LOS MÉTODOS CURATIVOS

Le debemos a Hahnemann[1] una clasificación de los distintos métodos curativos atendiendo al principio que sostiene cada método. Así, llama homeopatía al método que se atiene al principio de semejanza entre el remedio y la enfermedad (homoios: semejante y pathos: enfermedad); enantiopatía o antipatía es el método que responde al principio de los contrarios, es decir, trata las enfermedades con remedios cuyo efecto sobre el organismo es contrario (enantios o anti: contrario y pathos: enfermedad). De tal manera, por poner un ejemplo muy básico, en un caso de fiebre, abrigar y calentar al sujeto (como hacían antes todas las abuelas) sería homeopático, mientras que enfriarlo destapándolo o incluso metiéndolo en una bañera con agua a menor temperatura que el cuerpo del febricitante (como han venido recomendando en las últimas décadas muchos pediatras) sería enantiopatía. En el primer caso, el remedio actúa en el mismo sentido que la enfermedad, es decir, calentando y así se ayuda al organismo a alcanzar la temperatura necesaria para combatir su enfermedad, su pathos, remitiendo entonces la fiebre de manera espontánea. El enantiópata, por el contrario, piensa que la fiebre es el hecho a combatir y enfría al paciente para llevarlo a una temperatura normal. Son dos métodos opuestos que responden a un principio, cada uno el suyo. Más tarde hablaremos de la alopatía.

Hahnemann también definió el método isopático, que consiste en tratar una enfermedad, no con remedios que produzcan síntomas semejantes, sino con un remedio idéntico (iso) a dicha enfermedad, tan idéntico, que consiste en un producto obtenido de la propia enfermedad, un nosode. Así, tratar la tuberculosis con tuberculinum o el sarampión con morbillinum, sería isopatía o isoterapia. Sin embargo, si los nosodes se emplean para tratar cualquier estado morboso según la similitud de los síntomas de tal estado con los de la patogenesia del nosode en cuestión, dicho tratamiento será homeopático. Las modernas vacunas (modernas hasta que, hace poco, Moderna y otros inventaron lo que inventaron) producidas a partir de los propios gérmenes supuestamente implicados en las enfermedades, también son tratamientos isopáticos. Asimismo, son tratamientos isopáticos las llamadas vacunas contra la alergia, elaboradas con la (o las) sustancia antigénica que se estima desencadenantes de los episodios. En cuanto a la vacuna de la viruela, Hahnemann la consideraba homeopática porque no estaba fabricada con gérmenes de la propia viruela, sino con los de una enfermedad semejante, la vacuna, un padecimiento de las vacas que producía un exantema semejante al de la viruela. Dejaremos aquí el tema de la isoterapia vacunal y sus implicaciones (teoría del contagio, sistema inmune, teoría del terreno, intereses de la industria, posibles fraudes, etc.), porque abordarlo sería inagotable y, al menos yo, carezco de respuestas solventes a todos los enigmas que el asunto suscita.

La definición hahnemanniana de alopatía es la de un método sin método: de alós (diferente) y pathos (enfermedad). Así pues, el alópata utiliza, para tratar las enfermedades, remedios que, en sus respectivas manifestaciones dinámicas, pueden ser contrarios, semejantes o idénticos a la enfermedad, y lo hace indistintamente, respondiendo, no a un método, no a un principio, sino a cualquiera de ellos, según la “moda” o el protocolo dominante. Eso explica que la escuela alopática cambie sus criterios constantemente y que lo que ayer se consideraba terapéuticamente útil, hoy caiga en el olvido. Así pues, la alopatía es la escuela de los diferentes, el método sin método. Pese a ello, son muchos, algunos homeópatas incluidos, los que están convencidos de que la alopatía es la escuela de los contrarios, que, como acabamos de ver es la enantiopatía o antipatía. El enantiópata, si tal médico existiese en la práctica, utilizaría siempre los medicamentos de acuerdo a la ley de los contrarios. El alópata, utiliza aleatoriamente cualquier método sin tener conciencia de que lo está haciendo. Así, cuando un médico de la escuela oficial utiliza el ácido acetil-salicílico para evitar la agregación plaquetaria y por lo tanto la formación de trombos, está practicando la enantiopatía o medicina de los contrarios, ya que la aspirina, en su acción primaria sobre el organismo, dificulta la agregación plaquetaria; cuando administra digital para una insuficiencia cardíaca, está practicando la homeopatía, porque la digital, en su acción primaria sobre el organismo provoca síntomas semejantes a una insuficiencia cardíaca. Cuando prescribe quinina para tratar el paludismo, también está practicando la homeopatía. Cuando el médico alópata indica vacunas, naturalmente está prescribiendo según el método isopático. De este modo, la alopatía es un sistema terapéutico que utiliza de manera indistinta diferentes (alós) métodos de tratamiento. Esa parece haber sido la intención de Hahnemann al acuñar el término. De todas maneras, es cierto que el médico alópata hace habitualmente más uso de la enantiopatía y la isopatía que de la homeopatía, al menos, nominalmente.

¿Y qué ocurre con nosotros, los homeópatas? ¿Siempre que administramos nuestros globulitos estamos practicando homeopatía? Lamentablemente no es así. A continuación, veremos que los homeópatas utilizan los métodos homeopático, enantiopático e isopático exactamente como lo haría un alópata, pero en dosis pequeñas. ¿Es eso malo? De ninguna manera, siempre que el homeópata sepa lo que está haciendo y, por consiguiente, lo que puede y debe esperar del tratamiento que elija.

Antes hemos visto que, cuando utilizamos los nosodes con criterio clínico, es decir, para tratar la misma enfermedad de la que el nosode proviene, estamos actuando isopáticamente. Con tal tratamiento podemos esperar el alivio e incluso la curación del proceso nominal, pero nunca una mejoría permanente en el estado vital del paciente, que es el objetivo primordial de la homeopatía.

Por el contrario, si el nosode lo utilizamos según la semejanza de los síntomas del paciente con los de la patogenesia del nosode, las cosas cambian: ahora es un remedio homeopático más.

Y refiriéndonos al conjunto de los medicamentos, nosodes o no: Cuando los homeópatas no utilizan sus remedios con criterio isopático, ¿lo hacen siempre de acuerdo con los síntomas de las respectivas patogenesias? La respuesta es no. Existe una forma muy extendida de practicar la homeopatía que es aplicarla con criterio clínico. Esto consiste en hacer el diagnóstico de acuerdo a la escuela oficial y luego, según ciertas indicaciones o protocolos, tratar con remedios preparados según la técnica farmacológica homeopática. Esto comenzó hace mucho tiempo porque los viejos maestros recogían y publicaban sus historias clínicas, tomadas siguiendo el método hahnemanniano, pero reseñaban qué enfermedad nominal había sido la causa de la consulta. Lo hacían para facilitar el camino a los estudiantes, pero a algunos se les ocurrió recopilar y glosar estas indicaciones. Hasta ahí podía estar bien, siempre que el médico no olvidase el método, pero las cosas no quedaron ahí. Las viejas materias médicas clínicas suelen hacer referencia a los síntomas que guiaron al médico a la prescripción, pero poco a poco algunos autores fueron publicando, más que materias médicas clínicas, auténticas guías de prescripción con fórmulas compuestas (pluricismo y complejismo) lo que llevó a la consiguiente fabricación de productos farmacéuticos “antitusígenos” o “antidiarreicos”, “antiestrés”, etc., que nada tienen que ver con la homeopatía, aunque en la etiqueta se pueda leer “homeopático”. Hay médicos “homeópatas” que prescriben estas cosas.

Se necesitaría un gran libro para explicar todo ese deterioro de la homeopatía, que viene de muy antiguo y que a lo largo de su triste historia ha dado lugar a diferentes escuelitas inspiradas en criterios sobre todo comerciales. Siendo el tema tan extenso, lo dejaré para muchísimo más adelante.

Nos ocuparemos ahora de la prescripción realizada según la semejanza entre los síntomas de la enfermedad (el paciente que tiene la enfermedad) y los de la patogenesia del remedio que se prescribe. Y aquí parece pertinente preguntar una vez más: ¿Siempre que administramos los remedios homeopáticos según la semejanza entre la enfermedad (el paciente que tiene la enfermedad) y la patogenesia del remedio que se prescribe estamos haciendo homeopatía? Una vez más habéis acertado: la respuesta es no.

Toda situación morbosa tiene dos aspectos: los síntomas producidos por el impacto de la noxa sobre el organismo vivo (la enfermedad propiamente dicha) y los síntomas con los que el organismo reacciona contra la enfermedad. Los primeros se conocen como síntomas primarios y son aquellos síntomas ante los que el organismo se comporta como sujeto pasivo. Tienen que ver con la causa de la enfermedad y con la idiosincrasia del sujeto, con su forma de percibir (de experimentar, de vivir, de procesar) ese ataque. Por otra parte, encontramos los síntomas reactivos, que manifiestan la respuesta del organismo ante la agresión y tienen que ver con los procesos fisiopatológicos naturales. Pero, al darse todos estos síntomas en un sujeto concreto, es muy común que se mezclen y que, incluso esas respuestas defensivas que se producen según ciertos mecanismos fisiopatológicos tasados, se tiñan, por así decir, de la idiosincrasia del sujeto. A estos los llamamos síntomas modalizados.

Pues bien, la enfermedad propiamente dicha, “lo digno de curar” en palabras de Hahnemann, es precisamente ese conjunto de síntomas primarios que constituyen y expresan el padecimiento original del sujeto. “Curar” los síntomas reactivos, es decir, aquellos síntomas que se están oponiendo a la enfermedad, carece por completo de sentido. Si eliminamos los síntomas defensivos, por insuficientes que puedan llegar a ser un en caso dado, significa dejar al organismo en peor situación. Podemos aliviar momentáneamente, pero el síntoma eliminado volverá una y otra vez hasta que el caso se haya resuelto. Esto se observa muy bien en los casos agudos: un antipirético (ahora utilizan antiinflamatorios para este fin) puede bajar a fiebre, pero volverá a subir una y otra vez hasta que el caso esté resuelto. El antipirético obra como un paliativo de la fiebre, lo habitual en la enantiopatía.

Pues bien, cuando un homeópata prescribe teniendo en cuenta única o principalmente los síntomas reactivos, y prescribe con acierto, el resultado será un tratamiento enantiopático o paliativo: estará “curando” (paliando) la reacción contra la enfermedad. El medicamento que prescribe será semejante a los síntomas reactivos, es decir, contrario a los síntomas primarios, a la verdadera enfermedad. Si prescribe teniendo en cuenta tan solo los síntomas primarios, y prescribe con acierto, el resultad será un tratamiento homeopático.

Afortunadamente, como acabo de indicar, puesto que todo el proceso de la enfermedad transcurre en un solo sujeto, la idiosincrasia del mismo impregna a menudo los síntomas secundarios, dando como resultado los síntomas modalizados. Estos son de la mayor utilidad en la búsqueda del remedio homeopático, muy especialmente en casos agudos, en los que la reacción se manifiesta al mismo tiempo y aún antes que los síntomas primarios. Estos síntomas deben pesar en la decisión terapéutica en la medida en que, al participar de la idiosincrasia del sujeto, nos hablan de su sufrimiento. Si el homeópata pretende hacer una prescripción homeopática, debería huir de los síntomas reactivos puros, sin modalizar, así como de los síntomas secundarios a un mecanismo reactivo, como, por ejemplo, el dolor secundario a una inflamación, salvo que esté bien modalizado. De esta manera vemos cómo los dos métodos (entonces no se conocía la isopatía, ni por supuesto la alopatía, esa simpática invención de Hahnemann) establecidos por Hipócrates para la medicina, a saber, similia similibus y contraria contrariis, están muy próximos el uno al otro: todo depende del grupo de síntomas que elijamos para prescribir. Conviene saber qué método quiere uno aplicar y saber qué puede esperar de cada método. Y cuándo utilizarlo.

Desde homeopatía online, quiero enviar un afectuoso saludo a todos los compañeros, y muy en especial a los que aún siguen esforzándose por hacer honor a este maravilloso método en la práctica clínica y en la difusión a pesar de las tremendas dificultades que soportamos.

Doctor Emilio Morales


[1] Aunque fue Hipócrates quien mencionó por primera vez los métodos de los similares y los contrarios, le tocó a Hahnemann desarrollar completamente el método de los similares (homeopatía) y a su vez dejó una clasificación y descripción de los distintos métodos (homeopático, enantiopático, alopático e isopático).

La sencillez de la homeopatía

El siguiente párrafo, tomado de una ponencia del doctor Allendy, médico y psicoanalista francés, en el Congreso de Homeopatía de julio de 1938, realizado en La Sorbona, me da pie para algunas reflexiones:

“Este falso espíritu científico tiene, desde hace mucho tiempo, desviada la medicina de su objeto esencial. Aunque esto puede parecer increíble, la medicina ya no es el arte de curar, basado sobre una filosofía de la vida y de la muerte, sino un registro caótico de hechos dispersos o discordantes impropio a toda concepción de conjunto; es la ciencia de la disección y de la anatomía patológica, es, vuelta a vuelta, histología, bacteriología, parasitología; etiqueta los accidentes mórbidos y contempla las agonías; la terapéutica se ha vuelto una rama descuidada e ignorada, una concesión despreciable hecha al cliente. ¿Cómo podríamos arriesgar una especulación sobre el sentido de la vida en tanto que una mayor parte de tontos, amparados en la escuela, se atreven a reírse burlonamente cuando se habla de finalidad y cuando se busca orientar la curación, definir los objetos lejanos de la vida?”

La enfermedad como sufrimiento

Quisiera reunir aquí algunas ideas heterogéneas a propósito de la enfermedad considerada como sufrimiento con el fin de proponer una serie de cuestiones que se pueden resumir fundamentalmente en dos, a saber, en qué consiste el sufrimiento y qué actitudes resultan adecuadas frente a esa realidad. Nos estaremos refiriendo constantemente al sufrimiento vinculado a la enfermedad, aunque en ocasiones resulte difícil deslindarlo de otros tipos de sufrimiento.

LA PRÁCTICA DE LA HOMEOPATÍA: CURAR O NO CURAR

“La primera, aún la única, misión del médico es devolver la salud a los pacientes. A esto se le llama curar”. Samuel Hahnemann, Órganon de la medicina, parágrafo 1.

La praxis médica se nutre de tres fuentes: la tradición, la experiencia y la ciencia. Las aportaciones de la ciencia han cobrado mucha relevancia en los últimos decenios y han dado lugar, sobre todo en medicina, al fenómeno conocido como cientifismo. ¿En qué consiste? Se trata ni más ni menos de una fe ciega en la ciencia y sus apéndices. El científico duda, el cientifista sabe; el científico busca, el cientifista afirma; la ciencia yerra, el cientifismo posee la absoluta verdad. Viene el cientifismo a ser una especie de misticismo sin Dios, saturado de certezas totémicas inapelables. Mientras que la ciencia busca la verdad, el cientifismo se ofusca en la verdad encontrada sin reparar en que esa verdad puede estar incompleta o ser superada por los descubrimientos del día siguiente. Incluso podría estar falseada en aquellos casos en que la ciencia viene contaminada por intereses económicos, políticos o de otra naturaleza. Entre la multiturba de estos fieles creyentes encontraréis gente de todo tipo, carácter y condición, pero jamás un científico.

La tradición, la más antigua de nuestras fuentes, también se equivoca. O pierde, con el tiempo, su marco de referencias. Lo que hace siglos fue cierto, ahora puede no serlo. Por eso, la tradición es puesta en duda permanentemente y purgada de aquellas cosas que no nos resultan útiles. Pero, en esencia, sigue siendo un firme puntal en el que apoyar la praxis.

¿Qué decir de la experiencia, el más íntimo, cercano y personal soporte de la práctica diaria? Pues que tampoco merece una fe ciega. El propio Hipócrates dejó constancia de ello: “La vida es breve; el arte, largo; la experiencia, engañosa; el juicio, difícil”. La experiencia es engañosa, sin duda. La vida es demasiado compleja y el origen y naturaleza de la enfermedad demasiado oscuros y escurridizos como para ser abarcados por la breve experiencia de un solo individuo. De ahí que la tradición y la ciencia vengan en ayuda del médico. La tradición guarda para nosotros la experiencia de los siglos pasados y la ciencia proyecta nuestra experiencia hacia el futuro. De estas tres fuentes, ninguna es infalible. ¡Ojalá alguna lo fuese!

Ahora, para introducir lo que sigue, me permitiré una pequeña digresión sobre un tema candente. A raíz de los debates sobre la fiabilidad o no de las pruebas PCR, se oye hablar mucho del “patrón oro” (en alusión metafórica al sistema monetario), es decir, de una referencia fiable con la que confrontar una técnica o método determinados con el fin de establecer su propia fiabilidad. Hay científicos que se quejan de que, en el caso de las pruebas PCR, no exista un patrón oro. Dicho de otro modo: ante la duda de que un positivo sea verdadero o falso, no tenemos ningún recurso para comprobarlo y nos quedaremos con la duda. Fin de la digresión.

En la praxis médica tenemos un patrón oro muy fiable: la curación. Sólo la curación puede otorgar marchamo de calidad a un método o procedimiento terapéutico. Se atribuye a Claude Bernard la autoría de la sentencia “Curar, a veces; aliviar, a menudo; consolar, siempre.” Sólo disiento en los porcentajes.

La medicina actual (me refiero a la medicina que trata enfermedades crónicas con medicamentos sintéticos), parece haber renunciado a curar y haber puesto su mayor énfasis en el alivio, es decir, la paliación. En diversos lugares de este blog me he ocupado de la paliación y sus inconvenientes. Tal vez más adelante le dedique una entrada en exclusiva. En cuanto al consuelo, salvando muy honrosas excepciones, ha sido relegado al olvido. Incluso el propio Bernard parece haberlo reservado para los casos desahuciados. Sin embargo, debería formar parte de cualquier acto médico: el consuelo del interés por el paciente, de la comprensión de su caso y de su persona.

Por su parte, la homeopatía pone su énfasis en la curación. Ese es nuestro irrenunciable patrón oro y sólo ese patrón da legitimidad a la praxis. Además, el consuelo es inherente al modo en que se produce la homeopatía, a lo que podríamos llamar el protocolo clínico del homeópata, es decir, un interés por todo lo que concierne al paciente. Este interés no es ficticio ni surge de la “humanidad” del médico como una afectación conmiserativa anexa a la práctica, no. Lo que ocurre es que el homeópata necesita saber infinidad de detalles de la vida del enfermo (detalles que, en general, no interesan a otros médicos) porque sin esos detalles aparentemente triviales no podrá encontrar el medicamento curativo. Se trata, pues, de un interés genuino. El paciente lo percibe y otorga al médico su confianza y su amistad. El paciente se siente comprendido y, más que el médico, es el método el que lo comprende, el método el que requiere de tal comprensión para ser eficaz. Esa amistad médico-paciente, que Laín Entralgo detalla tan acertadamente en su libro “El médico y el enfermo”, es la base del mayor consuelo y el mejor acompañamiento que un médico, en cuanto médico, puede brindar. Y es tan real que, en no pocas ocasiones, una vez recuperado el paciente, si se da la necesaria afinidad, esa amistad terapéutica se convierte en una amistad interpersonal. Algunos de los mejores amigos que he tenido en los últimos 43 años comenzaron siendo mis pacientes.

Así nació la homeopatía hace más de 200 años y así continúa existiendo: como una opción sanadora. No porque “venza” la enfermedad matando microbios o anulando reacciones curativas (fiebre, inflamación, etc.) Únicamente el organismo puede vencer la enfermedad encontrando su equilibrio interior. La homeopatía es tan solo uno de los métodos que puede ayudarlo en esa tarea. Y una vez recuperado el equilibrio, ya no hay reacciones que anular ni microbios que matar. Las reacciones están para cuando se las necesita y los microbios forman parte de nuestro organismo de tal forma que sin ellos no podríamos vivir. En la inmensa mayoría de los casos, su presencia no es la causa de las enfermedades, sino más bien consecuencia de las mismas. Pero de eso hablaremos otro día.

Doctor Emilio Morales

FELICES FIESTAS

Una antigua leyenda dice que cada año, en Navidad, el niño que fuimos y que permanece dormido en nuestro interior, despierta para recordarnos cuáles son las cosas importantes de la vida. Algunos años, ese niño despierta alegre y bullicioso; otros, viene triste sin saber por qué y llora. Esto último hace que las Navidades sean para muchos un acontecimiento no deseado. Este año, aquel niño tan volcado hacia adentro que un día fui, se ha despertado atónito: no entiende nada de lo que está pasando.

-Parece que todo el mundo se ha vuelto loco- me ha dicho.

-Pues sí, ya lo ves- he respondido un tanto embarazado.

-¿Te gustaría saber cual es la importancia de todo eso?

-Pues sí, claro.

El chico ha guardado silencio durante un largo rato. Pensé que tal vez había decidido dormirse de nuevo y pasar de todo esto. Pero unos minutos más tarde comenzó a hablar:

-Verás, durante todos estos años ahí en tu interior, he aprendido algunas cosas. Piensa que tengo la misma edad que tú, aunque por mí no pase el tiempo, y piensa que lo que ocurre en tu interior es mil veces más interesante que lo que sucede aquí fuera, por eso rara vez salgo. Todo lo que bulle en tu interior y a lo que llamas inconsciente, para mí es completamente consciente. A veces, viendo los esfuerzos que haces por comprender lo que allí sucede, tengo la tentación de decírtelo, pero hasta ahora no lo he hecho porque si las cuatro tonterías de aquí fuera te afectan tan negativamente, no sé si vas a ser capaz de administrar lo de allí. En fin, de todas maneras, hoy voy a revelarte algo.

-Gracias hombre, ya iba siendo hora.

Él rió quedo, se aclaró la garganta y continuó:

-¿Puedes decirme qué es lo más abundante aquí fuera?

-¿Aquí fuera?

-Si vamos a estar repitiendo las preguntas, no acabaremos jamás.

-Ya, ya, hombre, aquí fuera… pues…¡las cosas!

-Jajaja, las cosas, las cosas. ¿No da para más tu cabeza?

-Pues…

-Aquí fuera, hombre, alrededor de tu cuerpo.

-Ah, claro, la contaminación.

-Te vas acercando. En fin, te lo diré yo: el aire. Si en algún momento no tienes aire…

-Claro- dije yo no muy convencido, porque la tierra y el agua son más abundantes. Pero los niños tienen su propia lógica y no es bueno discutir con ellos, en especial con este.

-Y ahí adentro, donde yo vivo y donde tú vives sin saberlo, ¿qué es lo más abundante?

Se me vinieron a la imaginación cosas espeluznantes como tripas revueltas, vísceras diversas, sangre, vómito, así que opté por no responder. Pero él se había dado cuenta. ¡Lo que este no sepa!

Optó una vez más por responder él mismo.

-¡Amor!, eso es lo que hay ahí dentro. Parece que voy a tener que decírtelo todo.

-Para eso has despertado, ¿no?

-¡Ya lo creo!

Emitió una alegre carcajada que pareció llenarlo todo. Suspiró satisfecho y continuó:

-Ahí dentro, en tu interior, hay una fuente de amor infinita. Sin esa fuente, no sólo desapareceríamos tú y yo, sino que desaparecería todo el Universo, porque esa fuente no es solo tuya, sino que está en cada ser vivo y sobre todo en cada ser consciente y asimismo en el resto de las cosas, según su manera propia. Sólo hay una fuente de amor y abarca a todos los seres. Existía antes de nacer nosotros y existirá después de que hayamos muerto (o lo que sea que ocurra cuando los demás ya no nos ven).

-¿Y Dios?- me atreví a preguntar.

-Dios también: cada átomo de ese amor es Dios y todo junto es Dios y si alguien cree encontrar algo que no sea Dios, también es Dios y, por consiguiente, también será amor. Pero todo esto no es más que teoría. Este año he venido para mostrarte la experiencia de ese amor ¿Te gustaría?

Confieso que estaba un poco asustado, pero no podía dejar pasar la ocasión, de manera que acepté.

El chico y yo nos sentamos en el suelo con las piernas cruzadas de acuerdo con sus indicaciones. Lo típico de las consabidas meditaciones: sé consciente de tu respiración, siente tus piernas, tus pies, tus manos… La sensación de mi cuerpo al completo se iba formando y sentí confort, como tantas veces. De repente ocurrió: todo en mí era amor, un amor que amenazaba con ahogarme de pura felicidad. Pudo durar un segundo o tal vez varias horas. No lo sé porque el tiempo no operaba en ese estado. Tal vez pasaron años. Cuando volví a ser consciente de nuevo, el chico estaba sentado en el sofá atiborrándose de bombones.

-Jajaja, ¡si vieras la cara que pusiste!

-¿Si?

-Sí. Aun la tienes: cara de tonto. Jajajajajaja.

-Oye, ¿tú comes bombones? – por algún motivo, me parecía que un ser no material, un ser que vivía en lo más profundo de mi memoria, no debería comer bombones. ¡Y menos mis bombones!

-Claro que los como, ¿ya no te acuerdas? Siempre me gustaron mucho. ¡Por eso tú estás tan gordo! Jajajajajaja.

También yo reí. Era imposible no hacerlo ante aquella alegría. Cuando nos calmamos, él me preguntó:

-Bueno, ¿qué te ha parecido la experiencia?

-¡Uffff!, no tengo palabras. Es como si hubiese estado vivo por primera vez.

-Cierto. La vida exterior necesita de aire, agua y alimentos. La vida interior, para que tenga sentido, hay que vivirla con amor. Y, al lado de esto, ¿qué te parecen todos esos absurdos problemas políticos o profesionales que tienen tan preocupados a todos?

Recordé todas esas cosas que me habían venido preocupando y de repente me parecieron insignificantes.

-¡Bah! Chorradas.

-En efecto. ¿Convenimos entonces en que no merecen ni un comentario?

Lo convinimos. El chico me deseó felices Navidades para mí y para todos vosotros, mis amigos, y después desapareció. Pero sé que está en mi interior porque cada vez que como bombones necesito tomar ración doble: ¡al él le gustan tanto como a mí!

Doctor Emilio Morales