de patógenos reales o quiméricos”. Se quedaron en silencio y a mí me pareció oír un leve cuchicheo entre ellas. Al cabo, una dijo compungida: “Nosotras somos quiméricas”. Y era cierto, pero no es lo mismo para los virus. ¿Cómo se lo explicas a un montón de musas asustadas? Renuncié a la explicación. Si mis musas no sabían que las palabras pueden tener distinto significado dependiendo del contexto, apaga y vámonos.

Les aseguré que si no me inspiraban algo alegre, maravilloso y positivo para felicitar a mis amigos podían darse por despedidas. Esto lo dije sólo para hacerlas reaccionar, porque, ¿qué iba a hacer yo sin ellas? Si no son muy brillantes, y no lo son, al menos dan un poco de compañía.

Aquí enarbolé el teclado decidido a crear, con musas o sin musas, un texto navideño digno de tal nombre. Apenas había completado el segundo renglón, cuando me di cuenta de que iba a ser sin musas. En el tercero, estaba bloqueado, ya sabéis: nada de nada. Me puse a rezongar, a gimotear y a protestar.

“Vamos hombre, no te pongas así. Yo te inspiro”. Era una musa que, alarmada por mi deplorable estado de ánimo, se había atrevido a acercarse y trataba de consolarme. “Escribe, que yo te iré diciendo”.

Volví a aporrear las teclas:

Aciago año este 2020. Hemos conocido una versión del mundo inaudita y desconsolada. El mal y la perversidad parecen haberse apoderado del alma de millones de personas. Los grandes valores que considerábamos el espíritu central de nuestra civilización están colapsando. Se nos dice que ya jamás recobraremos nuestro modo de vivir tradicional y, a cambio, se nos ofrece y se nos anuncia un mundo obsesivo lleno de controles, un mundo despótico en el cual lo que hasta ahora era bueno, razonable o natural será proscrito. Todo lo que siempre hemos sido naufragará y se diluirá en un nuevo orden regido por oscuros designios eugenistas. La mayor parte de la humanidad será privada de todos sus derechos, incluso del mero derecho a seguir vivo, a beneficio de un grupo de privilegiados que regirán el mundo. Ya no se celebrará la Navidad: habrá una fiesta trimestral de la Madre Tierra Ecológica coincidiendo con los cambios de estación. En tales ocasiones, se premiará a aquellos que hayan observado una buena conducta, autorizándolos a abandonar temporalmente sus confinamientos habituales para dar un paseo por zonas verdes convenientemente acotadas. Eso sí: con la obligatoria mascarilla.

La Naturaleza, feraz, esplendorosa, salvaje, cuidada puntualmente por mano de obra esclava o por robots sostenibles, será para el exclusivo disfrute de las élites, porque ellos detentan una superioridad genética gracias a la cual, por medio de la selección natural, habrán logrado sobrevivir e imponerse a los demás.

En ese momento, otra de las musas del rincón se adelantó y pidió la palabra: “Yo prefiero verlo de otra manera. ¡Escribe!”

Obedecí sin rechistar:

Lo que tenemos que hacer es acabar con esos cabrones que quieren dominarnos.

Aquí intervino una tercera musa:

La situación es difícil, pero ofuscarse no conduce a ninguna parte. Lo que procede es resistir, negarse sistemáticamente a todas sus propuestas, hablar a los demás para que despierten y vean lo que ocurre, denunciar los planes y las mentiras de que somos víctimas. Nuestros enemigos tienen en exclusiva los medios de comunicación, la sanidad, la seguridad. Nosotros debemos implementar nuestros propios recursos. Para eso, tenemos que ser muchos y estar unidos. Necesitamos difundir como sea, alcanzar la masa crítica.

Otra musa pidió tímidamente la palabra:

Si celebramos la Navidad no es para comer polvorones, sino para recordar el nacimiento de aquel niño cuya misión fue la de predicar un amor incondicional, el amor por antonomasia. Al mal que nos amenaza y nos asfixia, sólo podemos oponerle el bien. Y la suprema manifestación del bien es el amor. “Amaos los unos a los otros”, dijo el maestro Jesús. ¿Le hemos hecho caso? Algunos tal vez sí. Sea como fuere, su mensaje ha viajado a través de más de veinte siglos y sigue ahí: amaos los unos a los otros. ¿Será el amor, ese nuevo mandamiento de Jesús, la solución que estamos buscando tan desesperadamente?

Me gustó tanto la propuesta de la última musa, que fui al frigorífico, saqué una botella de champán, volví al estudio y la descorché. Brindé por el amor incondicional y por todos vosotros, mis amigos. Una y otra vez. Cuando vine a darme cuenta, la botella estaba vacía. Pero estoy seguro de que las musas también bebieron porque, cuando me desperté, había champán derramado por el suelo.

Doctor Emilio Morales

© Emilio Morales Prado