La confianza en el paciente.

Es muy habitual oír que el paciente, si quiere curarse, necesita tener confianza en su médico. La confianza en el médico es un valor que se está perdiendo y está siendo sustituido por la confianza en el equipo quirúrgico famoso, en el famoso centro hospitalario o en el medicamento novedoso y carísimo. Pero finalmente son formas de la confianza cuyo sujeto es, en todos los casos, el paciente. En el otro lado de la ecuación están los médicos y, en general, todo el estamento sanitario. Ellos, al igual que los pacientes, también confían en la tecnología médica diagnóstica y quirúrgica, en los potentes medicamentos de síntesis y, ¡cómo no!, en ellos mismos. En el paciente no confía nadie. A nadie parece importarle.

Pero es necesario confiar en el paciente. Hemos dicho más de una vez que no hay ninguna medicina que cure. Hay medicinas que permiten al organismo curarse, que facilitan ese proceso. También hay medicinas que parecen dificultar la curación, pero de esas hablaremos en otra entrada. En el mejor de los casos, como digo, las medicinas facilitarán la curación del organismo, pero es el organismo el único que puede curarse.

¿Y quién es el organismo? En efecto: el paciente en persona. Si esperamos que un paciente resuelva una situación patológica, en especial cuando es grave, y no confiamos en él, en su innata capacidad curativa; si entre la curación de un enfermo y el médico cuya obligación es ayudarle a curarse se interpone, por ejemplo, un pronóstico infausto en el cual el médico cree más de lo que cree en su enfermo, entonces, ¿quién estará de parte de ese paciente frente a la enfermedad?, ¿quién lo guiará? Ese enfermo está en una situación aún peor que la de aquél que no tiene médico: tiene un médico que lo ha condenado. ¿Quién podrá ayudarlo?

La confianza en el paciente se perdió con el advenimiento de la medicina de síntesis: el medicamento lo hace todo y el enfermo nada, ¿por qué habría que confiar en él?, ¿para qué, si ya el médico y la fábrica de medicamentos le van a dar el trabajo hecho? La relación perfecta entre médico, naturaleza y enfermo, desapareció. El paciente se ha vuelto irrelevante. Los remedios que la naturaleza ofrece para resonar con las necesidades del enfermo (en su propia naturaleza) y cuyo conocimiento el médico atesora, quebró definitivamente. Sin embargo, por alguna razón, los enfermos siguieron confiando en los médicos. La medicina se institucionalizó, aparecieron los protocolos diagnósticos y terapéuticos y el médico se convirtió en un intermediario entre la industria y los usuarios. Su virtualidad como médico desapareció casi por completo. Y los enfermos siguieron confiando en los médicos, pero cada vez menos.

Ahora, los mismos poderes que liquidaron la confianza en el paciente, necesitaban liquidar la confianza en el médico. Para ello, estimularon la enemistad entre pacientes y médicos creando alrededor de estos últimos un ambiente de culpabilidad centrado en la mala praxis. Resulta bastante curioso que, en un momento en que los médicos se ven constreñidos a hacer exactamente lo que se les manda, en el que la libertad terapéutica (principio volcado al bien de los enfermos y antaño sagrado) no pasa de ser una fórmula vacía, precisamente ahora que no pueden hacer nada por sí mismos, se les quiera responsabilizar social y judicialmente por los fracasos. Pero no hay que preocuparse: los que así actúan no tienen nada contra los médicos, hacen lo que hacen por el negocio. Ahora se trata de que la industria dictará, como lo ha hecho los últimos cien años, los protocolos clínicos. Pero más que nunca. Los médicos se limitarán a cumplirlos porque si no lo hacen incurrirán en mala praxis, pero si son obedientes y algo sale mal estarán protegidos por el sistema: han seguido los protocolos.

El médico y el enfermo han dejado de ser amigos. Peor aún: para mayor gloria de la industria, han dejado de reconocerse mutuamente como tales. No confían ya el uno en el otro. El médico se refugia en los protocolos y los equipos (medicina defensiva). El paciente se refugia en la desconfianza, las reclamaciones y las demandas. Curiosamente, los protocolos se mantienen al margen de toda duda. Y eso a pesar de que algunas encuestas nos dicen que, en los Estados Unidos, los medicamentos son la tercera causa de muerte.

Pero no todos los médicos han sucumbido ante el poder de la industria. Hubo muchos que mantuvieron criterios médicos independientes, incluso dentro del sistema. Lamentablemente, con el tiempo esos médicos han ido siendo cada vez menos y nombres como Marañón, Jiménez Díaz o Letamendi nos evocan algo así como la última frontera entre la medicina clínica y el caos. Sus discípulos ya no pudieron brillar con la misma intensidad que ellos.

Existió otra línea de médicos que, más humilde y escondidamente, siguieron la tradición de la vieja medicina: los médicos naturistas. Conocedores de la hidroterapia, de la fitoterapia y de la dietética, han prestado y prestan un impagable servicio a la sociedad ayudando a sanar a sus pacientes y estableciendo de nuevo los viejos vínculos de confianza mutua.

Y los homeópatas, que a lo largo de más de dos siglos han mantenido la tradición hahnemanniana gracias a la cual han ayudado en innumerables y sorprendentes curaciones, lo que finalmente ha provocado el feroz ataque de sus detractores, precisamente esos mismos cuya felicidad estriba en los protocolos farmacéuticos a los que aplican el interesante calificativo de científicos.

Como homeópata escribo estas líneas. Como homeópata, confío en mis pacientes porque tiene que ser así: ellos son los que curan. Muchos de ellos confían en mí, lo cual me enorgullece. Entre el médico homeópata y su paciente no sólo se establece esa confianza, sino aquella relación perfecta a la que antes me refería, basada en tres soportes: la naturaleza (de los remedios), la naturaleza (del paciente) y el médico. Así lo podemos ver en Hahnemann, que establece, ya desde el parágrafo 3 de su Órganon, los tres saberes del médico:

1-El conocimiento de lo que debe ser curado en la enfermedad individual (conocimiento del paciente).

2-El conocimiento de lo que hay de curativo en cada medicina en particular (conocimiento de las medicinas)

3-El conocimiento de cómo debe aplicarse lo uno a lo otro, de manera que se siga la curación (conocimiento de la ley curativa o ley de semejanza).

El médico que posee esos tres saberes y además sabe eliminar los obstáculos que se oponen a la curación (higiene), es, en opinión de Hahnemann, un verdadero médico. El médico que posee esos saberes, añado yo, se ve en la necesidad de confiar en su paciente porque en el enorme y misterioso escenario de la vida, la enfermedad y la salud, el médico es tan solo un mediador, un auxiliar, un espectador privilegiado que, sin el paciente, sin la energía del paciente, sin su determinación de vivir en armonía, jamás podría por sí mismo conseguir la más mínima de las curaciones.

Doctor Emilio Morales

LA PRÁCTICA DE LA HOMEOPATÍA: CURAR O NO CURAR

“La primera, aún la única, misión del médico es devolver la salud a los pacientes. A esto se le llama curar”. Samuel Hahnemann, Órganon de la medicina, parágrafo 1.

La praxis médica se nutre de tres fuentes: la tradición, la experiencia y la ciencia. Las aportaciones de la ciencia han cobrado mucha relevancia en los últimos decenios y han dado lugar, sobre todo en medicina, al fenómeno conocido como cientifismo. ¿En qué consiste? Se trata ni más ni menos de una fe ciega en la ciencia y sus apéndices. El científico duda, el cientifista sabe; el científico busca, el cientifista afirma; la ciencia yerra, el cientifismo posee la absoluta verdad. Viene el cientifismo a ser una especie de misticismo sin Dios, saturado de certezas totémicas inapelables. Mientras que la ciencia busca la verdad, el cientifismo se ofusca en la verdad encontrada sin reparar en que esa verdad puede estar incompleta o ser superada por los descubrimientos del día siguiente. Incluso podría estar falseada en aquellos casos en que la ciencia viene contaminada por intereses económicos, políticos o de otra naturaleza. Entre la multiturba de estos fieles creyentes encontraréis gente de todo tipo, carácter y condición, pero jamás un científico.

La tradición, la más antigua de nuestras fuentes, también se equivoca. O pierde, con el tiempo, su marco de referencias. Lo que hace siglos fue cierto, ahora puede no serlo. Por eso, la tradición es puesta en duda permanentemente y purgada de aquellas cosas que no nos resultan útiles. Pero, en esencia, sigue siendo un firme puntal en el que apoyar la praxis.

¿Qué decir de la experiencia, el más íntimo, cercano y personal soporte de la práctica diaria? Pues que tampoco merece una fe ciega. El propio Hipócrates dejó constancia de ello: “La vida es breve; el arte, largo; la experiencia, engañosa; el juicio, difícil”. La experiencia es engañosa, sin duda. La vida es demasiado compleja y el origen y naturaleza de la enfermedad demasiado oscuros y escurridizos como para ser abarcados por la breve experiencia de un solo individuo. De ahí que la tradición y la ciencia vengan en ayuda del médico. La tradición guarda para nosotros la experiencia de los siglos pasados y la ciencia proyecta nuestra experiencia hacia el futuro. De estas tres fuentes, ninguna es infalible. ¡Ojalá alguna lo fuese!

Ahora, para introducir lo que sigue, me permitiré una pequeña digresión sobre un tema candente. A raíz de los debates sobre la fiabilidad o no de las pruebas PCR, se oye hablar mucho del “patrón oro” (en alusión metafórica al sistema monetario), es decir, de una referencia fiable con la que confrontar una técnica o método determinados con el fin de establecer su propia fiabilidad. Hay científicos que se quejan de que, en el caso de las pruebas PCR, no exista un patrón oro. Dicho de otro modo: ante la duda de que un positivo sea verdadero o falso, no tenemos ningún recurso para comprobarlo y nos quedaremos con la duda. Fin de la digresión.

En la praxis médica tenemos un patrón oro muy fiable: la curación. Sólo la curación puede otorgar marchamo de calidad a un método o procedimiento terapéutico. Se atribuye a Claude Bernard la autoría de la sentencia “Curar, a veces; aliviar, a menudo; consolar, siempre.” Sólo disiento en los porcentajes.

La medicina actual (me refiero a la medicina que trata enfermedades crónicas con medicamentos sintéticos), parece haber renunciado a curar y haber puesto su mayor énfasis en el alivio, es decir, la paliación. En diversos lugares de este blog me he ocupado de la paliación y sus inconvenientes. Tal vez más adelante le dedique una entrada en exclusiva. En cuanto al consuelo, salvando muy honrosas excepciones, ha sido relegado al olvido. Incluso el propio Bernard parece haberlo reservado para los casos desahuciados. Sin embargo, debería formar parte de cualquier acto médico: el consuelo del interés por el paciente, de la comprensión de su caso y de su persona.

Por su parte, la homeopatía pone su énfasis en la curación. Ese es nuestro irrenunciable patrón oro y sólo ese patrón da legitimidad a la praxis. Además, el consuelo es inherente al modo en que se produce la homeopatía, a lo que podríamos llamar el protocolo clínico del homeópata, es decir, un interés por todo lo que concierne al paciente. Este interés no es ficticio ni surge de la “humanidad” del médico como una afectación conmiserativa anexa a la práctica, no. Lo que ocurre es que el homeópata necesita saber infinidad de detalles de la vida del enfermo (detalles que, en general, no interesan a otros médicos) porque sin esos detalles aparentemente triviales no podrá encontrar el medicamento curativo. Se trata, pues, de un interés genuino. El paciente lo percibe y otorga al médico su confianza y su amistad. El paciente se siente comprendido y, más que el médico, es el método el que lo comprende, el método el que requiere de tal comprensión para ser eficaz. Esa amistad médico-paciente, que Laín Entralgo detalla tan acertadamente en su libro “El médico y el enfermo”, es la base del mayor consuelo y el mejor acompañamiento que un médico, en cuanto médico, puede brindar. Y es tan real que, en no pocas ocasiones, una vez recuperado el paciente, si se da la necesaria afinidad, esa amistad terapéutica se convierte en una amistad interpersonal. Algunos de los mejores amigos que he tenido en los últimos 43 años comenzaron siendo mis pacientes.

Así nació la homeopatía hace más de 200 años y así continúa existiendo: como una opción sanadora. No porque “venza” la enfermedad matando microbios o anulando reacciones curativas (fiebre, inflamación, etc.) Únicamente el organismo puede vencer la enfermedad encontrando su equilibrio interior. La homeopatía es tan solo uno de los métodos que puede ayudarlo en esa tarea. Y una vez recuperado el equilibrio, ya no hay reacciones que anular ni microbios que matar. Las reacciones están para cuando se las necesita y los microbios forman parte de nuestro organismo de tal forma que sin ellos no podríamos vivir. En la inmensa mayoría de los casos, su presencia no es la causa de las enfermedades, sino más bien consecuencia de las mismas. Pero de eso hablaremos otro día.

Doctor Emilio Morales

La relación médico-paciente en homeopatía. ¿Se puede confiar en la homeopatía?

Hace poco, un conocido, queriendo justificar ante mí los ataques contra la homeopatía me dijo:

-Hay que tener en cuenta lo carísima que resulta a la larga la homeopatía porque una prima mía fue a un homeópata y este le dijo que tenía que acudir a la consulta cada mes durante un año.

Me quedé perplejo por dos razones: en primer lugar, porque no puedo entender algo así y en segundo lugar porque me consta que la mayoría de los homeópatas no actúa de ese modo. He estado reflexionando sobre el asunto y me ha parecido que estaría bien escribir un post sobre la manera de trabajar de un homeópata, su relación con el paciente, los tiempos que pautan el trabajo médico, etc. Todo esto desde mi punto de vista, como es natural y teniendo presente la vieja sentencia de que cada maestrillo tiene su librillo.

La primera consulta. – El paciente acude a un homeópata generalmente por consejo de un familiar o amigo que fue tratado previamente con homeopatía y al que le fue bien. Salvo que haya sido bien informado de la mecánica de una consulta homeopática, suele sorprenderse con la experiencia. Acostumbrado a la importancia capital que el médico ordinario otorga a las pruebas complementarias, tales como análisis, radiografías, resonancias, biopsias, antibiogramas, colonoscopias, cistoscopias y un largo etcétera, observa cómo el homeópata, sin desdeñar tales pruebas aportadas por el paciente y escuchar el relato de la patología por la que el paciente acude, parece no darse por satisfecho y comienza a hacer preguntas que no tienen o no parecen tener nada que ver con la enfermedad: le pregunta por su apetito, por cuales son los alimentos que más le gustan o los que rechaza, o los que le sientan mal, sobre el horario en el que está mejor o peor de alguna dolencia particular o de modo general, sobre las cosas que lo enfadan, sobre las que le dan miedo o le producen llanto, preguntas que el paciente recibe con estupor y que muy a menudo encuentra muy difícil contestar, no tanto porque sean difíciles cuanto porque nunca ha pensado en ellas como materia de una consulta médica. A menudo, en esta primera fase oímos preguntas como esta:

– ¿Entonces a mí me duele la espalda porque no me gusta el vinagre?, o ¿me resfrío tanto porque tengo pesadillas o porque me gustan las cosas con mucha sal?

Preguntas de esta índole hacen necesaria una explicación, la cual no siempre es suficiente, de tal manera que, tiempo después, con ocasión de la segunda o la tercera consulta, el paciente nos dice:

– ¿Se acuerda que me preguntó qué me enfadaba? Ahora ya lo sé. Y ahí nos lo cuenta.

Pero volvamos a la primera consulta: estas preguntas que hace el médico homeópata tienen por objeto conocer la idiosincrasia del paciente como tal paciente, aquello que lo caracteriza como un sujeto particular desde el punto de vista médico. Son síntomas y como tales deben ser considerados, pero síntomas que, como decía Hahnemann, llevan tanto tiempo con el paciente que han terminado por ser considerados como particularidades de su naturaleza.

Pronto el paciente se acostumbrará a este tipo de preguntas, aprenderá a valorarlas y se esforzará por contestarlas adecuadamente.

-Doctor, tengo un dolor aquí, en el lado derecho.

-¿Cómo es el dolor?

-¿Qué cómo es el dolor? -el paciente nos mira perplejo-, pues un dolor, que me duele.

-Ya, pero sería muy útil saber si el dolor se parece a algo que haya experimentado.

El médico evita mencionar alguna respuesta a la que el paciente responda sí o no, porque eso restaría valor al síntoma.

-Pues un dolor, ya le digo, que me duele. Cuando duele, duele.

-Lo entiendo, insistimos, pero ¿es como si le quemaran, como si le pincharan…? Cedemos un poco indicando alguna modalidad de dolor, porque de lo contrario no hay manera.

-No, no es como si me quemaran ni como si me pincharan.

-He mencionado esas dos posibilidades sólo como ejemplo, para darle una pista, pero puede ser cualquier otra sensación.

-Pues ya le digo, que me duele.

En ocasiones, resulta imposible, pero no es raro que algunos días después recibamos una llamada telefónica y el paciente nos informe de que se trata de un dolor presivo o desgarrante y que se mejora o se agrava con el reposo o con el movimiento o en días lluviosos, etc.

Además de informar al médico, la primera consulta homeopática tiene la virtud de hacer que el paciente mire hacia su interior con una mirada objetiva (no morbosa) tal vez por primera vez en vida, lo que no es poco.

El homeópata con experiencia tiene recursos que habitualmente le permiten soslayar estos inconvenientes que se presentan en la anamnesis y logra terminar la consulta y prescribir un medicamento. El los casos crónicos (la mayoría de los casos que recibimos en consulta), se programa una segunda cita para un mes o mes y medio más tarde. Durante ese tiempo entre consultas, el médico tiene línea abierta con el paciente a través del teléfono para cualquier duda que pueda surgir durante el tratamiento.

Llegado el momento de la segunda consulta, se valoran los resultados obtenidos. Si se estima que el remedio fue bien elegido, se hace una segunda prescripción del mismo medicamento, en la misma o diferente potencia, y se programa cita para tres meses.

Si a la tercera cita todo va bien y se trata de un adulto, se insiste en el tratamiento adecuado y esta vez la cita será a los seis meses o bien cuando el paciente lo necesite. A partir de este momento, si el remedio es el adecuado y todo va bien, es posible que no nos vuelva a necesitar en meses o años. Para los niños se suele reclamar más atención. Así pues, si se trata de un niño, es conveniente, una vez remitidos los síntomas, revisarlo cada seis meses o cada año por precaución, lo que no siempre ocurre porque los pacientes que están bien no suelen ir al médico, como es natural.

Más o menos ese es el esquema general. Si la primera prescripción no consigue el resultado apetecido, habrá que comenzar de nuevo y tendremos una consulta más en el corto plazo, pero a medio y a largo, el paciente sólo consultará cuando lo necesite. No se presiona al paciente para que acuda, no se le “fideliza”, no se le asusta ni se le amenaza.

Hace ya muchos años, con motivo de un congreso de Filosofía y Medicina presenté un trabajo donde relaciono la salud con la libertad (como contraria a la dependencia del médico). Se puede consultar en el siguiente enlace https://www.homeopatia-on-line.com/la-salud-y-la-libertad-una-referencia-a-hahnemann/

La salud, como la enfermedad, no es un estado inalterable: es un proceso con sus altibajos y los homeópatas ayudamos al paciente a administrar con más eficacia las situaciones de malestar que no constituyen enfermedades propiamente dichas. El paciente aprende a identificarlas, a sobrellevarlas e incluso a tratarlas con remedios caseros o con remedios homeopáticos que él, a lo largo del tiempo, ya ha identificado como útiles para diversas situaciones. Pero si cree que necesita al médico, recurrirá y será atendido.

Poco a poco, el paciente se vuelve más libre, consulta menos veces y no son pocos los casos en que atendemos a un familiar o amigo de un paciente al que tratamos hace cinco o diez o quince años y no ha vuelto porque sigue bien.

Es cierto que hay casos que no van bien o al menos no todo lo bien que nos gustaría. El paciente acude a la consulta una y otra vez. Unas veces mejora y otras no, pero el caso no evoluciona correctamente. ¿Cuál es la causa? Personalmente creo que en esos casos no logramos encontrar el remedio adecuado. Tal vez nunca se experimentó. Tal vez es un pequeño remedio de la materia médica de esos a los que nadie presta atención. O tal vez el médico lo tiene delante y no lo ve. En estos casos recomiendo cambiar de homeópata. Hay que darle una oportunidad al método. Si un paciente acude al internista porque le duele el estómago y no obtiene resultados a pesar del importante tratamiento que recibe, no piensa inmediatamente que la medicina no funciona. Si con el doctor Fulánez no dio resultado, acude a la consulta del doctor Mengánez. Pero si va un homeópata por el mismo problema y no lo cura, concluye que la homeopatía no funciona y abandona. Más aún, se cuentan tantas cosas sobre la eficacia y rapidez de la homeopatía (algunas de ellas ciertas) que el nuevo paciente espera una curación inmediata, en cuestión de horas o días, lo que es motivo de no pocas desilusiones.

Hay que pensar el la homeopatía como un método muy útil de tratamiento, no como en una panacea, porque no lo es. Y todo análisis que hagamos del método y de sus resultados tiene que estar fundamentados en el sentido común. Por eso, el relato propagandístico de un fracaso, en el caso de que sea cierto, no es prueba suficiente para considerar la homeopatía como algo inútil o incluso dañina. Todo método y todo médico puede fracasar porque no somos infalibles. Para atacar a la homeopatía se han mostrado casos que ni siquiera habían sido tratados por un homeópata. Desmontar tales historias cuando tantos medios con tanta audiencia las publican es poco menos que imposible: los homeópatas no tenemos acceso a esos medios. Pero si alguien que está en la duda lee esto, le invito a que se haga las siguientes reflexiones.

1-Si la homeopatía fuese tan inútil como dicen, ¿por qué habrían de gastar nuestros detractores tanto dinero y esfuerzo como han invertido en los últimos veinte años?

2-Si fuese tan inútil, ¿por qué se ha extendido como la pólvora sin ninguna publicidad y sólo por el testimonio de aquellos que han experimentado sus efectos?

3-¿Por qué, desde hace más de dos siglos, lo médicos que la conocen recurren habitualmente a ella y nunca o casi nunca se ha dado el caso de que un médico bien formado en homeopatía la abandone?

4-¿Es que cientos de miles de médicos y millones de pacientes, a lo largo de dos siglos son todos tontos o mentirosos?

5-Cuando nuestros detractores no pueden negar las curaciones, las atribuyen al efecto placebo y olvidan que el efecto placebo es transversal. Dicho de otro modo, no depende del método empleado sino del hecho de que se produzca un acto medico. Siendo así, ¿por qué la homeopatía cura enfermedades que la alopatía sólo puede paliar? ¿Es acaso que el efecto placebo en homeopatía es curativo y en alopatía sólo paliativo?

Podríamos seguir haciéndonos preguntas, pero con lo que va es más que suficiente.

Más de cuarenta años de experiencia como médico homeópata, me dan cierta perspectiva para recomendar que se confíe en la homeopatía. Sin duda habrá ocasiones en que será necesaria la cirugía o un tratamiento paliativo, pero esas ocasiones serán muchas menos si la homeopatía es vuestra medicina habitual.

Doctor Emilio Morales

Más sobre simillimum: un cambio de opinión

En la entrada anterior pretendí mostrar el significado que para Hahnemann tenía el término “simillimum” antes de que fuera adoptado para adulterar la fórmula del principio de similitud y limitar su alcance operativo. Una referencia que utilicé fue la nota al pie del parágrafo 56 de la 5ª edición del Órganon. Ya adelanté que la misma nota en la sexta edición contiene importantes modificaciones con respecto a la quinta, modificaciones que no afectan al significado del término, sino más bien al uso que de estos remedios (simillimum-nododes) puede hacerse.

En efecto, en la 5ª edición podemos leer: “Aún podría admitirse un cuarto modo de emplear los medicamentos contra las enfermedades, a saber, el método isopático, que consiste en tratar una enfermedad por el mismo miasma que la ha producido. Pero, aún suponiendo que esto fuera posible, descubrimiento que, a la verdad, sería muy precioso, como no se administraría el miasma a los enfermos sino hasta después de haberlo cambiado hasta cierto punto por las modificaciones que se le hacen sufrir, la curación sólo se verificaría en este caso oponiendo simillimum a similimo”.

Frente a esta visión optimista (hechas las oportunas salvedades) de las posibilidades curativas de los nosodes para sus enfermedades correspondientes, encontramos en la siguiente edición un rechazo frontal de esta práctica. Aquí explica que pretender curar per ídem “contradice el sentido común y también toda experiencia”; advierte sobre la idea errónea de que la vacuna (contra la viruela) sea un tratamiento isopático, porque en realidad es homeopático, ya que vacuna y viruela son enfermedades similares pero diferentes, de manera que el éxito de la vacuna antivariólica no debe atribuirse al tratamiento per ídem sino al tratamiento por similares (homeopatía). Extendiendo este mismo argumento dice “algunas enfermedades propias de los animales nos proporcionarán con toda seguridad potencias morbosas curativas para enfermedades humanas muy similares, completando de esta manera nuestra reserva de remedios homeopáticos”. Pero a continuación advierte: “emplear una sustancia morbosa (por ejemplo, un psorinum tomados de la sarna humana) para curar la misma enfermedad humana (la sarna o el mal que esta genere) carece de sentido. Nada puede resultar de ello sino dolencias y agravación de la enfermedad”.

Ignoro si este importante cambio de Hahnemann fue el resultado de la experiencia o de la reflexión.  Tal vez sería interesante investigarlo.

Doctor Emilio Morales

Dr. Marino Rodrigo: Carta abierta al Dr. Jerónimo A. Fernández Torrente, Tesorero del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos de España

 

A la ciencia lo que es de la ciencia

y a la ética lo que es de la ética

 

Distinguido colega:

En diciembre de 2016 remití carta a la Comisión Permanente de la Organización Médica Colegial (OMC) relativa a sus actuaciones contra el ejercicio médico no convencional (EMNC)1. A pesar de la recomendación del Código de dirimir las discrepancias en ámbitos colegiales y profesionales, Uds. las llevaron y las siguen llevando a la arena pública. En consecuencia, pública es la presente. Sigue leyendo