CANTANDO LAS CUARENTA: ARGUMENTOS CLÍNICOS PERENNES, DIEZ AÑOS DESPUÉS.

Hacia una evidencia basada en la medicina

Autor: Marino Rodrigo. Médico.

Tonto el médico que desprecia el conocimiento adquirido por los antiguos“. Hipócrates

  1. A lo largo de la vida de cada persona, situaciones y vivencias de todo tipo van configurando patrones individuales de sensibilidad, susceptibilidad y reactividad que condicionarán, a su vez, la presentación de las alteraciones de la salud: desde las disfunciones pasajeras del bienestar hasta las enfermedades agudas y crónicas.
  2. En el método reduccionista, propio de la medicina llamada convencional, se aborda la enfermedad desde una perspectiva tanto analítica sobre órgano o función, como estática y estandarizada, según diagnósticos de referencia y perfiles poblacionales.
  3. Métodos no convencionales de perfil holístico la abordan desde un enfoque sintético y dinámico, y tienen en cuenta el contexto y devenir de cada proceso, las peculiaridades de cada persona y el factor tiempo unificando ambos.
  4. El síntoma, en su significado más amplio, puede ser expresión de mecanismos saludables de defensa, adaptación o superación en plena actividad. Indicador, por tanto, de significado, propósito y eficacia.
  5. Un estado de supresión (cese o atenuación de síntomas sin curación de la anomalía que expresan), ya sea espontáneo o terapéutico, puede modificar susceptibilidad y reactividad previas de la persona, con la consiguiente variación de la expresividad clínica, gravedad y pronóstico de ulteriores afecciones.
  6. Tanto en enfermedades agudas como crónicas, la capacidad del organismo de mantener localizado el proceso parece una buena estrategia global.
  7. En sentido inverso, efectos distantes o sistémicos pueden darse a partir de lesiones, estímulos o intervenciones locales.
  8. El organismo reacciona como una totalidad frente a un estímulo al que es susceptible, aun cuando el proceso quede localizado, se exprese en una parte distante y distinta de donde actuó aquel o se presente en forma extendida.
  9. Así, la enfermedad de órgano o aparato más o menos localizada deviene sistémica en la medida en que nuevas luces permiten ampliar encuadre. En consecuencia, los objetivos terapéuticos devienen también sistémicos.
  10. Desde el punto de vista reduccionista, por ejemplo, parece incuestionable erradicar microorganismos asociados a determinadas enfermedades. Sin embargo, en ocasiones la interacción microorganismo-huésped reporta efectos potencialmente beneficiosos.
  11. Desde un enfoque ampliado, la mera presencia de un microorganismo, sin considerar contextos o interacciones no siempre justificaría su erradicación como objetivo terapéutico.
  12. Demasiadas observaciones recogidas en la literatura médica no convencional nos recuerdan la importancia de contextualizar el síntoma y considerar su posible función positiva.
  13. Tiritona febril, fiebre, dolor, hipertensión arterial, convulsiones, acidosis, hipercapnia, bradicardia, etc. dejan de tener una interpretación unívoca cuando los síntomas, como expresión de procesos de reacción, no están suprimidos y se puede observar (sin riesgo clínico) su evolución potencialmente resolutiva o adaptativa.
  14. La literatura médica convencional recoge también observaciones clínicas e hipótesis positivas similares a las de modelos holísticos. Al respecto, es particularmente relevante la referida a la regresión espontánea en cáncer.
  15. La supresión sistemática de síntomas, sin valorar el posible beneficio de estos para el paciente o su proceso, no siempre es lo más adecuado.
  16. Modificar el terreno mediante la aplicación sistemática de tratamientos supresivos o de agentes de supuesta acción preventiva sin tener en cuenta el posible impacto en la salud futura global de la persona, sería revisable.
  17. Una adecuada respuesta terapéutica puede incluir una agravación.
  18. El empeoramiento de síntomas, ya sea espontáneamente o bajo cualquier tratamiento, sería mejor valorado si consideramos tanto la afección de la que dependen como el estado del paciente y su capacidad de manejar la situación con el menor intervencionismo posible.
  19. Se perfilan campos de colaboración en territorios frontera, que precisarían recursos y esfuerzos conjuntos en investigación y en terapéutica.
  20. Un primer paso podría ser la recopilación, análisis y puesta en común de casuística referida a estas áreas de confluencia.
  21. Me he referido a cuatro de ellas, destacando en particular la importancia de contextualizar: a) las alteraciones locales en las sistémicas; b) el microorganismo en su huésped; c) el síntoma en la globalidad del proceso reactivo, y d) el aparente empeoramiento de síntomas en la evolución global del paciente.
  22. De nuevo, la interacción microorganismo-huésped puede tener interpretaciones distintas y conllevar actuaciones diferentes según la persona en la que se produce.
  23. Lo mismo cabe decir de los procesos que conocemos como patología, en general, que pueden traducir declinación (precisando intervención, a menudo supresiva) o resolución, adaptación, compensación o reparación (precisando apoyo y fortalecimiento).
  24. La mejor aplicación de la ciencia y arte médicos debería suprimir, limitar o paliar los primeros, cuando la valoración riesgo/beneficio es desfavorable al paciente, y facilitar los segundos cuando no lo es.
  25. Así, el paciente puede evolucionar a un nuevo equilibrio dinámico, preservando y fortaleciendo la operatividad de sus propios recursos.
  26. En este escenario, el intervencionismo sanitario se reduce. La actitud expectante se impone cuando cabe considerar los síntomas (repito, en ausencia de peligro) como expresión de procesos reactivos.
  27. Los tratamientos no supresivos propuestos por métodos no convencionales adquieren nuevas justificaciones y oportunidades cuando de lo que se trata es de apoyar dichos procesos.
  28. Las dinámicas de los sistemas adaptativos complejos, como es el organismo humano, nos muestran que el todo es diferente de la simple adición de sus partes.
  29. En la continuidad dinámica que son los procesos de salud, enfermedad y curación el organismo, desplegando sus potencialidades reactivas, parece buscar a menudo la mejor solución global.
  30. Con todo, los excesos de ambos enfoques, el analítico-reduccionista y el sintético-global, pueden llevar a posiciones igualmente prescindibles.
  31. El exquisito conocimiento del esquivo gen puede resultar poco relevante en la comprensión de los problemas de salud de una persona, menos aún quizás con los descubrimientos de la epigenética.
  32. Los cantos de sirena de modelos “holísticos”, basados en ocurrencias de vuelo libre no asentadas en base racional ni empírica, llevan a ámbitos orbitales con escaso, si alguno, interés para el médico práctico, para no hablar del paciente.
  33. En términos operativos, el enfoque global debe fundamentarse en el mejor conocimiento de estructuras, funciones y procesos, y el reduccionista debe aspirar a interpretar y abordar la parte desde el conjunto.
  34. Esta complementación de métodos ayudaría a determinar en cada paciente el encuadre adecuado en cada momento: síntomas como objetivo inmediato a suprimir o como indicadores de procesos de curación en plena actividad.
  35. La eventualidad de trabajar conjuntamente desde enfoques en ocasiones tan distintos y distantes no pinta mal, pero ¿dónde empezar?
  36. El estudio de la individualidad y la globalidad de los procesos en cada persona, de la expresión clínica de los diferentes patrones de susceptibilidad y reactividad, así como la forma en que estos se modifican y evolucionan en el tiempo, sigue desarrollándose empíricamente en algunos de los métodos considerados no convencionales.
  37. Observaciones clínicas al respecto, registradas, compartidas y publicadas con rigor impecable, y extraídas de todo ámbito asistencial, darían lugar a argumentos e ideas que generarían teorías explicativas y propuestas de actuación.
  38. A partir de ahí, la formulación de hipótesis y su sometimiento a la experimentación, siguiendo métodos ya existentes, ya empleados y, no obstante, mejorables.
  39. En este proceso se requiere la colaboración, tanto de expertos en metodologías científicas (pero ciencia al servicio de la Medicina, no al revés) como de no menos expertos en clínica real (no solo “poblacional”), es decir, asistencial.
  40. Un objetivo muy concreto: abordar cada problema de salud en cada paciente desde SU propia forma de enfermar, facilitando sus propios recursos movilizados y disponibles. Es decir, individualizar: el reto permanente en Medicina.

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*M Rodrigo. El foco, la ventana, la luna y su reflejo: luz y encuadre en Medicina. Rev Med Homeopat. 2012;5(3):143-148.

https://www.elsevier.es/es-revista-revista-medica-homeopatia-287-pdf-X1888852612811481

Los métodos curativos

Le debemos a Hahnemann[1] una clasificación de los distintos métodos curativos atendiendo al principio que sostiene cada método. Así, llama homeopatía al método que se atiene al principio de semejanza entre el remedio y la enfermedad (homoios: semejante y pathos: enfermedad); enantiopatía o antipatía es el método que responde al principio de los contrarios, es decir, trata las enfermedades con remedios cuyo efecto sobre el organismo es contrario (enantios o anti: contrario y pathos: enfermedad). De tal manera, por poner un ejemplo muy básico, en un caso de fiebre, abrigar y calentar al sujeto (como hacían antes todas las abuelas) sería homeopático, mientras que enfriarlo destapándolo o incluso metiéndolo en una bañera con agua a menor temperatura que el cuerpo del febricitante (como han venido recomendando en las últimas décadas muchos pediatras) sería enantiopatía. En el primer caso, el remedio actúa en el mismo sentido que la enfermedad, es decir, calentando y así se ayuda al organismo a alcanzar la temperatura necesaria para combatir su enfermedad, su pathos, remitiendo entonces la fiebre de manera espontánea. El enantiópata, por el contrario, piensa que la fiebre es el hecho a combatir y enfría al paciente para llevarlo a una temperatura normal. Son dos métodos opuestos que responden a un principio, cada uno el suyo. Más tarde hablaremos de la alopatía.

Hahnemann también definió el método isopático, que consiste en tratar una enfermedad, no con remedios que produzcan síntomas semejantes, sino con un remedio idéntico (iso) a dicha enfermedad, tan idéntico, que consiste en un producto obtenido de la propia enfermedad, un nosode. Así, tratar la tuberculosis con tuberculinum o el sarampión con morbillinum, sería isopatía o isoterapia. Sin embargo, si los nosodes se emplean para tratar cualquier estado morboso según la similitud de los síntomas de tal estado con los de la patogenesia del nosode en cuestión, dicho tratamiento será homeopático. Las modernas vacunas (modernas hasta que, hace poco, Moderna y otros inventaron lo que inventaron) producidas a partir de los propios gérmenes supuestamente implicados en las enfermedades, también son tratamientos isopáticos. Asimismo, son tratamientos isopáticos las llamadas vacunas contra la alergia, elaboradas con la (o las) sustancia antigénica que se estima desencadenantes de los episodios. En cuanto a la vacuna de la viruela, Hahnemann la consideraba homeopática porque no estaba fabricada con gérmenes de la propia viruela, sino con los de una enfermedad semejante, la vacuna, un padecimiento de las vacas que producía un exantema semejante al de la viruela. Dejaremos aquí el tema de la isoterapia vacunal y sus implicaciones (teoría del contagio, sistema inmune, teoría del terreno, intereses de la industria, posibles fraudes, etc.), porque abordarlo sería inagotable y, al menos yo, carezco de respuestas solventes a todos los enigmas que el asunto suscita.

La definición hahnemanniana de alopatía es la de un método sin método: de alós (diferente) y pathos (enfermedad). Así pues, el alópata utiliza, para tratar las enfermedades, remedios que, en sus respectivas manifestaciones dinámicas, pueden ser contrarios, semejantes o idénticos a la enfermedad, y lo hace indistintamente, respondiendo, no a un método, no a un principio, sino a cualquiera de ellos, según la “moda” o el protocolo dominante. Eso explica que la escuela alopática cambie sus criterios constantemente y que lo que ayer se consideraba terapéuticamente útil, hoy caiga en el olvido. Así pues, la alopatía es la escuela de los diferentes, el método sin método. Pese a ello, son muchos, algunos homeópatas incluidos, los que están convencidos de que la alopatía es la escuela de los contrarios, que, como acabamos de ver es la enantiopatía o antipatía. El enantiópata, si tal médico existiese en la práctica, utilizaría siempre los medicamentos de acuerdo a la ley de los contrarios. El alópata, utiliza aleatoriamente cualquier método sin tener conciencia de que lo está haciendo. Así, cuando un médico de la escuela oficial utiliza el ácido acetil-salicílico para evitar la agregación plaquetaria y por lo tanto la formación de trombos, está practicando la enantiopatía o medicina de los contrarios, ya que la aspirina, en su acción primaria sobre el organismo, dificulta la agregación plaquetaria; cuando administra digital para una insuficiencia cardíaca, está practicando la homeopatía, porque la digital, en su acción primaria sobre el organismo provoca síntomas semejantes a una insuficiencia cardíaca. Cuando prescribe quinina para tratar el paludismo, también está practicando la homeopatía. Cuando el médico alópata indica vacunas, naturalmente está prescribiendo según el método isopático. De este modo, la alopatía es un sistema terapéutico que utiliza de manera indistinta diferentes (alós) métodos de tratamiento. Esa parece haber sido la intención de Hahnemann al acuñar el término. De todas maneras, es cierto que el médico alópata hace habitualmente más uso de la enantiopatía y la isopatía que de la homeopatía, al menos, nominalmente.

¿Y qué ocurre con nosotros, los homeópatas? ¿Siempre que administramos nuestros globulitos estamos practicando homeopatía? Lamentablemente no es así. A continuación, veremos que los homeópatas utilizan los métodos homeopático, enantiopático e isopático exactamente como lo haría un alópata, pero en dosis pequeñas. ¿Es eso malo? De ninguna manera, siempre que el homeópata sepa lo que está haciendo y, por consiguiente, lo que puede y debe esperar del tratamiento que elija.

Antes hemos visto que, cuando utilizamos los nosodes con criterio clínico, es decir, para tratar la misma enfermedad de la que el nosode proviene, estamos actuando isopáticamente. Con tal tratamiento podemos esperar el alivio e incluso la curación del proceso nominal, pero nunca una mejoría permanente en el estado vital del paciente, que es el objetivo primordial de la homeopatía.

Por el contrario, si el nosode lo utilizamos según la semejanza de los síntomas del paciente con los de la patogenesia del nosode, las cosas cambian: ahora es un remedio homeopático más.

Y refiriéndonos al conjunto de los medicamentos, nosodes o no: Cuando los homeópatas no utilizan sus remedios con criterio isopático, ¿lo hacen siempre de acuerdo con los síntomas de las respectivas patogenesias? La respuesta es no. Existe una forma muy extendida de practicar la homeopatía que es aplicarla con criterio clínico. Esto consiste en hacer el diagnóstico de acuerdo a la escuela oficial y luego, según ciertas indicaciones o protocolos, tratar con remedios preparados según la técnica farmacológica homeopática. Esto comenzó hace mucho tiempo porque los viejos maestros recogían y publicaban sus historias clínicas, tomadas siguiendo el método hahnemanniano, pero reseñaban qué enfermedad nominal había sido la causa de la consulta. Lo hacían para facilitar el camino a los estudiantes, pero a algunos se les ocurrió recopilar y glosar estas indicaciones. Hasta ahí podía estar bien, siempre que el médico no olvidase el método, pero las cosas no quedaron ahí. Las viejas materias médicas clínicas suelen hacer referencia a los síntomas que guiaron al médico a la prescripción, pero poco a poco algunos autores fueron publicando, más que materias médicas clínicas, auténticas guías de prescripción con fórmulas compuestas (pluricismo y complejismo) lo que llevó a la consiguiente fabricación de productos farmacéuticos “antitusígenos” o “antidiarreicos”, “antiestrés”, etc., que nada tienen que ver con la homeopatía, aunque en la etiqueta se pueda leer “homeopático”. Hay médicos “homeópatas” que prescriben estas cosas.

Se necesitaría un gran libro para explicar todo ese deterioro de la homeopatía, que viene de muy antiguo y que a lo largo de su triste historia ha dado lugar a diferentes escuelitas inspiradas en criterios sobre todo comerciales. Siendo el tema tan extenso, lo dejaré para muchísimo más adelante.

Nos ocuparemos ahora de la prescripción realizada según la semejanza entre los síntomas de la enfermedad (el paciente que tiene la enfermedad) y los de la patogenesia del remedio que se prescribe. Y aquí parece pertinente preguntar una vez más: ¿Siempre que administramos los remedios homeopáticos según la semejanza entre la enfermedad (el paciente que tiene la enfermedad) y la patogenesia del remedio que se prescribe estamos haciendo homeopatía? Una vez más habéis acertado: la respuesta es no.

Toda situación morbosa tiene dos aspectos: los síntomas producidos por el impacto de la noxa sobre el organismo vivo (la enfermedad propiamente dicha) y los síntomas con los que el organismo reacciona contra la enfermedad. Los primeros se conocen como síntomas primarios y son aquellos síntomas ante los que el organismo se comporta como sujeto pasivo. Tienen que ver con la causa de la enfermedad y con la idiosincrasia del sujeto, con su forma de percibir (de experimentar, de vivir, de procesar) ese ataque. Por otra parte, encontramos los síntomas reactivos, que manifiestan la respuesta del organismo ante la agresión y tienen que ver con los procesos fisiopatológicos naturales. Pero, al darse todos estos síntomas en un sujeto concreto, es muy común que se mezclen y que, incluso esas respuestas defensivas que se producen según ciertos mecanismos fisiopatológicos tasados, se tiñan, por así decir, de la idiosincrasia del sujeto. A estos los llamamos síntomas modalizados.

Pues bien, la enfermedad propiamente dicha, “lo digno de curar” en palabras de Hahnemann, es precisamente ese conjunto de síntomas primarios que constituyen y expresan el padecimiento original del sujeto. “Curar” los síntomas reactivos, es decir, aquellos síntomas que se están oponiendo a la enfermedad, carece por completo de sentido. Si eliminamos los síntomas defensivos, por insuficientes que puedan llegar a ser un en caso dado, significa dejar al organismo en peor situación. Podemos aliviar momentáneamente, pero el síntoma eliminado volverá una y otra vez hasta que el caso se haya resuelto. Esto se observa muy bien en los casos agudos: un antipirético (ahora utilizan antiinflamatorios para este fin) puede bajar a fiebre, pero volverá a subir una y otra vez hasta que el caso esté resuelto. El antipirético obra como un paliativo de la fiebre, lo habitual en la enantiopatía.

Pues bien, cuando un homeópata prescribe teniendo en cuenta única o principalmente los síntomas reactivos, y prescribe con acierto, el resultado será un tratamiento enantiopático o paliativo: estará “curando” (paliando) la reacción contra la enfermedad. El medicamento que prescribe será semejante a los síntomas reactivos, es decir, contrario a los síntomas primarios, a la verdadera enfermedad. Si prescribe teniendo en cuenta tan solo los síntomas primarios, y prescribe con acierto, el resultad será un tratamiento homeopático.

Afortunadamente, como acabo de indicar, puesto que todo el proceso de la enfermedad transcurre en un solo sujeto, la idiosincrasia del mismo impregna a menudo los síntomas secundarios, dando como resultado los síntomas modalizados. Estos son de la mayor utilidad en la búsqueda del remedio homeopático, muy especialmente en casos agudos, en los que la reacción se manifiesta al mismo tiempo y aún antes que los síntomas primarios. Estos síntomas deben pesar en la decisión terapéutica en la medida en que, al participar de la idiosincrasia del sujeto, nos hablan de su sufrimiento. Si el homeópata pretende hacer una prescripción homeopática, debería huir de los síntomas reactivos puros, sin modalizar, así como de los síntomas secundarios a un mecanismo reactivo, como, por ejemplo, el dolor secundario a una inflamación, salvo que esté bien modalizado. De esta manera vemos cómo los dos métodos (entonces no se conocía la isopatía, ni por supuesto la alopatía, esa simpática invención de Hahnemann) establecidos por Hipócrates para la medicina, a saber, similia similibus y contraria contrariis, están muy próximos el uno al otro: todo depende del grupo de síntomas que elijamos para prescribir. Conviene saber qué método quiere uno aplicar y saber qué puede esperar de cada método. Y cuándo utilizarlo.

Desde homeopatía online, quiero enviar un afectuoso saludo a todos los compañeros, y muy en especial a los que aún siguen esforzándose por hacer honor a este maravilloso método en la práctica clínica y en la difusión a pesar de las tremendas dificultades que soportamos.

Doctor Emilio Morales


[1] Aunque fue Hipócrates quien mencionó por primera vez los métodos de los similares y los contrarios, le tocó a Hahnemann desarrollar completamente el método de los similares (homeopatía) y a su vez dejó una clasificación y descripción de los distintos métodos (homeopático, enantiopático, alopático e isopático).

La sencillez de la homeopatía

El siguiente párrafo, tomado de una ponencia del doctor Allendy, médico y psicoanalista francés, en el Congreso de Homeopatía de julio de 1938, realizado en La Sorbona, me da pie para algunas reflexiones:

“Este falso espíritu científico tiene, desde hace mucho tiempo, desviada la medicina de su objeto esencial. Aunque esto puede parecer increíble, la medicina ya no es el arte de curar, basado sobre una filosofía de la vida y de la muerte, sino un registro caótico de hechos dispersos o discordantes impropio a toda concepción de conjunto; es la ciencia de la disección y de la anatomía patológica, es, vuelta a vuelta, histología, bacteriología, parasitología; etiqueta los accidentes mórbidos y contempla las agonías; la terapéutica se ha vuelto una rama descuidada e ignorada, una concesión despreciable hecha al cliente. ¿Cómo podríamos arriesgar una especulación sobre el sentido de la vida en tanto que una mayor parte de tontos, amparados en la escuela, se atreven a reírse burlonamente cuando se habla de finalidad y cuando se busca orientar la curación, definir los objetos lejanos de la vida?”

LA PRÁCTICA DE LA HOMEOPATÍA: CURAR O NO CURAR

“La primera, aún la única, misión del médico es devolver la salud a los pacientes. A esto se le llama curar”. Samuel Hahnemann, Órganon de la medicina, parágrafo 1.

La praxis médica se nutre de tres fuentes: la tradición, la experiencia y la ciencia. Las aportaciones de la ciencia han cobrado mucha relevancia en los últimos decenios y han dado lugar, sobre todo en medicina, al fenómeno conocido como cientifismo. ¿En qué consiste? Se trata ni más ni menos de una fe ciega en la ciencia y sus apéndices. El científico duda, el cientifista sabe; el científico busca, el cientifista afirma; la ciencia yerra, el cientifismo posee la absoluta verdad. Viene el cientifismo a ser una especie de misticismo sin Dios, saturado de certezas totémicas inapelables. Mientras que la ciencia busca la verdad, el cientifismo se ofusca en la verdad encontrada sin reparar en que esa verdad puede estar incompleta o ser superada por los descubrimientos del día siguiente. Incluso podría estar falseada en aquellos casos en que la ciencia viene contaminada por intereses económicos, políticos o de otra naturaleza. Entre la multiturba de estos fieles creyentes encontraréis gente de todo tipo, carácter y condición, pero jamás un científico.

La tradición, la más antigua de nuestras fuentes, también se equivoca. O pierde, con el tiempo, su marco de referencias. Lo que hace siglos fue cierto, ahora puede no serlo. Por eso, la tradición es puesta en duda permanentemente y purgada de aquellas cosas que no nos resultan útiles. Pero, en esencia, sigue siendo un firme puntal en el que apoyar la praxis.

¿Qué decir de la experiencia, el más íntimo, cercano y personal soporte de la práctica diaria? Pues que tampoco merece una fe ciega. El propio Hipócrates dejó constancia de ello: “La vida es breve; el arte, largo; la experiencia, engañosa; el juicio, difícil”. La experiencia es engañosa, sin duda. La vida es demasiado compleja y el origen y naturaleza de la enfermedad demasiado oscuros y escurridizos como para ser abarcados por la breve experiencia de un solo individuo. De ahí que la tradición y la ciencia vengan en ayuda del médico. La tradición guarda para nosotros la experiencia de los siglos pasados y la ciencia proyecta nuestra experiencia hacia el futuro. De estas tres fuentes, ninguna es infalible. ¡Ojalá alguna lo fuese!

Ahora, para introducir lo que sigue, me permitiré una pequeña digresión sobre un tema candente. A raíz de los debates sobre la fiabilidad o no de las pruebas PCR, se oye hablar mucho del “patrón oro” (en alusión metafórica al sistema monetario), es decir, de una referencia fiable con la que confrontar una técnica o método determinados con el fin de establecer su propia fiabilidad. Hay científicos que se quejan de que, en el caso de las pruebas PCR, no exista un patrón oro. Dicho de otro modo: ante la duda de que un positivo sea verdadero o falso, no tenemos ningún recurso para comprobarlo y nos quedaremos con la duda. Fin de la digresión.

En la praxis médica tenemos un patrón oro muy fiable: la curación. Sólo la curación puede otorgar marchamo de calidad a un método o procedimiento terapéutico. Se atribuye a Claude Bernard la autoría de la sentencia “Curar, a veces; aliviar, a menudo; consolar, siempre.” Sólo disiento en los porcentajes.

La medicina actual (me refiero a la medicina que trata enfermedades crónicas con medicamentos sintéticos), parece haber renunciado a curar y haber puesto su mayor énfasis en el alivio, es decir, la paliación. En diversos lugares de este blog me he ocupado de la paliación y sus inconvenientes. Tal vez más adelante le dedique una entrada en exclusiva. En cuanto al consuelo, salvando muy honrosas excepciones, ha sido relegado al olvido. Incluso el propio Bernard parece haberlo reservado para los casos desahuciados. Sin embargo, debería formar parte de cualquier acto médico: el consuelo del interés por el paciente, de la comprensión de su caso y de su persona.

Por su parte, la homeopatía pone su énfasis en la curación. Ese es nuestro irrenunciable patrón oro y sólo ese patrón da legitimidad a la praxis. Además, el consuelo es inherente al modo en que se produce la homeopatía, a lo que podríamos llamar el protocolo clínico del homeópata, es decir, un interés por todo lo que concierne al paciente. Este interés no es ficticio ni surge de la “humanidad” del médico como una afectación conmiserativa anexa a la práctica, no. Lo que ocurre es que el homeópata necesita saber infinidad de detalles de la vida del enfermo (detalles que, en general, no interesan a otros médicos) porque sin esos detalles aparentemente triviales no podrá encontrar el medicamento curativo. Se trata, pues, de un interés genuino. El paciente lo percibe y otorga al médico su confianza y su amistad. El paciente se siente comprendido y, más que el médico, es el método el que lo comprende, el método el que requiere de tal comprensión para ser eficaz. Esa amistad médico-paciente, que Laín Entralgo detalla tan acertadamente en su libro “El médico y el enfermo”, es la base del mayor consuelo y el mejor acompañamiento que un médico, en cuanto médico, puede brindar. Y es tan real que, en no pocas ocasiones, una vez recuperado el paciente, si se da la necesaria afinidad, esa amistad terapéutica se convierte en una amistad interpersonal. Algunos de los mejores amigos que he tenido en los últimos 43 años comenzaron siendo mis pacientes.

Así nació la homeopatía hace más de 200 años y así continúa existiendo: como una opción sanadora. No porque “venza” la enfermedad matando microbios o anulando reacciones curativas (fiebre, inflamación, etc.) Únicamente el organismo puede vencer la enfermedad encontrando su equilibrio interior. La homeopatía es tan solo uno de los métodos que puede ayudarlo en esa tarea. Y una vez recuperado el equilibrio, ya no hay reacciones que anular ni microbios que matar. Las reacciones están para cuando se las necesita y los microbios forman parte de nuestro organismo de tal forma que sin ellos no podríamos vivir. En la inmensa mayoría de los casos, su presencia no es la causa de las enfermedades, sino más bien consecuencia de las mismas. Pero de eso hablaremos otro día.

Doctor Emilio Morales

Nuevas precisiones homeopáticas

En esta guerra contra la homeopatía que estamos sufriendo en los últimos años y que tantos estragos ha causado ya, nos enfrentamos a dos peligros: uno, el más evidente, es la desaparición de la homeopatía y otro, no tan evidente, su tergiversación. Hoy no quiero referirme a nuestros detractores ni a sus intereses ni a su flagrante ignorancia del asunto ni a su mala fe ni a ningún tema relacionado con los tales. En realidad, no me interesa. No puedo hacer nada al respecto. Aclarar la tergiversación de la homeopatía me interesa más porque tal vez pueda poner sobre aviso a algún homeópata despistado. Desde su mismo inicio la homeopatía fue víctima de tergiversación. Hahnemann y otros homeópatas advirtieron contra ella. Podría tenerse la sensación de que se trata de una cuestión psicológica: el médico está tan identificado con los viejos principios que es incapaz de entender el sentido de la homeopatía y, en su interior, lo redirige hacia la enantiopatía[1]. Inconscientemente, desde luego. Así, el homeópata corre el peligro de convertirse en un enantiópata con gránulos.

En un artículo anterior he comentado cómo la única forma posible de curación es la autocuración. Esto puede entenderse con facilidad considerando cuántos y cuán complejos son los factores que intervienen en la vida y por ello en la salud y en la enfermedad. Y, por supuesto, en la curación. Nadie los conoce en su totalidad y nadie puede gestionarlos adecuadamente si no es el propio organismo. Y para que esa curación tenga lugar, la dificultad que parece existir (muy especialmente en las enfermedades crónicas) para que los mecanismos adecuados se pongan en marcha tiene que desaparecer. En eso consiste el trabajo terapéutico. Ya vimos que esto puede ocurrir de manera espontánea y de otras, entre las cuales encontramos la homeopatía que es el modo científico de inducir al organismo a la autocuración. Es el efecto dinámico, hoy creemos que electromagnético, de un medicamento el encargado de la tarea. La hipótesis del propio Hahnemannm es que ese efecto actúa como una señal (una especie de enfermedad artificial) reconocible por el organismo, que la identifica como un peligro (como si fuese una enfermedad natural) y la “ataca” en la forma que esa señal requiere. Como hemos elegido (atendiendo a los síntomas) el medicamento cuyo efecto dinámico es similar a la enfermedad, el organismo ataca realmente a la enfermedad a la que antes parecía ignorar o combatir inadecuadamente. El medicamento homeopático actúa, podríamos decir, como un señuelo: estimula un contraataque que la enfermedad no estimuló, tal vez porque en su comienzo fue enormemente sutil o por otras razones que desconocemos.

Y aquí aparece una dificultad no menor: ¿qué síntomas elegiremos para hacer la prescripción de nuestro medicamento homeopático?, ¿los síntomas de la enfermedad? De acuerdo.

Ahora bien, la enfermedad tiene dos aspectos diferentes e incluso opuestos:  por un lado, está la noxa, cuya interacción con el sujeto produce el pathos, el sufrimiento, es decir, lo que pretendemos curar. Esta situación se manifiesta por los síntomas primarios. Por otro lado, está la reacción a esa noxa que suele ser inadecuada, pero que, en general, es más llamativa y aparente. Estos síntomas, inflamación, vasodilatación, supuración, hipertermia, etc., representan el intento del organismo por llevar a cabo la curación. A veces (en muchas enfermedades agudas) lo consiguen y a veces no. Pero no dejan de ser un esfuerzo del organismo por curarse. Por eso precisamente estos síntomas pueden aumentar después de la administración del remedio, lo que conocemos como “agravamiento homeopático”. Son los síntomas secundarios o reactivos.

Y aquí es donde nos encontramos lo que a algunos parece costarles entender: si elijo el medicamento según los síntomas del sufrimiento, determinaré en el organismo un ataque a la enfermedad propiamente dicha y la curación podrá llevarse a cabo, pero si lo elijo según los síntomas reactivos, el organismo irá en contra de su propia reacción. Es similar a lo que conseguimos cuando administramos un antiinflamatorio o un antitérmico. A eso, en homeopatía, lo llamamos supresión. También paliación. Con la supresión no arreglamos absolutamente nada: la salud se deteriora y los síntomas suprimidos volverán antes o después. O no volverán y a eso lo llamamos repercusión porque nos encontraremos con otros síntomas más graves. En todos los casos habrá síntomas que desaparezcan y es fácil que creamos estar actuando bien. La observación del paciente a medio y largo plazo podrá sacarnos de nuestro error.

Se puede objetar que, siendo los síntomas reactivos la consecuencia necesaria de los primarios, si prescribimos por los reactivos también cubriremos los otros. Esto es cierto sólo en casos de pacientes que no hayan estado expuestos a la acción de remedios supresivos, contaminación química o electromagnética, etc. Mientras más exposición a esos agentes, conocidos como disruptores, más se deformará la reacción natural y menos van a coincidir el patrón de los síntomas primarios y los reactivos. Bajo el efecto de tales sustancias, además, la energía del organismo se agota y las posibilidades de encaminar una respuesta adecuada a través del remedio semejante disminuye. Incluso prescribiendo correctamente. Esto explicaría tal vez que los niños sanen más fácilmente que los adultos o que hace treinta o cuarenta años la gente en general sanase con más facilidad que en el presente. La sobremedicación, los contaminantes ambientales, alimenticios, etc., constituyen una fuente de problemas para la salud que en ocasiones es imposible superar únicamente con un tratamiento. Y se han incrementado exponencialmente en los últimos años.

Tal vez me he extendido en exceso para explicar esta norma esencial de la homeopatía: prescribir por los síntomas primarios.

Hay otra norma esencial: prescribir un solo remedio cada vez.

¿Cuál es la razón para prescribir un solo remedio cada vez? Tan sencillo como esto: sabemos cuáles son los síntomas de un remedio, pero no sabemos cuáles son los síntomas de dos o tres o cuatro remedios a la vez, puesto que nunca fueron experimentados juntos. Dicho de otro modo: dados nuestros conocimientos, no es posible hacer una prescripción homeopática con varios medicamentos. Si lo hacemos, será otra cosa. Tal vez muy buena. Tal vez mejor que la homeopatía. Pero no será homeopatía. Podría ocurrir, no obstante, que administrásemos varios remedios, algunos no semejantes (que no tendrían efecto alguno) y uno semejante que tendría un efecto terapéutico. En tal caso sí sería homeopatía, claro. ¿Es esto lo que ocurre a menudo? ¿Es esto lo que algunos pretenden al administrar varios remedios a la vez? Es posible, pero en una situación tal nunca sabríamos cual es el medicamento que ha curado a nuestro paciente. Otro inconveniente añadido es que, si se administran juntos dos remedios con síntomas semejantes entre sí y a su vez semejantes a los que pretendemos combatir, tales remedios podrían anularse mutuamente. Cualquiera de ellos, por separado, podría haber sido beneficioso. Juntos, se antidotan y quedan sin efecto.

Si en un caso encontramos varios remedios semejantes: prescribid el más semejante y anotad los demás en vuestra historia.

A lo largo de toda su vida, Hahnemann hizo hincapié en que los síntomas que se deben elegir para establecer la prescripción son los síntomas primarios, a saber, aquellos síntomas en los que el paciente actúa como sujeto pasivo, los síntomas que “padece” que “sufre” y no aquellos que expresan la reacción de su organismo contra los primeros, por más llamativos que estos últimos sean. La ignorancia de esta recomendación es clamorosa. Cuando ignoramos esto e ignoramos administrar un remedio cada vez, la homeopatía está tergiversada. Contra eso quería advertir hoy.



[[1]La enantiopatía tiene, tanto en médicos como en pacientes, más tirón psicológico e ideológico que la alopatía. Pido disculpas por volver a cosas tan elementales, pero no todos recuerdan que los términos homeopatía, enantiopatía, alopatía e isopatía los acuñó Hahnemann. Alopatía es un método que, en lo que a la dinámica de la enfermedad se refiere, no responde a ningún principio, por así decir es un método sin método: los medicamentos se administran por razones que nada tienen que ver (alós, diferentes) con la dinámica de la enfermedad. La enantiopatía responde a un método que consiste en administrar remedios que producen (presuntamente) efectos contrarios a los síntomas de la enfermedad. Son los famosos “anti”: antieméticos, antipiréticos, antiinflamatorios, etc. Ir en contra de los síntomas de la enfermedad es fácil de confundir con “ir en contra de la enfermedad” y esa es una invocación a la que es difícil sustraerse.

Doctor Emilio Morales