La necesidad de un esquema antropológico en homeopatía

 

La medicina de todos los tiempos se ha preocupado de conocer a la perfección la anatomía humana y de referir a los distintos órganos y sistemas los productos lesionales de las enfermedades, hasta el punto de que a menudo ha confundido estas lesiones con la misma enfermedad. Este acento en el conocimiento de la anatomía y en la clasificación anatómica de las enfermedades refleja una determinada concepción de hombre y de la enfermedad. La fisiología, cuyo objeto, las funciones inferiores, emerge inmediatamente de la anatomía debido a la mayor o menor especialización anatómica de las mismas, también ha sido tema preferente de estudio científico en los últimos siglos.

Anatomía y fisiología normales se ven sin duda alteradas por la enfermedad y es así como la anatomía patológica y la fisiopatología han recibido enorme atención, lo que ha permitido llevar hasta un alto grado de desarrollo la observación y clasificación de los cambios morbosos correspondientes.

Pero si admitimos la substancialidad del compuesto humano, va de suyo que todas las partes del mismo resultarán en mayor o menor grado afectadas por la enfermedad. Así, si me duele algo, puedo tener miedo, estar irritable, si una preocupación profesional me desborda tengo dolor de estómago o palpitaciones, etc. Una observación  atenta de las declaraciones de los enfermos nos permite reparar en que, en cada caso de enfermedad, sea cual fuere el nombre que demos al producto lesional de la misma, la totalidad del compuesto resulta afectada, las facultades superiores (voluntad e inteligencia) resienten la alteración morbosa (no puedo pensar, me cuesta reunir mis pensamientos, no tengo voluntad, tengo miedo, etc.) y las funciones de la vida sensitiva que en el hombre están tan vinculadas a las facultades superiores, muestran los estragos de la enfermedad con una profusión y una intensidad mucho mayor que la anatomía (no todos los pacientes padecen lesiones anatómicas, pero todos padecen alteraciones de la memoria, la imaginación y la cogitativa): no recuerdo lo que iba a decir, siento  (léase imagino) que mis padres no me quieren, me siento (léase me imagino o creo que estoy) abandonado, no tengo apetito, como en exceso, deseo constantemente cosas saladas, o dulces. Alguien dirá que estos síntomas son muy comunes y que corresponden a la naturaleza humana más que a la enfermedad. A esto respondo con dos argumentos, el primero que la naturaleza humana está enferma, de donde las enfermedades; el segundo, que dichos síntomas han sido despertados en las patogenesias homeopáticas, y han sido curados con el tratamiento homeopático. No serán por tanto tan comunes a la naturaleza humana sana.

Pues bien, el substrato en el que estos cambios se producen, el alma humana, ha sido eludida como objeto de estudio por la medicina, ha sido dejada a los psicólogos y psiquiatras. Por un lado, su aproximación a los fenómenos morbosos del psiquismo (diferente según la escuela) es en general distinta de la que requiere el médico (no digamos el homeópata), a lo que se suma la circunstancia de que, al igual que los médicos alópatas, tienden a relegar aquellos síntomas que, aún formando real e indiscutiblemente parte importante del sufrimiento del enfermo, no forman parte de algún cuadro nosológico preestablecido.

En el caso de la homeopatía esta ubicación y esta comprensión de todos los síntomas relevantes son muy necesarias ya que se trata de comparar el conjunto de la enfermedad natural con lo estereotipos patológicos obtenidos por experimentación pura en personas saludables. Tanto en la enfermedad como en dichos estereotipos, encontramos profusión de síntomas que corresponden a alteraciones de las facultades en distintos momentos de sus operaciones. Hasta ahora, la homeopatía ha dependido en esta tarea de conceptos extraídos (no sé con qué legitimidad) del psicoanálisis, la psicología humanista, la gestalt o el capricho momentáneo de alguna que otra vaca sagrada. De ahí la necesidad de un esquema antropológico al que referir los síntomas de la enfermedad (y los de las patogenesias).

La homeopatía presta la mayor atención a esos síntomas, y los ha recogido en las patogenesias, muchas de las cuales (y especialmente las de Hahnemann) han sido lo suficientemente confirmadas como para otorgarles criterio de autoridad.

Hay pues que obtener de las patogenesias de Hahnemann la totalidad de los síntomas que afecten a la vida sensitiva, a la instintividad y a las facultades superiores (síntomas que por otra parte no sean de origen lesional), y transferirlos a un marco de referencias, a una concepción del hombre que sea acorde con la que debieron tener las personas que experimentaron dichas drogas, la mayoría contemporáneos de Hahnemann, la mayoría cristianos, occidentales, universitarios. La concepción antropológica de estas personas (y por ello el lenguaje que utilizaron para describir sus alteraciones) ha tenido que depender, consciente o inconscientemente, de la filosofía que constituye la médula de la cultura occidental, de la filosofía que, en el momento al que me refiero, tenía aún más vigencia explícita que ahora, la filosofía escolástica.

Utilizando entonces una concepción escolástica del hombre, una psicología escolástica, se trata de ubicar ordenadamente los síntomas (excluyendo, repito, aquellos que sean de origen primariamente lesional) de acuerdo a las operaciones a las que afecten con el fin de establecer, sobre el marco de tal psicología, una visión coherente del conjunto de esos síntomas que la patología ordinaria desprecia por no formar parte de los cuadros nosológicos establecidos. Para esto será preciso previamente tratar de definir el significado de cada síntoma o grupo de síntomas según su expresión por el experimentador (en los casos en que no sea evidente). Digamos, establecer una especie de norma (o normas)  de interpretación de los síntomas, de aplicación general.

Hecho esto para cada medicamento en particular, y para cada paciente, será posible establecer la ley de semejanza de acuerdo a esta nueva visión.

En cada medicamento y en cada paciente podremos establecer un esquema de alteraciones y al mismo tiempo si ello es posible una dinámica «argumental» del desarrollo de esas alteraciones, lo que se ha llamado «el drama existencial». Experiencias anteriores me han hecho concebir cierto optimismo en lo relativo a la posibilidad de vislumbrar dichos dramas, si bien, con este trabajo no se pretende exceder los límites de la optimización de la prescripción terapéutica dentro del método homeopático.

Dice Hahnemann que la dynamis es instintiva. Si concibe pues la enfermedad como una desarmonización de la dynamis cabe esperar que los síntomas de la instintividad (véase cogitativa) tengan el máximo valor para la identificación de la enfermedad hahnemanniana. Y ciertamente las sensaciones (estimaciones) erradas con respecto al mundo son, como lo sabemos por experiencia, del mayor interés en la comprensión del sufrimiento humano y en la elección del medicamento que corresponde a cada enfermo.

 
Doctor Emilio Morales

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