La homeopatía. Una somera reflexión para detractores.

Por algún motivo que no acierto a comprender, hay un rumor cada vez más intenso en los medios en contra de la homeopatía. Me vais a permitir por tanto que vuelva sobre ideas ya tratadas en este blog, puesto que a menudo es necesario repetir una y otra vez las cosas evidentes. Un número cada vez mayor de personas que dicen ser científicos o estar inspirados por la ciencia aseguran haber “desenmascarado” la homeopatía. Cada dos por tres alguna mente privilegiada nos desenmascara. Otros muchos se dejan engatusar por los que invocan para sí el marchamo de la ciencia, concepto maravilloso, infinitamente más difícil de practicar que de pronunciar y se convierten a la ardua disciplina de negar la homeopatía porque sí o “porque está demostrado científicamente que es un camelo”, lo que viene a ser lo mismo, al menos en este caso. Son legión.

Pero dejemos a aquellos que se llenan la boca con las palabras “ciencia” y científico” y vayamos al alcance de la ciencia misma. No corresponde a la ciencia demostrar los fenómenos observables sino más bien tomar nota de los mismos porque tales fenómenos son la materia con la que la ciencia trabaja. No corresponde a la ciencia demostrar que los objetos caen sino constatar que lo hacen para establecer las leyes que determinan ese hecho. Conocida la ley de gravedad, el científico tiene una herramienta que le permite analizar cualquier movimiento de caída, establecer si lo es o no lo es, predecir la velocidad de un objeto que cae en cada punto de su trayectoria, el tiempo del impacto, etc. La ciencia no “demuestra” que los objetos caen, lo cual sería imposible, pero puede predecir que caerán y cómo. Ahora bien, los fenómenos mecánicos son, por definición, el objeto de la ciencia: por eso se ha dicho que la ciencia es únicamente la Física y sus fenómenos son de tal modo constantes y reproductibles que pueden reducirse a fórmulas matemáticas.

Los fenómenos biológicos, entre los que incluyo los propios de la medicina, no se comportan del mismo modo que los mecánicos. La complejidad de la vida impide que así sea. Por eso las “leyes” biológicas visan más a la probabilidad que a la certeza. Esto nos saca del dominio estricto de la ciencia y, tratándose de medicina, disciplina en la que no sólo estudiamos, sino que pretendemos modificar el estado de los complejos y enigmáticos seres vivos, nos sitúa en el dominio de la praxis. Por eso siempre afirmo, para consternación de muchos, que la medicina no es una ciencia sino precisamente una praxis. Lo cual no es obstáculo para que disfrute de los beneficios que la ciencia (o más bien la tecnología) puedan reportarle.

En la homeopatía se da un hecho peculiar. Está basada en un principio o ley que determina todo el método, a saber, la ley de los semejantes. Tal vez esa sea la razón de que haya permanecido, por así decir, inalterable durante dos siglos, mientras que la medicina institucional cambia sus protocolos cada 5-10 años y lo que ayer era bueno hoy viene a ser contraproducente. Tal vez sea la razón de su eficacia, lo que nos hace entrar en materia.

Ya hemos dicho que la ciencia (para aquellos que la invocan sea con legitimidad o sin ella) no puede demostrar los hechos, tan sólo los explica. Y no siempre. Sólo los explica cuando, habiendo observado tales hechos, ha podido inducir un principio o ley que venga a dar cuenta de los mismos. A partir de ahí puede explicarlos. A menudo se nos olvida que la ciencia no es la realidad, sino una construcción de la inteligencia para el estudio de la realidad. La ciencia tampoco está por encima de la realidad y por lo tanto no puede afirmarla ni negarla, sólo dar cuenta de ella y explicarla. Pues bien, los efectos curativos de la homeopatía vienen explicados por la ley de semejanza. Si un científico, real o pseudo, niega esta ley, debe confrontar los hechos y tratar de explicarlos. Negarlos no sirve de nada porque quien los niega se enfrenta a doscientos años de testimonios de médicos, pacientes y otros observadores. Y ciertamente, la mayor parte no los niegan: los atribuyen al efecto placebo. ¿Qué es el efecto placebo? Se admite que todo acto médico puede producir, por vía sugestiva, un efecto positivo en el paciente, un efecto que conlleva mejoría o curación de la enfermedad por la que consulta. Se trata de una buena noticia, ya que aunque un médico no atine con la receta, el paciente puede mejorar; aunque un medicamento no sirva para nada, el efecto de su administración puede ser positivo. Pero el efecto placebo se distribuye por igual entre todos los métodos de tratamiento. También se produce en la medicina institucional.

Permitidme citar una enfermedad cuya elevada casuística ha permitido que el público y los pediatras tengan conocimiento del beneficioso efecto de la homeopatía: la bronquitis asmatiforme. Pues bien, ¿cuál es la razón de que el efecto placebo de la homeopatía pueda curar afecciones como la bronquitis asmatiforme mientras que el efecto placebo de la alopatía no lo consigue? ¿No son ambos efectos placebo? ¿No está el efecto placebo vinculado al acto médico más bien que al método terapéutico utilizado? ¿Cómo se explica, pues, esa diferencia? Se me ocurren dos hipótesis: o bien los medicamentos utilizados por los médicos alópatas “neutralizan” el efecto placebo que su acción como médicos puede generar, o bien la homeopatía tiene “más” efecto placebo que la alopatía. En el primer caso habría que erradicar inmediatamente esos perniciosos medicamentos; en el segundo, habría que poner en valor un método con “tanto” efecto placebo.

Y esto nos lleva al último punto que quiero tratar hoy: las pruebas clínicas a doble ciego. No son la ciencia, su meollo, quiero decir. Se trata tan sólo de un procedimiento estadístico de análisis de resultados obtenidos de tal modo que el elemento subjetivo queda descartado, sobre lo cual habría mucho que hablar. En tal procedimiento se establece cuánto de efecto real y cuánto de efecto placebo tiene una medicina determinada. Se consigue tratando a cierto número de pacientes con el medicamento a probar, de manera que la mitad de ellos recibirán el medicamento y la otra mitad una sustancia inerte (placebo). Ni el paciente ni el médico saben quién recibe qué. En el caso de la alopatía, la prueba que se realiza es “medicamento contra placebo en una patología determinada”, pero en homeopatía no tratamos las enfermedades con remedios específicos, sino con remedios personalizados, de manera que, si consideramos una patología en concreto, podemos necesitar decenas de remedios distintos para tratar a un grupo de pacientes afectados de la misma enfermedad. Para probar la eficacia de la homeopatía se necesita probar, no medicamento contra placebo en una determinada patología, sino “tratamiento homeopático (el que se necesite en cada caso) contra placebo en una patología determinada”. Para más aclaración al respecto, puedes visitar la siguiente entrada en este mismo blog:

http://www.homeopatia-on-line.com/la-eficacia-clinica-de-la-homeopatia/#more-507

Sin embargo, la mayor parte de las pruebas clínicas a doble ciego realizadas con homeopatía se ha hecho siguiendo el patrón alopático, pese a lo cual los resultados no son concluyentes ya que los hay para todos los gustos. Pero sería interesante que la homeopatía se sometiese a prueba según sus parámetros y no según los parámetros de la alopatía. Aún así, habría que considerar el elemento humano ya que el médico homeópata no prescribiría según un protocolo terapéutico, sino que tendría que elegir en cada caso un remedio para su paciente. Otra prueba interesante sería “tratamiento homeopático contra medicamento alopático en una determinada patología”. También “tratamiento homeopático más medicamento alopático contra medicamento alopático” ¿Alguien se atreve?

Doctor Emilio Morales

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