LA PRÁCTICA DE LA HOMEOPATÍA: CURAR O NO CURAR

“La primera, aún la única, misión del médico es devolver la salud a los pacientes. A esto se le llama curar”. Samuel Hahnemann, Órganon de la medicina, parágrafo 1.

La praxis médica se nutre de tres fuentes: la tradición, la experiencia y la ciencia. Las aportaciones de la ciencia han cobrado mucha relevancia en los últimos decenios y han dado lugar, sobre todo en medicina, al fenómeno conocido como cientifismo. ¿En qué consiste? Se trata ni más ni menos de una fe ciega en la ciencia y sus apéndices. El científico duda, el cientifista sabe; el científico busca, el cientifista afirma; la ciencia yerra, el cientifismo posee la absoluta verdad. Viene el cientifismo a ser una especie de misticismo sin Dios, saturado de certezas totémicas inapelables. Mientras que la ciencia busca la verdad, el cientifismo se ofusca en la verdad encontrada sin reparar en que esa verdad puede estar incompleta o ser superada por los descubrimientos del día siguiente. Incluso podría estar falseada en aquellos casos en que la ciencia viene contaminada por intereses económicos, políticos o de otra naturaleza. Entre la multiturba de estos fieles creyentes encontraréis gente de todo tipo, carácter y condición, pero jamás un científico.

La tradición, la más antigua de nuestras fuentes, también se equivoca. O pierde, con el tiempo, su marco de referencias. Lo que hace siglos fue cierto, ahora puede no serlo. Por eso, la tradición es puesta en duda permanentemente y purgada de aquellas cosas que no nos resultan útiles. Pero, en esencia, sigue siendo un firme puntal en el que apoyar la praxis.

¿Qué decir de la experiencia, el más íntimo, cercano y personal soporte de la práctica diaria? Pues que tampoco merece una fe ciega. El propio Hipócrates dejó constancia de ello: “La vida es breve; el arte, largo; la experiencia, engañosa; el juicio, difícil”. La experiencia es engañosa, sin duda. La vida es demasiado compleja y el origen y naturaleza de la enfermedad demasiado oscuros y escurridizos como para ser abarcados por la breve experiencia de un solo individuo. De ahí que la tradición y la ciencia vengan en ayuda del médico. La tradición guarda para nosotros la experiencia de los siglos pasados y la ciencia proyecta nuestra experiencia hacia el futuro. De estas tres fuentes, ninguna es infalible. ¡Ojalá alguna lo fuese!

Ahora, para introducir lo que sigue, me permitiré una pequeña digresión sobre un tema candente. A raíz de los debates sobre la fiabilidad o no de las pruebas PCR, se oye hablar mucho del “patrón oro” (en alusión metafórica al sistema monetario), es decir, de una referencia fiable con la que confrontar una técnica o método determinados con el fin de establecer su propia fiabilidad. Hay científicos que se quejan de que, en el caso de las pruebas PCR, no exista un patrón oro. Dicho de otro modo: ante la duda de que un positivo sea verdadero o falso, no tenemos ningún recurso para comprobarlo y nos quedaremos con la duda. Fin de la digresión.

En la praxis médica tenemos un patrón oro muy fiable: la curación. Sólo la curación puede otorgar marchamo de calidad a un método o procedimiento terapéutico. Se atribuye a Claude Bernard la autoría de la sentencia “Curar, a veces; aliviar, a menudo; consolar, siempre.” Sólo disiento en los porcentajes.

La medicina actual (me refiero a la medicina que trata enfermedades crónicas con medicamentos sintéticos), parece haber renunciado a curar y haber puesto su mayor énfasis en el alivio, es decir, la paliación. En diversos lugares de este blog me he ocupado de la paliación y sus inconvenientes. Tal vez más adelante le dedique una entrada en exclusiva. En cuanto al consuelo, salvando muy honrosas excepciones, ha sido relegado al olvido. Incluso el propio Bernard parece haberlo reservado para los casos desahuciados. Sin embargo, debería formar parte de cualquier acto médico: el consuelo del interés por el paciente, de la comprensión de su caso y de su persona.

Por su parte, la homeopatía pone su énfasis en la curación. Ese es nuestro irrenunciable patrón oro y sólo ese patrón da legitimidad a la praxis. Además, el consuelo es inherente al modo en que se produce la homeopatía, a lo que podríamos llamar el protocolo clínico del homeópata, es decir, un interés por todo lo que concierne al paciente. Este interés no es ficticio ni surge de la “humanidad” del médico como una afectación conmiserativa anexa a la práctica, no. Lo que ocurre es que el homeópata necesita saber infinidad de detalles de la vida del enfermo (detalles que, en general, no interesan a otros médicos) porque sin esos detalles aparentemente triviales no podrá encontrar el medicamento curativo. Se trata, pues, de un interés genuino. El paciente lo percibe y otorga al médico su confianza y su amistad. El paciente se siente comprendido y, más que el médico, es el método el que lo comprende, el método el que requiere de tal comprensión para ser eficaz. Esa amistad médico-paciente, que Laín Entralgo detalla tan acertadamente en su libro “El médico y el enfermo”, es la base del mayor consuelo y el mejor acompañamiento que un médico, en cuanto médico, puede brindar. Y es tan real que, en no pocas ocasiones, una vez recuperado el paciente, si se da la necesaria afinidad, esa amistad terapéutica se convierte en una amistad interpersonal. Algunos de los mejores amigos que he tenido en los últimos 43 años comenzaron siendo mis pacientes.

Así nació la homeopatía hace más de 200 años y así continúa existiendo: como una opción sanadora. No porque “venza” la enfermedad matando microbios o anulando reacciones curativas (fiebre, inflamación, etc.) Únicamente el organismo puede vencer la enfermedad encontrando su equilibrio interior. La homeopatía es tan solo uno de los métodos que puede ayudarlo en esa tarea. Y una vez recuperado el equilibrio, ya no hay reacciones que anular ni microbios que matar. Las reacciones están para cuando se las necesita y los microbios forman parte de nuestro organismo de tal forma que sin ellos no podríamos vivir. En la inmensa mayoría de los casos, su presencia no es la causa de las enfermedades, sino más bien consecuencia de las mismas. Pero de eso hablaremos otro día.

Doctor Emilio Morales

Nuevas precisiones homeopáticas

En esta guerra contra la homeopatía que estamos sufriendo en los últimos años y que tantos estragos ha causado ya, nos enfrentamos a dos peligros: uno, el más evidente, es la desaparición de la homeopatía y otro, no tan evidente, su tergiversación. Hoy no quiero referirme a nuestros detractores ni a sus intereses ni a su flagrante ignorancia del asunto ni a su mala fe ni a ningún tema relacionado con los tales. En realidad, no me interesa. No puedo hacer nada al respecto. Aclarar la tergiversación de la homeopatía me interesa más porque tal vez pueda poner sobre aviso a algún homeópata despistado. Desde su mismo inicio la homeopatía fue víctima de tergiversación. Hahnemann y otros homeópatas advirtieron contra ella. Podría tenerse la sensación de que se trata de una cuestión psicológica: el médico está tan identificado con los viejos principios que es incapaz de entender el sentido de la homeopatía y, en su interior, lo redirige hacia la enantiopatía[1]. Inconscientemente, desde luego. Así, el homeópata corre el peligro de convertirse en un enantiópata con gránulos.

En un artículo anterior he comentado cómo la única forma posible de curación es la autocuración. Esto puede entenderse con facilidad considerando cuántos y cuán complejos son los factores que intervienen en la vida y por ello en la salud y en la enfermedad. Y, por supuesto, en la curación. Nadie los conoce en su totalidad y nadie puede gestionarlos adecuadamente si no es el propio organismo. Y para que esa curación tenga lugar, la dificultad que parece existir (muy especialmente en las enfermedades crónicas) para que los mecanismos adecuados se pongan en marcha tiene que desaparecer. En eso consiste el trabajo terapéutico. Ya vimos que esto puede ocurrir de manera espontánea y de otras, entre las cuales encontramos la homeopatía que es el modo científico de inducir al organismo a la autocuración. Es el efecto dinámico, hoy creemos que electromagnético, de un medicamento el encargado de la tarea. La hipótesis del propio Hahnemannm es que ese efecto actúa como una señal (una especie de enfermedad artificial) reconocible por el organismo, que la identifica como un peligro (como si fuese una enfermedad natural) y la “ataca” en la forma que esa señal requiere. Como hemos elegido (atendiendo a los síntomas) el medicamento cuyo efecto dinámico es similar a la enfermedad, el organismo ataca realmente a la enfermedad a la que antes parecía ignorar o combatir inadecuadamente. El medicamento homeopático actúa, podríamos decir, como un señuelo: estimula un contraataque que la enfermedad no estimuló, tal vez porque en su comienzo fue enormemente sutil o por otras razones que desconocemos.

Y aquí aparece una dificultad no menor: ¿qué síntomas elegiremos para hacer la prescripción de nuestro medicamento homeopático?, ¿los síntomas de la enfermedad? De acuerdo.

Ahora bien, la enfermedad tiene dos aspectos diferentes e incluso opuestos:  por un lado, está la noxa, cuya interacción con el sujeto produce el pathos, el sufrimiento, es decir, lo que pretendemos curar. Esta situación se manifiesta por los síntomas primarios. Por otro lado, está la reacción a esa noxa que suele ser inadecuada, pero que, en general, es más llamativa y aparente. Estos síntomas, inflamación, vasodilatación, supuración, hipertermia, etc., representan el intento del organismo por llevar a cabo la curación. A veces (en muchas enfermedades agudas) lo consiguen y a veces no. Pero no dejan de ser un esfuerzo del organismo por curarse. Por eso precisamente estos síntomas pueden aumentar después de la administración del remedio, lo que conocemos como “agravamiento homeopático”. Son los síntomas secundarios o reactivos.

Y aquí es donde nos encontramos lo que a algunos parece costarles entender: si elijo el medicamento según los síntomas del sufrimiento, determinaré en el organismo un ataque a la enfermedad propiamente dicha y la curación podrá llevarse a cabo, pero si lo elijo según los síntomas reactivos, el organismo irá en contra de su propia reacción. Es similar a lo que conseguimos cuando administramos un antiinflamatorio o un antitérmico. A eso, en homeopatía, lo llamamos supresión. También paliación. Con la supresión no arreglamos absolutamente nada: la salud se deteriora y los síntomas suprimidos volverán antes o después. O no volverán y a eso lo llamamos repercusión porque nos encontraremos con otros síntomas más graves. En todos los casos habrá síntomas que desaparezcan y es fácil que creamos estar actuando bien. La observación del paciente a medio y largo plazo podrá sacarnos de nuestro error.

Se puede objetar que, siendo los síntomas reactivos la consecuencia necesaria de los primarios, si prescribimos por los reactivos también cubriremos los otros. Esto es cierto sólo en casos de pacientes que no hayan estado expuestos a la acción de remedios supresivos, contaminación química o electromagnética, etc. Mientras más exposición a esos agentes, conocidos como disruptores, más se deformará la reacción natural y menos van a coincidir el patrón de los síntomas primarios y los reactivos. Bajo el efecto de tales sustancias, además, la energía del organismo se agota y las posibilidades de encaminar una respuesta adecuada a través del remedio semejante disminuye. Incluso prescribiendo correctamente. Esto explicaría tal vez que los niños sanen más fácilmente que los adultos o que hace treinta o cuarenta años la gente en general sanase con más facilidad que en el presente. La sobremedicación, los contaminantes ambientales, alimenticios, etc., constituyen una fuente de problemas para la salud que en ocasiones es imposible superar únicamente con un tratamiento. Y se han incrementado exponencialmente en los últimos años.

Tal vez me he extendido en exceso para explicar esta norma esencial de la homeopatía: prescribir por los síntomas primarios.

Hay otra norma esencial: prescribir un solo remedio cada vez.

¿Cuál es la razón para prescribir un solo remedio cada vez? Tan sencillo como esto: sabemos cuáles son los síntomas de un remedio, pero no sabemos cuáles son los síntomas de dos o tres o cuatro remedios a la vez, puesto que nunca fueron experimentados juntos. Dicho de otro modo: dados nuestros conocimientos, no es posible hacer una prescripción homeopática con varios medicamentos. Si lo hacemos, será otra cosa. Tal vez muy buena. Tal vez mejor que la homeopatía. Pero no será homeopatía. Podría ocurrir, no obstante, que administrásemos varios remedios, algunos no semejantes (que no tendrían efecto alguno) y uno semejante que tendría un efecto terapéutico. En tal caso sí sería homeopatía, claro. ¿Es esto lo que ocurre a menudo? ¿Es esto lo que algunos pretenden al administrar varios remedios a la vez? Es posible, pero en una situación tal nunca sabríamos cual es el medicamento que ha curado a nuestro paciente. Otro inconveniente añadido es que, si se administran juntos dos remedios con síntomas semejantes entre sí y a su vez semejantes a los que pretendemos combatir, tales remedios podrían anularse mutuamente. Cualquiera de ellos, por separado, podría haber sido beneficioso. Juntos, se antidotan y quedan sin efecto.

Si en un caso encontramos varios remedios semejantes: prescribid el más semejante y anotad los demás en vuestra historia.

A lo largo de toda su vida, Hahnemann hizo hincapié en que los síntomas que se deben elegir para establecer la prescripción son los síntomas primarios, a saber, aquellos síntomas en los que el paciente actúa como sujeto pasivo, los síntomas que “padece” que “sufre” y no aquellos que expresan la reacción de su organismo contra los primeros, por más llamativos que estos últimos sean. La ignorancia de esta recomendación es clamorosa. Cuando ignoramos esto e ignoramos administrar un remedio cada vez, la homeopatía está tergiversada. Contra eso quería advertir hoy.



[[1]La enantiopatía tiene, tanto en médicos como en pacientes, más tirón psicológico e ideológico que la alopatía. Pido disculpas por volver a cosas tan elementales, pero no todos recuerdan que los términos homeopatía, enantiopatía, alopatía e isopatía los acuñó Hahnemann. Alopatía es un método que, en lo que a la dinámica de la enfermedad se refiere, no responde a ningún principio, por así decir es un método sin método: los medicamentos se administran por razones que nada tienen que ver (alós, diferentes) con la dinámica de la enfermedad. La enantiopatía responde a un método que consiste en administrar remedios que producen (presuntamente) efectos contrarios a los síntomas de la enfermedad. Son los famosos “anti”: antieméticos, antipiréticos, antiinflamatorios, etc. Ir en contra de los síntomas de la enfermedad es fácil de confundir con “ir en contra de la enfermedad” y esa es una invocación a la que es difícil sustraerse.

Doctor Emilio Morales

Pequeñas precisiones homeopáticas

Mientras que se calma (o no) la tempestad que nos arrebató la homeopatía y mientras que la resaca de esa misma tempestad nos la devuelve (o no) en una forma más aceptable para los intereses de aquellos a los que la homeopatía no interesa en su forma genuina, habrá que evitar que el hartazgo nos conduzca a la melancolía. Debemos seguir ocupándonos del método y de cada uno de sus importantes detalles. Sigue leyendo

Dr. Marino Rodrigo: Carta abierta al Dr. Jerónimo A. Fernández Torrente, Tesorero del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos de España

 

A la ciencia lo que es de la ciencia

y a la ética lo que es de la ética

 

Distinguido colega:

En diciembre de 2016 remití carta a la Comisión Permanente de la Organización Médica Colegial (OMC) relativa a sus actuaciones contra el ejercicio médico no convencional (EMNC)1. A pesar de la recomendación del Código de dirimir las discrepancias en ámbitos colegiales y profesionales, Uds. las llevaron y las siguen llevando a la arena pública. En consecuencia, pública es la presente. Sigue leyendo

Autocuración y placebo

Hace unos días, Marino Rodrigo planteó en este blog la necesidad, la conveniencia, de discutir todos los aspectos de nuestro método con el fin, quiero creer, de clarificar los puntos más oscuros y eventualmente establecer un punto de vista común. Esta entrada podría servir de inicio al necesario debate que pide Marino. Podría, digo. Sin embargo, mucho me temo que, una vez más, la mayor parte de los homeópatas decidirá abstenerse de tales excesos. Los no médicos están invitados a participar, por supuesto. Sigue leyendo