La enfermedad como sufrimiento

Mientras que para el médico la enfermedad es, o debe ser, un hecho objetivo, cuando es considerada como sufrimiento, viene a constituirse en acontecimiento eminentemente subjetivo. Pero he aquí que el médico acostumbra, a medida que se habitúa a la práctica clínica, a olvidar el aspecto subjetivo de la enfermedad para centrarse en el objetivo, en la creencia, certera desde una determinada perspectiva, de que es la objetividad y no la subjetividad lo que en definitiva le ha de ayudar a curar a su paciente. De este modo la enfermedad considerada como sufrimiento se escapa en cierto modo del ámbito estricto de la medicina para quedar en las manos del filántropo, del hipocondríaco y del filósofo.

Pero, por otra parte, ¿qué médico no es un poco o un mucho filántropo, hipocondríaco y filósofo? Pobre de aquél que no lo sea porque entonces, por más que pueda establecer un impecable diagnóstico clínico y un riguroso protocolo terapéutico, jamás podrá abrirse camino hasta el sufrimiento de su paciente, y, aunque ejerza de médico, lo hará en un sentido estricto, pequeño, exento de  las magnitudes que hacen del médico un confidente, un amigo, un padre, en el preciso momento en que el paciente, derrotado por su angustia y por su miedo, necesita esas figuras de rescate emocional; exento en suma de aquello que haría de él un médico en el sentido cabal del término.

Así pues, el médico está inevitablemente abocado a una reflexión sobre el sufrimiento a despecho de que lo más técnico de su profesión no lo exija e incluso parezca exigir lo contrario. O, dicho de otro modo, ante el sufrimiento el médico se encuentra inevitablemente con la contradicción.

La contradicción parece ser inseparable del sufrimiento no sólo para el médico sino asimismo para el compuesto humano desde el momento en que las diversas potencias que lo constituyen perciben y elaboran el sufrimiento de diferentes modos, como veremos a continuación.[2]

¿Puede ser definido el sufrimiento? ¿Puede ser clasificado? Me viene a la memoria la clasificación que del sufrimiento hacía el inefable Chumy Chúmez en las primeras Jornadas de Medicina y Filosofía: “Hay –nos decía- dos clases de sufrimiento, el propio y el ajeno. De estas dos clases, la segunda es con mucho la mejor”. Esta genial clasificación de Chumy da una idea en tono festivo de la gran libertad clasificadora de la que disfrutaría cualquier sujeto con pretensiones sistemáticas. Sin intentar nada semejante, me gustaría mostrar sin embargo los diversos aspectos del sufrimiento atendiendo a los ámbitos de la experiencia, o si se quiere de la realidad humana, en los que el sufrimiento comparece. Desde tal perspectiva, podemos distinguir tres vertientes en el sufrimiento humano, a saber, el sufrimiento existencial, el sufrimiento vital y el sufrimiento físico. Y aunque los tres sean inseparables, aspectos tal vez de una misma cosa, funcionalmente complementarios, dinámicamente interactivos, etcétera, será preciso distinguirlos de acuerdo a sus características particulares.

El sufrimiento físico, limitado al dolor y otras sensaciones desagradables localizadas en lo corporal acostumbra a ser un elemento habitual en la génesis del sufrimiento vital. Cualquier sensación corporal desagradable puede incluirse en sentido amplio en el ámbito del dolor, toda vez que algunas de tales sensaciones (prurito, acúfenos, etc.) resultan a veces para el paciente más insufribles que el dolor mismo. La esfera del dolor es el organismo físico, sus órganos y funciones propios los de los sentidos externos, estando sus determinaciones al alcance del médico.

El sufrimiento existencial trasciende en cierto modo el ámbito de lo que hoy discutimos; el hombre, al hacerse consciente de su existencia y de la importancia de su existencia, trata de nuclear con la misma a la realidad toda. Esto lo lleva a una confrontación con dicha realidad que, aunque asumida en sí a través del conocimiento, lo trasciende en muchos aspectos y, sobre todo, no se corresponde con sus propósitos. El abismamiento del existir humano en una realidad que lo desborda, provoca el sufrimiento existencial. Su expresión es, para utilizar la de Kierkegad, la angustia existencial; las facultades en juego, el intelecto y la voluntad; sus determinaciones corresponden al filósofo o incluso al político, caso de que esto último exista.

El sufrimiento vital es el que más directamente nos interesa y puede caracterizarse como aquel modo de sufrimiento en el que el cuerpo y el alma[3], expresiones de una sola unidad vital, coparticipan, independientemente de dónde podamos localizar el primer momento del mismo. De este modo, en el sufrimiento vital, que es el sufrimiento común del hombre, el cuerpo manifiesta el dolor del alma (entendida aquí como dynamis, como principio vital) y ésta el del organismo físico testimoniándose así la unidad radical de ambos (uno se pregunta si existe algún tipo de sufrimiento que no sea vital o involucre lo vital). Su ámbito es la esfera vital, los órganos y funciones involucrados los que corresponden a la sensibilidad interna[4], sus sensaciones más características la angustia vital y el miedo, el campo de conocimiento que lo acoge, la antropología filosófica. No hemos de olvidar aquí que todos somos antropólogos. O deberíamos.

Cualquier sufrimiento, sea cual fuere su origen, tiende a convertirse en vital y, en esa medida, a oscurecerse, a perder las determinaciones más o menos claras que en su origen lo hicieron ser sufrimiento existencial o sufrimiento físico, a enraizar en lo no consciente. ¿Pero qué es, en última instancia, el sufrimiento vital? Es aquella situación en la que el malestar, el dolor, transcienden su referencia topográfica y sensitiva, (o su referencia conceptual) para convertirse en sufrimiento humano; de ser sufrimiento de una parte pasa a ser sufrimiento del todo. Su vinculación a lo no consciente lo hace a menudo inexplicable: el paciente no sabe por qué sufre, y cuando cree que lo sabe, la relación entre la causa y la intensidad del sufrimiento se revela desproporcionada. Nos estamos refiriendo aquí al sufrimiento que interesa al médico, a saber, el sufrimiento patológico; no obstante, hemos de tener en cuenta que cuando hablamos de sufrimiento humano es más que problemático establecer una frontera precisa entre lo patológico y lo normal.

Frente al dolor físico, el médico rastrea y a menudo encuentra la causa que lo determina, pero rara vez un sufrimiento se restringe al ámbito de lo físico; el sufrimiento siempre desborda su mera referencia topográfica y se convierte, como acabamos de afirmar, en sufrimiento vital, es decir, humano.

Y de lo humano se trata cuando se trata de la enfermedad ya que los médicos no tratamos (aunque esto pueda complicar bastante las cosas, y lo cierto es que las complica) un dolor o una enfermedad sino a un ser humano que se duele o que está enfermo. Porque la enfermedad que el paciente, como ser humano, padece, somete a todo el compuesto a un zarandeo (si se me permite la expresión) que pone en cuestión, de manera real o imaginaria, algo que la esfera vital de un ser vivo no puede poner en cuestión, porque si lo hace fracasan los pilares sobre los que sustenta su visión de la realidad, y la realidad misma abandona cualquier vestigio de sentido para sumergirse en las determinaciones abstractas de la nada. Es decir, pone en cuestión la vida misma. Y esto, un organismo vivo no está en condiciones de aceptarlo por la sencilla razón de que todo en él está diseñado para la supervivencia, siendo por tanto supervivencia la única realidad con la que de forma natural y espontánea puede estar radicalmente conciliado. Dicho de otro modo, para un organismo vivo la realidad es vida y sin ésta, la propia realidad desaparece. Del mismo modo que el intelecto superpone la noción de su propia existencia a la de existencia en términos absolutos, la instintividad percibe como vida, y en definitiva como realidad, la suya propia.

¿Pero es únicamente la muerte lo que teme el hombre? No sólo la muerte sino la muerte y sus trasuntos: todo aquello que nos merma, que nos limita, que nos frustra, que nos oscurece el horizonte, que nos resta libertad. Si la enfermedad no amenazase la vida de uno u otro modo, su capacidad para generar sufrimiento vital sería considerablemente menor o tal vez nula. Pero siendo la enfermedad un desequilibrio dinámico que entorpece tan radicalmente los primeros mecanismos de relación con el medio (sensaciones externas e internas, funciones de adaptación) resulta difícil y posiblemente absurdo imaginarla desprovista de su amenaza.

Ahora bien, el intelecto puede entender y aceptar la caducidad del organismo. De hecho, con una somera preparación puede lograrlo. Pero el intelecto no se percibe a sí mismo, en tanto que intelecto, solidario de la descomposición del compuesto, aunque pueda lamentar la pérdida de los instrumentos orgánicos por medio de los que percibe y se expresa. El intelecto no siente la vida ni la muerte, sino que las piensa, y en la medida en que las piensa puede considerarlas como equiparables en su relatividad: el ciclo de la vida y de la muerte, la reencarnación, la nada, etcétera, etcétera. Estas cosas son pensadas, creídas, creadas, por un intelecto que puede concebirse a sí mismo como intelecto puro, como ente incorpóreo, como realidad insensible e indolente.

O sea, que mientras el intelecto muestra una excelente disposición para comprender la problemática del organismo vivo con todas sus facultades, el organismo vivo con las facultades que le son propias se muestra bastante reticente a la hora de hacerse cargo de las consideraciones del intelecto que lo completa. Esto lo han expresado los orientales del modo poético que los caracteriza: “El camino más corto del universo es el que va del corazón a la cabeza y el más largo el que va de la cabeza al corazón”.

Como hemos dicho, si es cierto que el cuerpo vivo no puede asumir la aniquilación de su compleja y delicada organización, es igualmente cierto que el intelecto, mediando la preparación adecuada, puede entender y aceptar la caducidad del organismo. Pero claro, como ya hemos señalado, los problemas del intelecto en cuanto intelecto son de índole diferente a los del cuerpo. Y así las soluciones que tanto pueden tranquilizar al intelecto frente a las vicisitudes de la salud, parece que más bien le traen al fresco al organismo físico, el cual, al margen de las creencias de su “inquilino”, es fácil presa del pánico toda vez que un mal pronóstico, real o imaginado viene a ensombrecer sus proyectos inmediatos y no tan inmediatos.

Todo lo cual nos lleva a una reflexión final que en realidad vienen a ser dos reflexiones confluentes. La primera es qué cabe hacer en el plano de lo positivo con el hecho inapelable de que tenemos que enfermar y morir. La respuesta es que tenemos que morir, pero no necesariamente de enfermedad. Podemos y debemos morir de viejos. Y eso significa, aunque no lo discutiremos aquí porque no es el lugar, morir por encima de los ciento veinte años. Una pregunta, tal vez ociosa y en todo caso sin respuesta es si, alcanzada esa edad, los organismos físicos, adaptados sus mecanismos sensitivos a la realidad de un tiempo más acorde con las expectativas de lo biológico, llegarían a percibir la muerte como una continuación natural de la vida, como una función equivalente a la misma, en lugar de como su contraria. Es posible que en tales condiciones la muerte pase de ser una afrenta a lo vital a ser una función vital (ese descanso que dicen que es) y como tal, aceptable por el organismo, pero como es natural no puedo estar seguro. Aquí no hay casuística, no hay observaciones de campo, no hay estadísticas. Sólo nos queda, si me lo permiten, recurrir al símbolo, a nuestro símbolo radical: Adán.

De acuerdo al Génesis Adán podría conservar su vida indefinidamente, no tendría que morir. ¿Esto significa que jamás abandonaría el Jardín del Edén? De ningún modo: cumplida su tarea volvería a su Creador de un modo que nada tiene que ver con la muerte. Pero claro, Adán renunció a su situación y salió del Edén prematuramente. No obstante, dicen algunos textos apócrifos que vivió mil años. Cuando se sintió morir, envió a Eva y a uno de sus hijos a hablar con Dios para pedirle que le permitiese seguir viviendo porque tenía miedo, no quería morirse. Al parecer Dios dijo que no.

Volvamos a las humildes dimensiones de la realidad, porque en los símbolos todo está sacado de madre (para eso son los símbolos en buena medida, como si fuesen grandes microscopios de la realidad pequeña de cada día). En ellos eres inmortal, hablas con Dios, vives mil años, te persiguen con una espada de fuego, etc. ¿Qué dicen pues estos símbolos que podamos aprovechar ahora? Pues dicen con toda claridad que no es cuestión de tiempo, que por mucho que viva el hombre, por muy sabio que llegue a ser, su organismo se resistirá a la muerte, habrá sufrimiento. Y dicen también que es cuestión de otra cosa, de cumplir con algo, la tarea de cultivar el Edén, tarea a la que en general la naturaleza humana (Adán) parece mostrarse renuente.

Muchos han tratado sobre este asunto en la clave estricta de los símbolos y del significado de las palabras con las que dichos símbolos se expresan y han dicho sobre el tema cosas enigmáticas e interesantes. No añadiré mi ignorancia a su sabiduría.

Me limitaré a decir que, sea cual fuere esa tarea que el hombre debe realizar sobre sí mismo, ha de tratarse de algo próximo a su propia naturaleza, algo sencillo, casi me atrevería a afirmar que evidente si no fuese porque la evidencia de lo real hace tiempo que se ha vuelto escasa y sospechosa.

De nuevo en nuestro día a día, vemos que hay personas que mueren en ataraxia. ¿Han cumplido ellos consciente o inconscientemente esa tarea sobre la propia tierra, sobre la propia vida?

Y esto nos lleva a la segunda cuestión. En tanto no se consigue alargar la duración de la vida (y tal vez no se consiga nunca o incluso, si se consigue, no haya duración que satisfaga las expectativas de los seres humanos), ¿cómo combatir el permanente sufrimiento vital de los individuos cuyos organismos se espantan, como no podría ser de otro modo, ante un destino inapelable? La respuesta parece evidente: por el camino largo de la sentencia oriental, el que lleva de la cabeza al corazón, el que lleva del intelecto al organismo vivo.

Si el intelecto posee recursos para lograr el sosiego ante lo inevitable, hemos de encontrar el modo de administrar esos recursos al organismo que, a la manera de un niño rebelde, se resiste a tomarlos. En este resistirse de lo instintivo ante lo intelectual hay también una cierta sabiduría, un ponerse a salvo por principio de los innovadores experimentos de la razón, de manera que no está tan mal después de todo. Pero no hay que olvidar que la instintividad humana es una instintividad ampliada a expensas del intelecto (cogitativa), y, en esa medida, sensible al razonamiento, siempre que tal razonamiento sea el adecuado. Los modos consagrados de llevar adelante esta tarea son la meditación y/o la oración. El que las practica, intenta enfocar su actividad consciente en su propio momento vital, intenta que su voluntad consciente se haga cargo, siquiera sea por un instante, de la totalidad del compuesto y así esa consciencia se observa a sí misma (eludiendo de esta manera la contaminación imaginativa) y al mismo tiempo observa las sensaciones provenientes de los sentidos internos: aprende a discriminar el pensamiento de la imaginación, a percibir las sensaciones de su propio organismo viviente (instintividad), recupera recuerdos inconscientes. En definitiva, esa praxis que es una búsqueda consciente de lo interior no consciente, tiene la virtud de desarrollar en el sujeto un modo de percepción integrado que emana de la fusión entre lo material y lo inmaterial, entre el cuerpo y el alma, que, como hemos dicho desde el comienzo son una sola y misma cosa, pero es ahora cuando comienza a ponerse de manifiesto en todo o en parte. El resultado de esto es doble: por un lado, aparece o se incrementa la intuición y por el otro, precisamente como consecuencia de lo primero, la actividad consciente del sujeto adquiere una nueva dimensión. Se vuelve espiritual. Lo interesante de esto es que el cuerpo, normalmente refractario a las sugerencias del intelecto puro, es, sin embargo, mucho más dócil a los impulsos espirituales, los cuales son capaces de llevar un mensaje de sosiego a todo el compuesto. Es el elemento espiritual el puede establecer acuerdo y cohesión individual: afina la mente y equilibra el cuerpo. Aporta salud y trascendencia.

Demasiadas veces he visto a personas que se tenían por inteligentes, y seguramente lo eran, menospreciar la intuición por opuesta al raciocinio, a la ciencia. Pero lo cierto es precisamente lo contrario. Los grandes descubrimientos de la ciencia, aquellos que nos han permitido tener una visión exacta, matemática, del modo en que la realidad se produce y opera, comenzaron con una intuición. Recordemos si no lo que se cuenta del descubrimiento de la gravedad por Newton. Vio una manzana caer y algo en su interior se removió. ¿Cuántas veces, antes de ese momento habría visto caer objetos? ¿Cuántas veces habrían presenciado el mismo fenómeno todos y cada uno de los habitantes del planeta a lo largo de generaciones?

¿Cuántos troncos, almadías y otros tipos de embarcaciones habrían flotado en los ríos, lagos y mares del mundo antes de que Arquímedes enunciase su principio? Aquí aparece la intuición marcando la diferencia. Así pues, la intuición, más que ir en contra del raciocinio, incrementa su capacidad, le aporta inspiración y motivo.

Y puesto que se trata de una mesa redonda, dejaremos planteadas al hilo de estas reflexiones, las preguntas que de ellas se desprenden, para su posterior debate.

Nota bene.- No hubo ningún debate. Como he señalado en nota al pie, presenté esta comunicación en las III Jornadas de Medicina y Filosofía. Ahora la publico en este blog de Homeopatía online. Ojalá en esta ocasión sí haya debate. Las ideas, si no se las zarandea, no sueltan sus frutos.

Doctor Emilio Morales


[1] Comunicación del autor a las III Jornadas de Medicina y Filosofía. Publicado en las Actas correspondientes.

[2] Esta contradicción se produce entre el deseo instintivo de vivir y el desapego intelectual o moral por la vida (cuando la vida no se corresponde con las propias expectativas) ha sido realidad muchos pensadores a lo largo de los siglos. Un claro ejemplo de ello lo encontramos en Fray Antonio de Guevara cuando dice (“Relox de Príncipes”): “Yo confiesso que todos los hombres y todos los animales ninguno dessea morir, sino que todos trabajan y dessean vivir, más pregunto agora yo: ¿qué aprovecha dessear y procurar de alargar la vida si la vida es infame y aviessa?”

[3] Cuando utilizo la expresión dual “cuerpo y alma” lo hago con la única intención de referirme a unas realidades que reconozco infinitamente más complejas y problemáticas que la expresión con la que las señalo..

[4] El núcleo de la esfera vital es la instintividad, función de relación con el medio, de supervivencia del individuo y la especie. En la esfera vital, memoria e imaginación son funciones al servicio de la instintividad, como fácilmente puede comprenderse.

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1 comentario en “La enfermedad como sufrimiento

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