LOS MICROBIOS: PENSAR POR UNO MISMO

La idea de que hay enfermedades que se contagian es muy antigua. Ya Fracastoro habla de la transmisión de enfermedades de diversas maneras y habla también de “semillas de enfermedad”, pero en determinado momento no puede establecer el mecanismo del contagio y llega a decir que las enfermedades “se transmiten por la mirada”. Posiblemente de ahí viene lo del mal de ojo. Estamos en el siglo XVI. Faltan tres para que Louis Pasteur establezca la teoría microbiana con la que pretende explicar la causa de las enfermedades. En ese tiempo, muchos médicos admiten que las enfermedades pueden transmitirse o contagiarse o adquirirse y hablan de miasmas. Pero los miasmas no tienen necesariamente que coincidir con la idea actual de microbio como agente causal exclusivo, sino que también pueden estar vinculados con lugares insanos, viviendas mal ventiladas, olores pestilentes, frío, humedad, miseria y cosas por el estilo. La idea antigua de miasma abarca, tanto a los posibles desconocidos microbios como al medio ambiente y su influencia sobre el organismo. Es un concepto abierto.

Pasteur le da al microbio la exclusiva como causa de las enfermedades llamadas infecciosas, pero en su misma época Antoine Béchamp emite la llamada teoría del terreno y propone considerar que la enfermedad se debe a ciertas alteraciones en el organismo de naturaleza traumática, tóxica, etc., que deterioran los tejidos. Los gérmenes acudirían en ayuda del organismo para eliminar esas zonas tóxicas. Serían más bien colaboradores en la curación que causantes de la misma.

Precisamente, a finales del siglo XIX la población occidental, que hasta entonces había vivido en condiciones de miseria y hacinamiento, empieza a adquirir hábitos más saludables y a vivir en mejores ambientes, y las enfermedades infecciosas mejoran de forma muy significativa. Muchos han pretendido atribuir a las vacunas (comenzando por la de la viruela) ese descenso en la morbilidad y mortalidad de ciertas enfermedades, pero abrumadoras evidencias están en contra de esa teoría[1].

Por otra parte, hay casos en que la eficacia de un tratamiento con antibióticos es extraordinaria y eso no se puede negar. Deberíamos evitar generalizar estas evidencias, porque es igual de cierto lo contrario, a saber,

A-Que hay enfermedades infecciosas que se resisten tenazmente a tratamiento con antibióticos y

B-Que hay enfermedades infecciosas producidas por gérmenes saprofitos, sobre todo en niños, que se activan por el frío, la lluvia, la inseguridad u otras circunstancias del ambiente, que pueden ser tratadas con eficacia con un antibiótico pero que, más pronto que tarde, al reproducirse las mismas circunstancias, rebrotan una y otra vez por muchos antibióticos que se administren. Este tipo de enfermedades son ejemplos que avalan la teoría del terreno. Todavía cabe preguntarse: ¿por qué los antibióticos curan, aunque sea de modo pasajero, esas infecciones? Si acaban con los gérmenes y estos intervienen en la fase reactiva de la enfermedad, al eliminarlos de la ecuación, el proceso reactivo se detiene y la enfermedad parece ceder. Pero vuelve de modo inmediato a los quince, treinta o sesenta días.

¿Consiste entonces la eficacia de los antibióticos en detener el proceso morboso en su fase reactiva? Si así fuere, aunque la curación se consolide, al organismo le quedaría pendiente la tarea de terminar ese proceso. ¿Sería esa tarea pendiente la causa (en todo o en parte) de los síntomas de retorno que los homeópatas vemos después de un tratamiento? Y no sólo los homeópatas, sino todos los que practican terapias curativas y no meramente paliativas. Esta cuestión nos propone otra duda: ¿Deberíamos administrar antibióticos? La respuesta, evidente, sería: sólo en aquellos casos en los que tengamos la duda de si el organismo de nuestro paciente puede llevar a buen fin el proceso reactivo de la enfermedad, que lo llevaría a una curación definitiva.

He comentado en diversas ocasiones que, en mi experiencia, la combinación entre homeopatía y antibioterapia produce unos resultados extraordinariamente rápidos. Pero no lo recomiendo como rutina de trabajo. Cuando tratamos una enfermedad equilibrando el sistema y dejando que él mismo sane, además de la curación, obtenemos un poso de salud. Cuando, para conseguir una curación forzamos el equilibrio del organismo, obtenemos un poso de enfermedad. Dicho de otro modo: si una persona se trata desde niño con un método que fomente su equilibrio, las sucesivas enfermedades que presente irán aumentando su salud y será un adulto sano. Y si en todo ese proceso nos encontramos que, en una o dos ocasiones, para salvar la vida, tenemos que recurrir a forzar al organismo porque se enfrenta a una situación muy grave (lo cual puede perfectamente no ocurrir jamás), esas ocasiones serán irrelevantes en el proceso general de salud.

Pero si recurrimos constantemente a la medicación supresiva (lo cual equivale a matar moscas a cañonazos), esa persona tendrá una infancia enfermiza, tal vez mejore pasajeramente en la adolescencia y, al llegar a la edad adulta, comenzará de nuevo con sus achaques, que serán otros, de manera que en su madurez y en su vejez dependerá de catorce pastillas al día para sobrevivir. ¿Verdad que no cuento nada nuevo, nada que no les suene?

Así pues, una cosa es matar microbios y otra muy diferente la salud. La salud depende del equilibrio interno del organismo, es decir, del terreno. Eso en cuanto a la salud. Si la enfermedad dependiese de alguna otra cosa, pongamos que del microbio, un organismo podría estar a la vez sano (equilibrio del terreno) y enfermo (contagiado por el microbio). Pero no ocurre así, sería absurdo. Una persona, si está en equilibrio no tiene infección y si tiene infección no está en equilibrio. Da la sensación de que infección y equilibrio se mueven a la vez y de forma complementaria. Deben depender la una del otro o viceversa.

Imaginemos un cuadro epidémico que afecta a dos personas determinadas. A una de ellas le produce una enfermedad leve y a la otra una enfermedad grave. Es el mismo microbio para los dos. Podemos decir que a una le afecta menos porque tiene una mejor constitución, porque es más joven, porque no tiene miedo etc., pero que en los dos casos el responsable de la enfermedad es el microbio porque si el microbio no hubiese venido, la enfermedad no se habría producido.

Pero ahora nos encontramos con una tercera persona que no tiene la enfermedad, que no adquiere la infección. ¿Por qué? Se supone que la génesis de la enfermedad depende exclusivamente del microbio. Se supone que es un patógeno y que está en su naturaleza (no sabemos muy bien por qué) afectar la salud de las personas. La explicación más sencilla suele ser la más certera: no lo afecta porque está sano. Es decir, que para que el microbio haga su aparición, el organismo no puede estar sano, tiene que estar enfermo. O lo que es lo mismo: la enfermedad es anterior al microbio. La enfermedad depende del terreno.

Con todo, sobre los microbios hay mucho que hablar. Porque, ciertamente, la impresión que se tiene es de que se transmiten de un individuo a otro y de que con ellos va la enfermedad. En contra de esta percepción tengo que decir que a lo mejor no es tan evidente por sí misma, sino que es lo que nos han enseñado desde niños y luego en las facultades de medicina. Es una imagen inculcada. Un ciudadano mucho más primitivo, en una tribu perdida o bien hace muchos siglos, no tenía esa percepción sino la de que la causa de una enfermedad era que los dioses se habían enfadado o que alguien en la tribu había comido carne y pescado en la misma comida o que alguno había ignorado la señal de alguna divinidad en forma de una brisa que soplaba en la pradera.

¿Que eran ignorantes? Nada de eso. Fueron ellos los que nos trajeron hasta el presente. Pudieron sobrevivir en una Naturaleza hostil porque la conocían y aprendieron a vivir en armonía con la misma. Nada de ignorantes. Cada uno de ellos era un sabio por lo que al equilibrio vital se refiere. Y culturalmente sólo la enumeración de lo que nos ha quedado de sus logros sería interminable ¿Podemos decir nosotros lo mismo?

Lo que pretendo expresar es que una cosa es la enfermedad y otra la explicación que le damos a la enfermedad. Desde Pasteur y su teoría microbiana hemos aceptado sin restricciones que la única causa de toda enfermedad infecciosa son los gérmenes; y desde Fleming, que la única solución para las enfermedades bacterianas son los antibióticos. Y ahí estamos.

Pero al mismo tiempo tenemos la evidencia de que muchas enfermedades bacterianas agudas recidivantes y crónicas no ceden a los antibióticos o ceden de manera incompleta y, sin embargo, ceden a terapias que cambian el terreno drenándolo de toxinas, aportando nutrientes que faltaban o promoviendo el equilibrio dinámico. Todo esto debería hacernos pensar. Si muchas infecciones ceden fácilmente a esas terapias que no actúan sobre el microbio sino sobre el terreno, ¿no deberíamos aceptar que el terreno tiene un importante papel en la génesis de la enfermedad?

Muchos de los microorganismos a los que culpamos de las enfermedades forman parte de nuestro microbioma y, en el estado de salud, cumplen allí importantes funciones: sin ellos no habría vida. ¿Por qué cambiarían su tendencia innata de cooperación biológica y, de repente, se volverían agresivos? La respuesta es que no cambian su tendencia, sino que la prolongan al estado de enfermedad. La enfermedad es previa a su presencia en la sangre y en los intersticios tisulares. Los encontramos allí, a veces de manera focalizada, a veces de manera diseminada, a veces en tejidos específicos, a veces en distintos tejidos, porque buscan selectivamente el daño, el desarreglo del terreno con el fin de repararlo. Si se tratase de un ataque indiscriminado contra el organismo, cabría esperar que estuviesen por todas partes. A muchos les resultará difícil aceptar algo así, pero, si no son la causa del daño (y hemos visto que no lo son o al menos tenemos una duda razonable al respecto), ¿qué hacen allí?

Si se ha cometido un asesinato y vemos gran cantidad de policías afanándose en el lugar del delito, ¿afirmaríamos que son esos policías los que han perpetrado el crimen? Evidentemente no. Pero culpamos a los microorganismos sencillamente por estar ahí. Si ahora, antes de que el caso de haya resuelto, los policías se ven obligados a retirarse del escenario, cualquiera que pase por allí no sospechará nada de lo que ha ocurrido. Sin embargo, el caso sigue sin resolver, el trabajo no se ha completado y queda pendiente.

Me consta que no es fácil cambiar el chip y contemplar todo esto desde una perspectiva más amplia. Hay hechos que parecen indicar que los microorganismos son los responsables de las enfermedades infecciosas y hay otros hechos (no menos o menos importantes porque se suelan ocultar) que parecen indicar lo contrario. Como ambas cosas son contradictorias, resulta evidente que se impone observar y pensar. Pensar por uno mismo.


[1] El tema de las vacunas se escapa de la intención y el alcance de esta entrada. Para saber más, recomiendo la lectura del libro Desvaneciendo ilusiones. Las enfermedades, las vacunas y la historia olvidada, de Suzanne Humphries y Roman Bystrianky.

Si te ha gustado compartélo, GraciasShare on Facebook
Facebook
Share on LinkedIn
Linkedin
Pin on Pinterest
Pinterest
Tweet about this on Twitter
Twitter

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *