El hombre como objeto y sujeto de la filosofía

La relación entre la antropología y la filosofía es, desde la perspectiva de la que partimos, lógica y consecuente. Pues nosotros partimos de que la filosofía es estudio del Ser, abordamiento o encaminamiento hacia el Ser. Lo que entendemos por el  Ser  lo resumiremos diciendo que el Ser sería la esencia de la realidad, lo inteligible de la realidad, el sentido de la realidad, etc. Pues bien, la pregunta por el hombre (como decíamos antes) está implicada en la pregunta por el ser. ¿Por qué ? Pues porque esa pregunta se hace siempre desde una determinada posición. Es decir, si nos preguntamos qué es el Ser, hemos de tener en cuenta que esa pregunta estará necesariamente condicionada por aquel que se hace la interrogación , por su perspectiva, por sus condicionamientos, por sus características, etc. Por tanto para acceder a un saber sobre el Ser tendremos que dilucidar cuáles  son los presupuestos fundamentales de aquel que se hace la pregunta misma, esto es, se requerirá de una investigación sobre el hombre ya que es él el que se plantea tal cuestión. Habremos de buscar, pues, cuál es la característica esencial del sujeto interrogador para poder así captar con la mayor fidelidad posible el objeto interrogado. Se vislumbra entonces la estrecha relación entre metafísica y antropología.

Estábamos  en el punto en que decíamos que para conocer el Ser hay que conocer al hombre, pues el Ser se da en el ámbito del hombre, que es quien se interroga por el Ser. ¿Cuál será la característica esencial del hombre, aquella determinación humana que nos proporcione el punto en el que la aparición del Ser se nos muestre en toda su riqueza?. Si reflexionamos sobre ello nos daremos cuenta que precisamente es la pregunta por el Ser lo que caracteriza al hombre: la pregunta por la totalidad y por su sentido. La esencia del hombre es la de ser  un ser que se pregunta por el Ser. Pudiera parecer, según todo esto, que nos encontramos ante un círculo vicioso, pues estamos ante el siguiente dilema: si queremos saber qué es el Ser, debemos primero conocer las estructuras en las que el Ser mismo se hace presente, o dicho de otra manera, para indagar el Ser hay que indagar a quién  se hace la pregunta sobre el Ser, es decir, hay que indagar al hombre, hay que indagar qué es  lo esencial del hombre. Pero resulta que lo esencial del hombre estriba en preguntarse por el Ser. ¿Estamos ante un círculo vicioso? No, este círculo no es vicioso; en Filosofía lo denominamos círculo hermenéutico, y es una prueba de la inseparable unidad de metafísica  y antropología. Pues bien, ¿qué se  quiere decir con la expresión “círculo hermenéutico”?  Sigamos el hilo de los razonamientos anteriores. El Ser no es una proposición abstracta o general, sino que se presenta como dándose en lo concreto a través de instancias, de horizontes ontológicos y vitales, a través de formas culturales históricas… A todo eso lo llamamos, siguiendo a Parménides, los “signos del Ser”.

Por otro lado, el hombre no se relaciona con la realidad a través de la pura inmediatez, sino que siempre actúa en relación y desde horizontes y perspectivas determinadas. En definitiva, el hombre se encuentra siempre interpretando (de ahí lo de hermenéutica) la realidad que se le presenta haciéndola suya. El círculo hermenéutico se nos revela por tanto como la situación específica del hombre, aquello que determina su especificidad: el Ser se hace presente en el ámbito del ser humano y el ser humano se abre a esa presencia. Una vez más el círculo hermenéutico define la especificidad del hombre: éste consiste en estar abierto al Ser, en estar a la escucha del Ser, en acoger la epifanía del Ser.

Podríamos  también cambiar de metáfora y hablar no ya de círculo hermenéutico sino de elipsis hermenéutica, según la cual la actividad humana no consistiría sólo en interpretar un determinado modo de presentarse al Ser, sino que cada interpretación significaría un ascenso en el orden mismo de la interpretación, una adquisición objetiva de los sentidos que nos interpelan en su mostración o revelación.

Hemos expuestos algunos de los  basamentos metafísicos de toda antropología y al mismo tiempo los condicionantes antropológicos de ontología. Introduzcámonos ahora un poco más en algunas cuestiones que suscita esta problemática. La relación que hemos visto enunciada en lo que llamamos círculo hermenéutico es fundamentalmente polar, es decir, se dice de dos elementos que se implican:  uno sería el polo trascendental, el superior, que se correspondería con el Ser y sus categorías: sería el horizonte ontológico que se hace presente fundando un mundo, una realidad concreta (Eugenio D´Ors lo llama un eón). El otro polo correspondería al hombre, quien acoge la presencia reveladora del Ser interpretándola, es decir, haciéndola suya, subjetivizándola. Ontológicamente hablando, el polo subjetivo depende de manera esencial del elemento trascendente, el Ser.  Éste,  por otro lado, no permanece como algo abstracto, lejano o ajeno a la intimidad humana, sino que se incardina en ella. Por tanto, el círculo hermenéutico  (y por ello la posibilidad misma de una antropología filosófica) designa una articulación, una mediación entre los dos ámbitos. De la postulación o no de esa mediación o articulación dependerá el tipo de antropología (y filosofía) que se mantenga. Si la preponderancia ontológica recae de una manera abstracta sobre el Ser, abocamos a sistemas de identidad absoluta donde no es posible una antropología propiamente dicha ya que el hombre desaparece bajo las categorías del ser absoluto; por otro lado,  si aislamos al hombre y no lo religamos con el otro polo del círculo hermenéutico, entonces cortamos cualquier relación suya con lo trascendente y la antropología se reduce a pura inmanencia, eliminando además del hombre lo que se nos presentaba como su característica más peculiar.

A lo largo de la historia de la filosofía ha habido diferentes instancias que han querido dar cuenta  de esa mediación ontológica en la que se ubicaría el carácter específico de la antropología. Con mediación me refiero al punto de articulación del círculo hermeneútico por el que se hace determinable la presencia inteligibilizadora del Ser. Me referiré brevemente a algunas de aquellas instancias.

En primer lugar, hablaremos de la relación entendimiento agente-entendimiento paciente, problema planteado por Aristóteles en De Anima y que luego fue enormemente debatido en la Edad Media. Pero se estaría muy equivocado si creyéramos que es ésta una cuestión ya superada y de un interés únicamente histórico. Por el contrario, creemos que de la consideración (o no) de la relación entendimiento agente-entendimiento paciente depende que se tenga una determinada concepción del Ser y del hombre. Pues no se trata  de psicología ni de teoría del conocimiento, sino del destino trascendental del hombre: el entendimiento paciente (pasivo, pues) requiere una instancia superior que haga  presente y actualice los contenidos latentes del ser humano; por tanto, el entendimiento paciente se hace como el entendimiento agente y éste se proyecta en el paciente que, eo ipso, queda hecho acto. Los medievales convirtieron este binomio aristotélico en un tema espiritual. Tener en cuenta, pues, la relación entendimiento agente-entendimiento paciente, dando primacía a la acción del entendimiento agente sobre el paciente, y supeditar el entendimiento paciente a la iluminación del agente, significa mantener la conexión trascendental del entendimiento paciente, es decir, del ser humano.

Sintetizando, el problema de la relación entendimiento agente-entendimiento paciente designa la relación entre lo universal y lo particular, entre lo trascendental y lo inmanente, entre lo superior y lo inferior: el entendimiento agente unifica lo disperso y eleva así a las sensaciones (individuales y múltiples) a la categoría de universales. En Aristóteles, el entendimiento agente delata la importancia ontológica del Ser respecto al hombre: la pertenencia de éste al ámbito de lo intelectual puro.

Otro concepto que expresa asimismo  la mediación de la que hablamos, es el de Alma del mundo. Sin ser estrictamente equivalentes, la función ontológica del Alma del mundo es similar a la citada del entendimiento agente  con respecto al paciente, sólo que mientras esto último pertenece a la tradición aristotélica, el Alma del mundo se inscribe en la tradición platónica. En efecto, desde el Timeo de Platón, el Alma del mundo designaba la medianidad ontológica que unifica lo inteligible con lo sensible, lo espiritual y lo material. El Alma del mundo introduce ser, inteligibilidad y vida en el mundo sensible: está por tanto entre dos ámbitos, es mediación. El alma humana tiene entonces un correlato trascendental a donde remitirse, pues el Alma del mundo es lo trascendental inmanentizado, y en virtud de su acción nosotros mismos  seríamos lo inmanente trascendentalizado. Es decir, el Alma del mundo (como el entendimiento agente) mantiene en íntima relación los dos polos del círculo hermeneútico. Cuando un sistema elimina  las nociones de entendimiento agente o Alma del mundo (o alguna similar), aboca indefectiblemente a una visión del hombre desmembrada y desconectada de cualquier lazo con la trascendencia. Se requerirá siempre de una mediación, de una instancia que articule y concretice la presencia del Ser en el hombre, apoyando y fundando toda antropología. La necesidad de la mediación ontológica como lugar específico del hombre ha tenido muy variadas denominaciones a lo largo de la historia del pensamiento. Entendimiento agente y Alma del mundo son dos de ellas, pero existen muchas más. Así, la figura del ángel representa también paradigmáticamente aquella relación  polar en lo que tiene el ángel de mensajero o mediador. Mundo simbólico, Mundo del espejo, Imaginación trascendental…son otros conceptos que designan esa función medial y que corresponde específicamente al hombre. No podemos ahora entrar en este vastísimo mundo de imágenes y símbolos que configuran la noción de mediación ontológica como lugar específico del hombre (en otras ocasiones nos hemos referido a ello). Tan sólo insistiremos una vez más que el destino de una antropología filosófica se juega en una dimensión en la que los dos polos del círculo hermenéutico aparezcan de manera integradora y totalizadora. Entendimiento agente-entendimiento paciente y Alma del mundo son dos paradigmas interpretativos de la posición ontológica del hombre; pueden haber muchos otros; de hecho, el círculo hermenéutico es uno más.

No quisiéramos que pareciera todo esto una digresión de lo que era el tema original: el hombre como objeto y sujeto de la filosofía. Con los argumentos que hemos aducido queríamos mostrar que sólo desde una perspectiva metafísica hay salida para esa cuestión.

José Antonio Antón Pacheco

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