La Homeopatía en mi vida

Durante mi adolescencia y primera juventud no me preocupé mucho de qué iba a estudiar, pero en preuniversitario, las influencias de mis profesores comenzaron a decantarme hacia la ingeniería. El siguiente era el primer  curso de implantación de la ingeniería en Sevilla y la carrera gozaba de un inusitado prestigio. Como yo tenía buena cabeza para la física y las matemáticas, los profesores de estas disciplinas me aconsejaron que me hiciese ingeniero. Uno de estos profesores, don Buenaventura, era el mejor docente que he conocido jamás. Impartía física y sus clases eran una fiesta para mí. Su influencia pudo más que mis viejas inclinaciones y el curso siguiente me matriculé en ingenieros.

Recuerdo que entonces aún no había Escuela de Ingenieros (más tarde pasaría a llamarse Facultad) y el primer año se impartía en la Facultad de Ciencias. Hacia la Facultad me encaminé el día que comenzaba el curso y al llegar tuve que colocarme en la puerta de un aula junto con otros cuarenta o cincuenta estudiantes para esperar a que dijeran nuestro nombre. Coincidí con un amigo y charlamos un rato hasta que lo llamaron a él. Yo tuve que esperar un poco más hasta que dijeron mi nombre y en ese momento vi con meridiana claridad que no quería ser ingeniero sino médico y, en lugar de entrar a la clase, me fui de allí lo más deprisa que pude con la consiguiente angustia y preocupación.

Consulté el caso con uno de mis tíos, que me dijo:

-Ve a hablar con el secretario de la Universidad y le dices lo que te pasa, que seguramente él podrá solucionarte el problema.

Hoy en día, acceder al despacho del secretario de la Universidad sería, para un estudiante, poco menos que misión imposible. Eran otros tiempos.

Todo me parecía muy grande en la Universidad. La antesala del despacho del secretario era enorme. Allí estaba su secretaria, que me observó inquisitiva antes de preguntarme:

-¿Qué quieres?

-Quiero ver al secretario- dije con un hilo de voz.

Ella miró hacia la puerta entreabierta del despacho de su jefe y gritó:

-¡Don Antonio, aquí hay un muchacho que quiere verlo!

-Que pase- la voz sonó agradable, tranquilizadora.

Entré en el despacho. Don Antonio Pérez era catedrático de Física. Como no era muy alto, los estudiantes lo apodaban afectuosamente “Perecito”. Resultó ser una persona cercana y afable, lo que tuvo el efecto de tranquilizarme de inmediato.

-Dime hijo, ¿qué te trae por aquí?

Se lo expliqué.

-Entonces, si no he entendido mal, estás matriculado en Ingenieros y quieres estudiar Medicina.

Yo asentí con la cabeza.

-¿Estás seguro de que quieres ser médico y no alguna otra cosa?

En ese momento estaba tan imbuido de mi propio asunto que no percibí el humor socarrón de la pregunta. Volví a asentir con la cabeza.

-¡Amparo!, dijo don Antonio elevando apenas la voz.

Amparo apareció en la puerta.

-Tómale los datos a este joven y me lo pasas a Medicina.

Me sonrió y, sin decir palabra, volvió a lo que tenía sobre la mesa. Yo salí con Amparo al antedespacho y le facilité los datos que me pidió.

-Si quieres ya puedes ir a clases en Medicina. Dentro de unos días estarás matriculado.

No podía creerlo, pero así fue. Comencé las clases y a los diez días mi nombre aparecía en un grupo de prácticas de Técnica anatómica. Ya era oficialmente estudiante de Medicina.

No diré que la medicina me entusiasmó porque lo que me enseñaban no se correspondía con mis expectativas: yo quería curar enfermos. De todas maneras, hice, mal que bien, primero y segundo. En tercero, las cosas empezaron a complicarse. Las disciplinas del tercer año me interesaron más, en especial la patología general, donde empezamos a explorar enfermos, a ver casos clínicos, en definitiva, era un primer y leve contacto con la clínica. pero al mismo tiempo comprendí que eran muy pocas las enfermedades que podían curarse realmente. “Las enfermedades agudas, me decía, se curan, pero también es cierto que en su mayoría podrían curarse solas; y las enfermedades crónicas no se curan casi nunca y su tratamiento se limita a ir paliando.” Esta reflexión, junto con otras motivacions personales que no vienen al caso, me decidieron a dejar Medicina con el consiguiente disgusto familiar. Me dediqué a la pintura, una de mis grandes pasiones. Fueron unos años de vida bohemia en los que conocí a algunas personas interesantes y a muchas que no lo eran en modo alguno. Presenté varias exposiciones y tuve la suerte de que la última fuese tomada como parte de un reportaje sobre arte que se emitió en la segunda cadena de televisión que en aquella época era la cadena de la cultura. La reseña fue elogiosa. Tal vez aquello era el augurio de que mi carrera como pintor daría sus frutos. Hacía seis años que había abandonado mis estudios médicos y no sentía la menor necesidad de reemprenderlos puesto que había llegado a la conclusión de que curar era imposible.

Por aquella época, un día acompañé a un amigo fotógrafo al estudio de un colega suyo para hacer cierto trabajo que corría alguna prisa, razón por la que nos quedamos a esperar. Mientras estábamos en el laboratorio, el dueño empezó a hablar de naturismo. Me contó que un naturista lo había curado de una contractura plantar crónica para la que los médicos sólo le recomendaban cirugía y eso sin garantizar el resultado. También que el mismo naturista lo había curado de una vez y para siempre de un insomnio de varios años de duración. Yo insistí en saber si esas curaciones eran completas y si se mantenían una vez que el tratamiento era abandonado. Él me respondió que sí, de hecho, hacía años que no había vuelto al naturista y seguía bien.

Esto lo cambió todo. Me procuré algunos libros de naturismo y en ellos aprendí los rudimentos. Además de practicar conmigo mismo, me aventuré a aplicar mis nuevos conocimientos en amigos y familiares. El primero fue un primo mío. Padecía anginas de repetición y ya tenía cita para operarse (en aquella época, extirpar las amígdalas estaba de moda). Le recomendé unas compresas derivativas en la garganta y tuve la suerte del principiante: mi primo no se intervino y los episodios no se repitieron. Creo que fue aquél primer caso el que me hizo retomar los estudios. Volví a la facultad y terminé la carrera. A mediados del último año me permitieron asistir diariamente a un hospital oncológico y prolongué mi estancia allí hasta varios meses después de licenciarme. Luego hice algunas sustituciones de medicina general en ambulatorios. Estas experiencias me sirvieron para cerciorarme de lo que no quería hacer. Yo sabía que existía una posibilidad de curar y a ello quería dedicarme. Nunca me interesó tanto el diagnóstico como poder sanar a los enfermos. Si se podía establecer un diagnóstico, bien; si no, no había que desesperarse. Al fin y al cabo, la mayor parte de los diagnósticos sólo dan cuenta de los efectos que sobre el organismo produce la enfermedad y no de la verdadera naturaleza del desequilibrio que está en su origen, lo que me gusta llamar physis inominata morbii, en palabras de Hahnemann “lo interior oculto y desconocido”.

Con el dinero que había ganado en los ambulatorios compré unos muebles de segunda mano, una camilla y puse una consulta en la casa donde vivía. El despacho era una habitación minúscula y la sala de espera, nuestro salón-comedor-sala de estar, de manera que cuando la consulta era por la tarde, había que comer y recoger rápidamente para despejar aquello lo antes posible. Entonces ya tenía dos hijas. Os preguntaréis cómo aparecen de pronto dos niñas cuando ni siquiera habéis recibido una invitación de boda, pero eso pertenece a otra historia diferente. Sea como fuere, las niñas y la que era mi esposa, tenían que recluirse en una habitación y procurar no hacer ruido. Tengo suerte de que mis hijas hayan sido siempre muy buenas.

Desde que retomé los estudios había hecho algunos pinitos con amigos y conocidos, así que pronto comenzaron a llegar pacientes. Como he dicho, practicaba el naturismo: dietas, hidroterapia, geoterapia, helioterapia y plantas medicinales fundamentalmente. Por detrás de donde entonces vivía todo era campo. Hoy en día ese espacio lo ocupa una barriada conocida como “Las tres mil viviendas”, pero en aquella época había terreno baldío y algunas fincas minúsculas. Yo había herborizado mucho los últimos años y conocía bastante bien las plantas medicinales de la zona, así que, cuando terminaba una consulta, iba con el paciente al campo y le enseñaba a recolectar las plantas que tenía que tomar, al menos aquéllas que estaban a nuestro alcance. Era divertido y enriquecedor.

Esos primeros tiempos acudían a mi consulta muchos jóvenes, gente de mi edad con tendencias hippies, en especial un grupo que por aquel entonces había empezado a vender en “el jueves”, un mercadillo de antigüedades y cosas viejas, antes reservado a chalanes y anticuarios. Estos constituían la mayor parte de mi incipiente clientela y como quiera que éramos “colegas” no consideraban de buen tono pagar mis honorarios. Así pasaron algunos meses hasta que un día me decidí a abordar el asunto, coger el toro por los cuernos, si se me permite la expresión. Solía ir todos los jueves al mercadillo así que me acerqué a saludar a uno de mis pacientes.

-¿Qué tal colega?

-Bien, ya ves.

-¿Y la consulta?

-Pues mira, voy a quitarla.

-¿Qué me dices?

-Sí, es que nadie me paga y así no puedo continuar. Trabajaré en el seguro.

Me marché y tuve la sensación de que mi “colega” se había quedado rumiando el asunto. Lo cierto es que, a partir de entonces, todos los que hasta entonces no habían considerado de buen tono pagarme, comenzaron a hacerlo religiosamente. Gente cabal.

No transcurrió mucho tiempo hasta que un buen día una amiga madrileña compró para mí un libro de homeopatía. Se titulaba Homeopatía. La medicina del hombre nuevo y su autor era George Vithoulkas. No bien lo leí, algo en mi interior me dijo que ese era mi camino. Recordé entonces un episodio de mi niñez que he contado en La magia de la homeopatía, cuando un pescador me dijo que había ido a ver un curandero que le había curado una úlcera con unas bolitas. Esto era la homeopatía y yo quería conocerla y curar con ella. Compré y leí todo lo que se puso a mi alcance, en especial libros viejos. Milagrosamente, aún quedaban en España dos farmacias que dispensaban homeopatía: la farmacia Mateo, de Madrid y la Cercavins, de Barcelona. Pasados unos meses, me procuré un botiquín homeopático y me decidí a comenzar. El primer caso que traté con homeopatía fue un niño de unos diez o doce años con hepatitis aguda. Tenía las transaminasas elevadas y una orina intensamente colúrica, así como una historia de cansancio durante los últimos días. Recuerdo que le prescribí Rhus toxicodendron 6CH y esa noche no dormí. “¿Lo habré intoxicado con Rhus?” Era imposible, claro está, pero el miedo es el miedo. A la mañana siguiente, me llamó la madre: la orina era de color normal y el niño estaba animado. Le indiqué repetir las transaminasas y se habían normalizado. De nuevo la suerte del principiante: una mano invisible me señalaba el camino.

Mi interés infantil por la medicina, que con el naturismo se había reavivado, experimentó con la homeopatía un inusitado crecimiento. Empecé a descubrir en el método homeopático una herramienta terapéutica sumamente útil, capaz de solucionar casos que de ninguna otra manera podía abordar con éxito. Las bronquitis asmatiformes infantiles cedían dócilmente al tratamiento homeopático allí donde los broncodilatadores y los corticosteroides no hacían sino paliar. Con las anginas de repetición ocurría otro tanto. Menciono estas dos patologías porque son muy comunes. Por entonces no tenía repertorio, de manera que el estudio de la materia médica constituía mi único recurso. Así que estudié materia médica sin parar y me fui familiarizando con los remedios. Poco a poco, aparecían en mi consulta casos que me recordaban a este o aquel medicamento. Entonces empleaba la homeopatía; en caso contrario, seguía con mis tratamientos naturistas. Enseguida la homeopatía ganó la partida. Ocurrían cosas sorprendentes. En una ocasión encontré a un colega que era vecino mío y me comentó que se disponía a ir a Barcelona para que le trataran un escotoma central de la retina. Con la temeridad de los conversos, le dije que tal vez con homeopatía pudiese ayudarlo. Él contestó que por qué no. Fuimos a mi consulta, hablamos un rato y le prescribí Nux vómica. Nada se perdía con probar. Y nada se perdió. Por el contrario, se ganó bastante porque tres días después el escotoma había desaparecido y mi colega no llegó a ir a Barcelona. La suerte del principiante una vez más.

Todas estas cosas hicieron que la homeopatía me enamorase y poco a poco se convirtió en mi verdadero proyecto profesional. Por aquel entonces yo era el único homeópata en Sevilla. A decir verdad, era el único homeópata de Despeñaperros para abajo, si exceptuamos a doña Emilia Anaya. Doña Emilia era médico homeópata, hija de médico homeópata. Vivía en Cádiz y por aquella época debía de tener unos ochenta y cinco años. Fue otro colega y querido amigo que se interesó pronto por la homeopatía, aunque luego no la ejerció, Servando López, el que me habló de ella. Los dos fuimos a verla a su casa en Cádiz. Nos recibió muy amablemente, nos regaló algunos libros antiguos y un par de semanas después recibí en mi casa una carta de don Enrique Peiró, médico homeópata de Barcelona al que doña Emilia había escrito hablándole de mí.

Resultó extraordinario poder contar con un sabio como el doctor Peiró. Durante varios años cruzamos cartas y esa correspondencia me permitió despejar dudas sobre la práctica pues don Enrique respondía puntualmente a todas mis preguntas pese a que algunas, lo veo desde mi perspectiva actual, eran bastante tontas. La ayuda de don Enrique Peiró fue inestimable. Pude conocerlo personalmente cuando acudí, en compañía de otro colega y entrañable amigo, Manuel Díaz Arias que, debido a circunstancias personales, tampoco llegó a ejercer la homeopatía, al primer curso que impartió en Barcelona Jacques Imberechts. Pese a sus casi noventa años, don Enrique era el tipo más jovial y simpático que he conocido jamás. Seguía enamorado de la homeopatía y su entusiasmo era el de un joven que comienza. Recuerdo una de las charlas que mantuve con él en aquella ocasión: me contó un caso de Pareira brava aplicada a un cuadro de disuria con hematuria y lo describió de una manera tan vívida que jamás lo olvidé. De hecho, me ha servido para resolver dos o tres casos semejantes a lo largo de estos casi cincuenta años.

Por aquella época, conseguí mi primer repertorio. Lo acababan de editar en Argentina y me lo trajo un colega neurocirujano que acudió allí a un congreso.  Al principio creí que no me serviría de nada. Las primeras veces que traté de utilizarlo, sencillamente me perdía, pero Imberechts nos había recomendado leerlo entero para conocer cada rubro y cada sub-rubro. Aunque me pareció descabellado, me puse a ello y poco a poco empecé a ver su utilidad. A medida que conocía su contenido me fue siendo más útil y poco a poco llegué a utilizarlo con regularidad y se convirtió en una herramienta imprescindible, pero, tal vez a causa de mis comienzos, sigo siendo más amigo de la materia médica que del repertorio.

Los años pasaron y mi condición de homeópata se convirtió en una segunda naturaleza. Las curaciones que lograba con el método me trajeron siempre una gran satisfacción, así como la amistad que me han profesado muchos de mis pacientes.

En la actualidad, confieso que tengo la sensación de haber sido toda mi vida homeópata y, teniendo en cuenta las extraordinarias curaciones que he presenciado, no sólo en mis pacientes, sino en mí mismo y en los pacientes de otros médicos homeópatas, mi convicción sobre las excelencias de este método curativo es absoluta. Pero no soy un fanático, comprendo que hay casos cuya mejor indicación puede ser la cirugía, otros que, por distintas causas, no tienen más remedio que someterse a medicina paliativa. En ocasiones, tales casos pueden beneficiarse de una terapia mixta, en tanto sea posible retirar el tratamiento paliativo.

También existen casos que reconocemos como adecuados para el tratamiento homeopático y que se muestran refractarios a los remedios más cuidadosamente elegidos, como todo homeópata con experiencia sabe muy bien. En fin, que no todo es fácil en la práctica de la homeopatía, como no lo es en ninguna actividad humana. Pero el balance es altamente positivo, porque, cuando la homeopatía funciona (y funciona la mayor parte de las veces) despliega un genuino valor terapéutico.

En este blog, Homeopatía online, tratamos de exponer cuestiones que sean de interés para los que buscan en la homeopatía un modo de mejorar su salud. Si deseas que abordemos algún tema en particular, puedes dejar un comentario en esta entrada. Intentaremos complacerte.

Doctor Emilio Morales

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12 comentarios en “La Homeopatía en mi vida

  1. Siempre fuiste y serás un ejemplo a seguir como medico, homeópata, pensador, filosofo, artista y como no, mejor PERSONA, para muchos. Inspirador

  2. Una historia fascinante querido Tio Emilio. Gracias por transmitirmoslas y por dedicarte a sanarnos. Un abrazo

  3. D. Emilio es mi médico, mi médico homeópata.. Desde hace más de veinte años que me atendió presencialmente sentí que alguien me escuchaba con atención, con dedicación, lo percibí enseguida.
    Estoy seguro que cada una de sus actuaciones, de sus decisiones están presididas por la honestidad.
    Por tanto, desde la distancia física (500km. AB) un saludo afectuoso.

  4. Genial y ameno.Una alegría hablar y leer sobre homeopatía.Idea: quizás ver en tu experiencia,qué tipos humanos se acercan a la homeopatía y tu sentir en esto.

    • Gracias por tu comentario, Fátima. Intentaré tratar ese tema de los tipos de paciente. Puede tener su interés.

  5. Emilio hace 35 años que la vida nos regaló la suerte de conocerte. Has sido en muchos momentos nuestro Salvador, nuestro médico de familia inmejorable por toda la confianza con la que hemos hecho tus tratamientos homeopaticos con resultados increíbles y un buen amigo que está cuando se necesita. Mis hijos te recuerdan con mucho cariño y Joaquín y yo. Un abrazo fuerte

  6. Es un médico magnífico llevo cuarenta años siendo su paciente y espero que amiga me ha encantado conocer tus comienzos y tu historia gracias por todo

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