La sencillez de la homeopatía

Esto lo afirmaba Allendy en 1938. Podemos imaginar cuales habrían sido sus palabras en 2022.

Siempre me han gustado las teorías generales, las leyes o principios que pueden poner orden y veracidad en el mundo caótico de las observaciones, hacerlo sencillo. La primera teoría sobre un nuevo fenómeno procede precisamente de las observaciones: cuando atesoramos el suficiente número de las mismas, elaboramos, por vía intuitiva (procedimiento inductivo), una idea sobre cuál es el marco en el que el conjunto de esas observaciones encaja y, de esa manera, establecemos una primera teoría (hipótesis). A partir de la hipótesis formulada podemos deducir, es decir, anticipar, nuevas observaciones y comprobar si se da concordancia entre la teoría y los nuevos fenómenos observados. Eso da consistencia a la teoría y nos permite integrar en ella todo lo que vamos observando. Así, lo que comienza siendo una hipótesis, termina siendo un principio o una ley. Pero un buen número de teorías padecen una molesta tendencia a mostrarse insuficientes a medida que el conocimiento del que tiene que dar cuenta, aumenta. Es como si usáramos un recipiente para contener un producto químico y, a la larga, el producto disolviese el recipiente. Pero no importa: si el conocimiento que hemos adquirido está bien estructurado, el fracaso del marco teórico nos dará la ocasión de modificarlo y elaborar una teoría que abarque el nuevo conjunto. No siempre se consigue del todo ni de forma inmediata y así, el conocimiento, científico o no, está permanentemente sometido a refutaciones y cambios a causa de las nuevas observaciones y los nuevos campos que la investigación abre a la mirada de los observadores.

Limitándonos al terreno de la medicina, las teorías que en su seno se han elaborado a propósito de la vida, la enfermedad y la salud, han sido muy diversas y, en ocasiones, ni siquiera ha habido continuidad entre ellas. Pero, desde hace algo más de un siglo, asistimos a una súbita pérdida de interés por las teorías generales y todo ha sido sustituido por ese caleidoscopio de diversos conocimientos, al que se refería Allendy, que convergen, o no, en un diagnóstico lesional el cual, en lugar de conducir a un tratamiento para el enfermo, conducen a un protocolo o, lo que es lo mismo, un tratamiento para el diagnóstico emitido.

Esta complicada trama de aproximaciones que gustan llamar científicas, trufada de siglas, abreviaturas, neologismos, barbarismos, etc., que conducen al diagnóstico, impiden hacerse una idea general de la enfermedad. Es más: lo hacen imposible desde el momento en que la enfermedad hace tiempo que dejó de existir y ha sido sustituida por las enfermedades. Esto nos deja ante un complejo y problemático camino hacia el empaquetado y etiquetados de las enfermedades (diagnóstico) de cuya fiabilidad dan cuenta la enorme cantidad de dudas, errores y disensiones que provoca, seguido de un somero procedimiento terapéutico consistente en un protocolo (paliativo en el mejor de los casos) establecido por la industria farmacéutica. No existe un marco general. De hecho, tanto los complicados criterios diagnósticos como los protocolos cambian constantemente, sin previo aviso y sin que los actores (los médicos que atienden pacientes) se vean obligados a procesar tales cambios ni a tratar de comprenderlos en su contexto. Mucho menos a opinar sobre los mismos.

Se dice que los saberes del médico son dos: el saber sobre la enfermedad y el saber sobre la curación de la enfermedad. Vemos que el primero de tales saberes ha escapado de las manos del médico, deslizándose hacia las pruebas complementarias. El diagnóstico clínico ha quedado en último lugar, en el mejor de los casos: el galeno, para diagnosticar, depende de las pruebas. En cuanto al segundo saber, el médico actual ignora por completo el poder curativo de plantas, minerales o animales, así como los recursos higiénicos que proporciona la Naturaleza. Toda su capacidad terapéutica viene preparada, empaquetada e indicada para una determinada etiqueta diagnóstica desde la multinacional farmacéutica. ¿Qué hará ese médico si se ve privado de las pruebas complementarias y de los medicamentos envasados en cajas de colores? Nada o casi nada.

Y frente a este panorama desolador de la medicina ordinaria, ¿qué pasa con la homeopatía?

Hahnemann, en el parágrafo 3 de su Órganon (6ª edición) lo explica al detalle: “Si el médico distingue claramente qué es lo que debe ser curado en las enfermedades, es decir, en cada caso individual de enfermedad (reconocimiento de la enfermedad, indicación); si descubre con certeza qué hay de curativo en las medicinas, es decir, en cada medicina en particular (conocimiento de los poderes medicinales); si sabe cómo adaptar, de acuerdo a principios nítidamente definidos, lo que hay de curativo en las medicinas a aquello indudablemente mórbido que ha descubierto en el paciente, de modo que la curación tenga lugar (adaptación que concierne tanto a que los efectos de la medicina sean adecuados al caso que se le presenta -selección del remedio indicado- como al modo exacto de prepararla, a la cantidad requerida -dosis apropiada- y al intervalo más conveniente con el que la dosis deba repetirse); si, por último, conoce los obstáculos para la curación que pueden presentarse en cada caso y es conocedor de cómo eliminarlos a fin de que la recuperación sea duradera, se puede afirmar que un médico así sabe actuar juiciosa y racionalmente y que es un verdadero facultativo del arte de curar.” Cabe decir que, dos siglos más tarde, nada ha cambiado.

Pues bien, eso es justamente lo que constituye la esencia del trabajo de un homeópata: conocer la enfermedad particular de cada uno de sus pacientes manifestada por los síntomas individuales; conocer el poder curativo de las medicinas (por los síntomas que producen al ser probados en personas sanas) y, finalmente, conocer cómo, cuándo y en qué dosis debe ser administrado el medicamento que corresponde a cada persona concreta.

Lo extraordinario de este excelente saber médico y terapéutico llamado homeopatía es que cualquier médico homeópata, perdido en el lugar más remoto, podría reconstituirla por el procedimiento de ir probando en sí mismo y en voluntarios las diferentes sustancias que encontrase en el entorno y anotando los síntomas que producen en las personas sanas, para más tarde poder aplicar esas mismas sustancias a la curación de enfermos que presentaran síntomas semejantes. Y os garantizo que, en pocos meses o años de trabajo, lograría hacer acopio de una farmacia suficiente para abordar la mayoría de las enfermedades naturales, tal es la cantidad de síntomas que pueden manifestarse por experimentación con dosis infinitesimales en los tres reinos de la Naturaleza.

El médico homeópata lo es cuando un laboratorio le prepara sus remedios y sigue siéndolo cuando no hay ningún laboratorio que lo haga. Incluso en un lugar desconocido, con plantas, minerales y animales diferentes de los que maneja habitualmente, podrá reconstituir el método partiendo de cero y utilizarlo para curar. Eso se debe a que la homeopatía, como todas las cosas verdaderas, es sencilla. Y responde a una ley: curar los semejantes con los semejantes. Esa ley actúa de mediadora entre la Naturaleza y el médico, y le permite aproximarse al paciente con la solvencia de un conocimiento intemporal, de probada eficacia y hecho a la medida del hombre.

Doctor Emilio Morales

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2 comentarios en “La sencillez de la homeopatía

  1. Me ha gustado mucho leerte. Tienes la virtud de hacer las cosas sencillas, de encontrar los ejemplos adecuados y clarificadores. La Flosofía, la Antropología, la Psicología, todo expuesto y razonado en un texto muy bien escritos. Y desde luego la Medicina en una deriva ajena al sufrimiento y al sentido de la vida
    Gracias Emilio

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